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La neodictadura global de los multimillonarios

por 1 marzo, 2017

La neodictadura global de los multimillonarios
Efectivamente, la prensa y los políticos son basura. Tanto las noticias falsas como las verdaderas son todas fake, están manipuladas. La democracia es puramente formal, las decisiones no se toman en los parlamentos. La libertad de comercio ha ido demasiado lejos. Hay que volver a la tribu, regresemos a lo básico.
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¿Quién le hará el peso al populismo de derecha? ¿Qué cortafuegos impide que sean recortados o anulados dentro de muy poco algunos derechos civiles, como la libertad de expresión, el derecho a viajar, el no ser torturados o detenidos arbitrariamente, el poder participar de un credo religioso, un partido político, un modo de pensar, etc.?

Difícilmente los partidos políticos tradicionales, corroídos por dentro, llenos de parientes, amigos y sectas. El Partido Demócrata estadounidense equivale a los socialistas españoles y a la Concertación chilena o al laborismo. Son bandos sin programa, socavados por la corrupción y el clientelismo, en plena decadencia electoral.

En cuanto a la izquierda o al populismo de izquierdas, salen mucho a la calle pero carecen de recursos para gobernar, la economía y lo militar se les escapan completamente. Su proyecto final, parecido a un internado o una barra brava, carece de glamour, no genera gran apetencia.

¿Qué nos ha pasado? El neoliberalismo de Thatcher y Reagan y sus asociados, entre ellos la dictadura chilena, desmanteló los espacios en que se organizaba una oposición fuerte al poder duro y puro: de las grandes empresas con sus sindicatos se pasa a los trabajadores autónomos y a las microempresas de outsourcing; de la universidad de protesta a las universidades privadas donde los estudiantes son clientes; de un aparato estatal fuerte al desmantelamiento de lo público. La economía quedó a salvo de la política.

Lo que hay en este momento son miles de millones de ciudadanos o consumidores o espectadores vagamente unidos por los malls y las pantallas, por las tarjetas de débito y el jadeo para no quedar fuera. Es una ligazón neoliberal sustentada en el libre comercio. Las ciudades se han partido en barrios donde el espacio público puede ser –según los ingresos de los vecinos– de luxe, mediano o deficitario y caótico. La sensación de libertad proviene de la posibilidad de elegir marcas –por ejemplo, en un supermercado– aunque al final unos diez holdings mundiales concentran casi todas las marcas. Lo mismo ocurre con el tráfico de internet, que pasa por media docena de conglomerados.

También los medios se han concentrado. No trafican con fake news, se limitan a jerarquizar. Así, de 26 hechos relevantes de un día, escogen cuatro y uno de ellos es arbitrariamente el top. Sobre ese fraude se construye el debate público.

En cuanto a la democracia, se ha vuelto un nicho de negocios más, con sus productos y servicios, donde los poderosos invierten y recuperan su inversión con creces. Ya no les da cosa exhibirlo, han dejado de ocultar estos manejos.

La nueva dictadura global megaempresarial, tribal, satelital y posdigital va tomando forma. Pronto estará contigo, en tu pantalla, tu celular, tu banco, tu barrio, tu familia, tu terraza y tus intestinos. Un chip informará de cada uno de nuestros movimientos, transacciones comerciales, desplazamientos, enfermedades y opiniones, eso nos volverá modestos.

Los votantes se han acostumbrado a la irresponsabilidad. La gente vota, o no vota, cualquier cosa. Todos protestan mucho en 140 caracteres, supuran impaciencia, pero nadie se toma la molestia de informarse con seriedad, y es que en verdad las políticas públicas son cosa difícil, especializada. Las elecciones pasan a depender finalmente de los indecisos, de los que se abstienen, de los resentidos, que no se harán cargo más tarde de lo ocurrido a partir de su voto. Los candidatos son productos, envases desechables, combos.

El acelerado neoliberalismo global, entretanto, ha ido borrando las fronteras y nacionalidades; la gente circula por el planeta tal como circulan la información, la moda, las enfermedades, el conocimiento de idiomas, etc. El resultado económico ha sido sacar a muchos de la desnutrición, analfabetismo, insalubridad, etc., y al mismo tiempo extremar las desigualdades entre el 0,01% más rico, que es dueño de la mitad de todo, y el resto. Y no hablemos del 0,001. Son top: aunque van a morir igual que el restante 99,999%, acaparan como si fuesen inmortales.

El resultado social de este proceso es para muchos la sensación de haber perdido las raíces, de que todo está mezclado y confuso. El tranco de la globalización liberal genera angustia. Los choques identitarios han llevado a atentados, guerras y migraciones que desafían el orden neoliberal.

En ese contexto de un liberalismo global que ha despreciado y hundido a las instituciones y contrapesos republicanos e institucionales, irrumpen los populistas de extrema derecha con un mensaje que hace sentido. Efectivamente, la prensa y los políticos son basura. Tanto las noticias falsas como las verdaderas son todas fake, están manipuladas. La democracia es puramente formal, las decisiones no se toman en los parlamentos. La libertad de comercio ha ido demasiado lejos. Hay que volver a la tribu, regresemos a lo básico.

Desde el resentimiento y la incertidumbre, muchos sienten el anhelo biológico de marcar territorio y expulsar a los extraños. Una tribu se constituye en torno a una raza, una ideología, un credo, una nacionalidad, un club deportivo, unas fronteras, un idioma, etc. El odio impulsivo es el cemento de este nuevo orden. La tribalización de la política conduce habitualmente a la guerra, y la gran mayoría de las guerras son tribales.

Para la mentalidad tribal o populista (de derecha o de izquierda) los derechos civiles son una vaina, un obstáculo para sus muros, eliminaciones, censuras y deportaciones. Tratarán de recortarlos o liquidarlos.

