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Contradicciones sobre la migración en Chile

por 8 febrero, 2017

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El año en que la migración es un “problema”; problema para el desarrollo, para el empleo, para la identidad nacional, se develan otros conflictos. Desde Brexit, la elección de Trump y ahora los políticos conservadores en Chile, la migración vuelve a ser ocupada para justificar antiguas y nuevas “crisis” económicas y de unidad nacional. Sea un migrante rumano(a) o polaco(a) en el Reino (des)Unido, un migrante musulmán(a) o mexicano(a) en USA, o un migrante colombiano(a) en Chile, el(la) migrante ha sido históricamente la eterna excusa (no la única) de grupos conservadores que buscan reparar la pérdida de popularidad debido a la exposición de su privilegio y su deslegitimidad como líderes de la nación. Dicha popularidad es buscada a través de la promoción del miedo a la otredad, a la diferencia, ocultando el real conflicto: la desigualdad a la base de la sociedad.

Pero lo ocultado no es sólo la desigualdad de clase, se oculta también el valor económico de la explotación laboral del trabajador y la trabajadora migrante. Mientras se hipervisibiliza al migrante como peligro (como criminal) a la “armonía social”, se invisibilizan las ganancias económicas que los grupos privilegiados obtienen de una mano de obra explotada y deshumanizada. Pero no nos engañemos, no hay nada “ilegal” en esto, la explotación en el Chile neoliberal es legal.

El día 16 de diciembre pasado, el “año de la migración”, The Clinic publicó un artículo titulado Los temporeros de Nepal que trabajan en Buin, exponiendo las contradicciones de grupos económicos en Chile respecto a su relación con el “problema migratorio”. Queda de manifiesto que mientras la derecha empresarial y política (Ossandón, Piñera y tantos otros) hace explícito su fascismo contra los y las migrantes mediante declaraciones públicas- definidos como problema económico y social para el orden nacional-, el diario desnuda la otra cara de este grupo: los beneficios de la mano de obra migrante.

En la nota aparecía la empresaria Carol Luco justificando, con naturalidad, el ejercicio “obvio” que ella hace: el de satisfacer la demanda empresarial chilena por mano de obra “fiel” y sumisa. Según justifica ella, la mano de obra chilena ya no cumple estos requerimientos, para lo cual ésta demanda debe ser compensada con la oferta de migrantes nepalíes quienes estarían dispuestos a hacer este trabajo pues sus condiciones de pobreza los disponen en la búsqueda de mejores oportunidades de empleo. Nada malo, ni anti-ético o problemático ve ella en la reclusión de mano de obra extranjera para trabajos que chilenos no quieren hacer, pues habiéndose acabado la esclavitud y el peonaje en Chile, ya no habría mano de obra nacional que aguante. Es más, como señala la nota, para Carol no habría nada problemático en las condiciones laborales de explotación y abuso que se ofrecen. Incluso, su trabajo como empresa de reclusión es legítimo pues la ley chilena la avala.

Recuerdo haber conocido a Carol en Santiago mientras realizaba mi investigación de doctorado sobre trabajo doméstico pagado (entre septiembre 2014 y enero 2015). Me intrigaba conocer su empresa “Proyecto Nanas” y sus justificaciones para traer a trabajadoras Filipinas a hogares ABC1. En varias oportunidades en que nos juntamos en su oficina en el Metro Manquehue, me contó que buscó nanas Filipinas pues eran más obedientes, serviles y atentas que las nanas chilenas o migrantes latinoamericanas. Las primeras, eran trabajadoras y conocían su lugar, mientras las segundas representaban un “peligro económico” para su empresa pues luego de un tiempo se rebelaban, intentando buscar mejores ofertas laborales. Esta “deslealtad” de las trabajadoras chilena y latinas era vista y sentida por Carol con desprecio y rabia. Estas nanas “des-ubicadas” eran entonces remplazadas por nanas “ubicadas”.

El caso de Carol no es único ni especial. Refleja una mentalidad de un grupo de élite y de nuevos empresarios. Tanto para ella como para estos grupos, las nanas Filipinas y los campesinos nepalíes -así como otros(as) trabajadoras(as) migrantes- no sólo representan una oportunidad económica, sino que son celebrados cuando les conviene, reflejando la forma en que la élite política fascista y antiguos y nuevos grupos económicos se relacionan con la otredad en Chile, en este caso migrant

Para encontrar a dichas ubicadas, Carol les hacía entrevista de personalidad, donde les preguntaba sobre su vida familiar y privada, les hacía un test psicológico, les revisaba las manos a través de envío de fotos (para ver si eran “delicadas” o tenían “alergias”) y hacía una búsqueda de su perfil en Facebook (para ver si tenían relaciones lesbianas, aspecto que preocupaba a su clientela ABC1). Todo esto era reunido para crear “perfiles” de aquellas filipina “ubicadas” para la importación, aquellas que encajaran con la necesidad nacional de cuidado y que dejaran en sus tierras de origen su diferencia, deseos y expectativas personales. Así, trabajadoras despojadas de su propia humanidad se convirtieran en mercancías de importación -al menos en los deseos de Carol.

Pero Carol me contaba esto no desde un lugar de maldad o crueldad, sino que de la más banal y natural justificación. Mientras era natural su rabia contra las nanas chilenas y latinas, también era para ella natural, legítima (y legal) su búsqueda de las buenas nanas. Así, mientras desechaba a las nanas desubicadas, celebraba la reclusión de nanas inmigrantes ubicadas. El caso de Carol no es único ni especial. Refleja una mentalidad de un grupo de élite y de nuevos empresarios. Tanto para ella como para estos grupos, las nanas Filipinas y los campesinos nepalíes -así como otros(as) trabajadoras(as) migrantes- no sólo representan una oportunidad económica, sino que son celebrados cuando les conviene, reflejando la forma en que la élite política fascista y antiguos y nuevos grupos económicos se relacionan con la otredad en Chile, en este caso migrante.

Por un lado, los y las migrantes son la excusa perfecta cuando se necesita una explicación para enfrentar momentos de crisis de legitimidad, convirtiendo a la frontera física y nacional -y su resguardo- en el símbolo del orden y una vuelta a la naturalización de la desigualdad. Por medio del rechazo al migrante, los grupos económicos externalizan la “crisis social” en su figura, y pacifican a la ciudadanía. Por otro lado, los y las migrantes se vuelven sujetos útiles para el lucro económico a través de la esclavitud laboral moderna. El uso legal de la mano de obra migrante, explotada por su vulnerabilidad legal, compensa a los mismos grupos económicos, aumentando sus ganancias.

Esta relación de simultáneo rechazo cultural y uso económico del migrante no es sólo funcional sino que constitutiva de la forma en que la elite política entiende por “democracia moderna”, una versión neoliberal donde los y las migrantes son deshumanizados para luego ser usados económica (en empresas) y políticamente (excusas de los “problemas nacionales”) por los propios grupos que la deshumanizan. Su rechazo y uso perpetua los privilegios de estos grupos políticos y económicos, y la desigualdad en Chile. Los y las migrantes inscriben la posibilidad de que Chile se posicione como nación moderna sin realmente serlo; continuar la explotación, revivir la nostalgia por la servidumbre, y reactivar discursos fascistas para limitar transformaciones sociales progresistas que la mayoría en Chile hoy exige.

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