Liquidados los políticos, a los que ya nadie quiere, los populistas desean poner el poder directamente en manos de multimillonarios, que ahora les gusta tanto ser presidentes o ministros y tienen emocionados a los militares con su extrema generosidad al servicio del armamento nuclear o no nuclear. Son líderes malhumorados y ese es su proyecto: un mundo malhumorado donde ellos manden y el resto obedezca. Cumplen con sus promesas básicas, pasando por encima de cualquier consideración, y eso los hace populares.

En sus gobiernos el gasto militar se disparará al máximo y el esfuerzo en seguridad social, salud, educación, previsión, medio ambiente, cultura, desarrollo urbano, etc., se hundirá al mínimo. Las regulaciones que frenan la voracidad de los más poderosos las van a eliminar. La brecha entre los más más ricos y el resto se hará insalvable. Pensemos en proyectos solo para megarricos: laboratorios de mortalidad a los 200 años, zonas bunkerizadas antinucleares, viaje espaciales full speed, etc.

A los conservadores y gente de derecha de toda la vida, este nuevo sistema les funciona: pocas ideas pero fijas, moralismo, menos blablablá político, obediencia a los ricos y fuertes. Esclavizar al próximo o ser esclavizados es uno de los deseos recurrentes de una parte considerable de la humanidad. Estamos recuperando la selva con sus jerarquías naturales.

El mal, en esta perspectiva, no sería un desequilibrio del sistema, sino culpa de unas personas, los bad boys, a los que es preciso eliminar. Antes fueron los comunistas, ahora son los musulmanes, o mexicanos, siempre hay algo.

Los multimillonarios al mando no tendrán ya contrapeso, forman parte de un club incontrolable. Hace rato que llevan sus ganancias a los paraísos fiscales, mientras el resto sí paga. Y después votamos por ellos: nada más fascinante que un depredador exitoso.


Los multimillonarios les pasarán luego el poder total a sus hijos e hijas. Estamos entrando en un nuevo feudalismo o un nuevo absolutismo. Todo ocurrirá a escalas nunca vistas.

Que estemos al borde de uno o varios holocaustos y a punto de una situación de violencia y represión generalizadas, les entusiasma: ellos ya saben cómo esquivarlos y hacer nuevos negocios con los hongos atómicos y los derretimientos polares.

El populismo de derechas está batallando por ahora con instancias culturales e institucionales que carecen, casi todas ellas, de fuerza bruta. Son restos aún dignos del entramado democrático. Con algunos incidentes y muertos tendrán la catástrofe que necesitan para estabilizar su proyecto. Entretanto, la violencia verbal, la intolerancia, la simplificación y el desprecio por las personas o las instituciones abrirán sucursales en cada país y llegarán a todos los hogares gracias a sus socios locales y a las redes sociales, el big data, el control de los bancos, las tarjetas de crédito y las fronteras.

En Chile hemos sido precursores. La ultraderecha mundial quiere conseguir en salud o educación o en binominalismo o en desigualdad o en miseria ciudadana lo que ya tenemos aquí.

Nadie se opondrá mucho a esta neodictadura de los multimillonarios, mientras mantenga la gente su miserable tarjeta de débito, un phone espiado y algún capuchino con endulzante de vez en cuando. Muchos campeones del neoliberalismo ya se han sumado.

De repente se llevarán a uno, o vallarán un barrio o deportarán a un grupo, escucharemos hablar de genocidio o de gimnasios de tortura selectiva… pero tampoco hay para qué acelerarse, y no aparecerá nada ni en los medios ni en las redes. Los jueces y fiscales estarán alineados con el moderno sistema de gobierno. Los nombramientos públicos dejarán de ser democráticos, pero ya se sabe lo que era o es la democracia: una repartija. Quien no hable inglés será rutinariamente deportado a zonas árticas o antárticas. Lo público habrá dejado de existir y nadie lo echará de menos.

La nueva dictadura global megaempresarial, tribal, satelital y posdigital va tomando forma. Pronto estará contigo, en tu pantalla, tu celular, tu banco, tu barrio, tu familia, tu terraza y tus intestinos. Un chip informará de cada uno de nuestros movimientos, transacciones comerciales, desplazamientos, enfermedades y opiniones, eso nos volverá modestos. 

Los logos de las grandes empresas no cambiarán, quizá algunos propietarios un poco. Zuckerberg, algo envejecido, estará amordazado e hibernando en algún lugar impreciso del Cáucaso, en tanto que el rudo dueño de Uber oficiará de ministro mundial del taxi y el satélite online. Bill Gates y su fundación andarán en busca de pobres en un nuevo sistema solar.

La nueva bandera mundial ganará pocos premios de diseño en su estilo de condominio Mar-a-Lago, aunque en cada hogar habrá al menos una. La gente, cautelosa, usará mucho los perfumes Ivanka. Erigirán un monumento a Doña Lucía, la precursora, en cada ciudad del mundo de población inferior a cien mil habitantes, auspiciado por amazon.com.

Sequías e inundaciones irán destruyendo gran parte de los cultivos mundiales y quedará impedido el acceso a según qué continentes. Tranquilos, todo estará bajo control. Paty Maldonado podrá alcanzar finalmente su auténtica estatura de estrella internacional en los países de habla no anglosajona.

En épocas de atentados o calor severo, la Guardia Racial, un organismo privado con vocación pública, se hará cargo del orden en las distintas áreas del Planeta Único Regionalizado (Regionalized Only You Planet) aplicando el test de detección temprana de desórdenes de conducta a los vecinos de brazalete racial nivel B 1 / a /  F 3, con exclusión del nivel angloparlante C / 2. Don’t panic. 

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