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El intelectual de derecha: un elogio a la superficialidad

por 7 marzo, 2017

El intelectual de derecha: un elogio a la superficialidad
Fontaine hace un uso completamente mañoso de dicho postulado, ya que según su lectura la lección de Foucault sería: o esta racionalidad (capitalista, neoliberal) o la debacle. Era que no. Sorprende que se pase tan livianamente de la falta de una gubernamentalidad a la imposibilidad de una gubernamentalidad socialista, lo que es claramente un abuso teórico de lo planteado por Foucault (de hecho, para confirmarlo, es cosa de dar vuelta la página).
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Axel Kaiser tiene un libro muy interesante, a pesar del evidente oxímoron que contiene la sentencia. En efecto, La fatal ignorancia podría ser una suerte de suma de todos los miedos de la derecha, ya que allí el autor pinta un gris panorama: al tiempo que Chile está consumando una izquierdización, la derecha se vuelve cada vez más irrelevante, debido a que “nunca realizó un trabajo de penetración cultural e ideológico para consolidar las ideas liberales sobre las que se basa nuestro sistema de mercado”. Sin dudas hay que celebrar tamaña capacidad creativa, porque una cosa es que, efectivamente, la derecha ha tendido a la producción de ingenieros comerciales antes que intelectuales, pero de ahí a decir que no hay penetración cultural e ideológica del sistema de mercado en el país, es bastante temerario.

Sin embargo, esto nos permite entrar de lleno en el tema de la intelectualidad de la derecha. No pretendo discutir acerca del estatuto del “intelectual” en sí mismo, ya que ello, pienso, carece de interés. El objetivo es, antes bien, hacer una crítica interna de los planteamientos de quienes se identifican o son identificados como intelectuales de derecha. Y, en este sentido, Kaiser es una excelente puerta de entrada para ilustrar los abusos que se hacen de dicha categoría. Ello se debe no tanto al hecho de que él cree estar sumido en un contexto donde campean los valores culturales de la extrema izquierda, lo que no resiste análisis, sino por sobre todo al hecho de carecer completamente de bases teóricas para sostener sus postulados.

Volvamos a La fatal ignorancia. Lo que llama profundamente la atención es que un texto que explícitamente intenta denunciar la “avanzada ideológica” de la izquierda no se toma la mínima molestia de hacer un recorrido por las concepciones de “ideología” en la tradición de izquierda. Es más, en sus doscientas páginas hay una –solo una– alusión a algún teórico relevante del marxismo, como es Althusser, el cual es despojado de toda su riqueza conceptual para sostener el principal dualismo del texto de Kaiser: las ideas verdaderas y la mera ideología.

Así, y sobre la base del mas burdo empirismo, Kaiser hace suya la idea de que el lenguaje posee una relación directa con la realidad, vale decir, que es capaz de mostrar “cómo son realmente las cosas”, aunque ello puede ser manipulado por ideólogos de izquierda que imponen ideas falsas para –sostiene en el mejor estilo de Piñera– acceder a puestos de trabajo gracias a una cruzada estatista.

Lo que hace Kaiser es partir de una premisa altamente cuestionable, como es que en nuestra sociedad prima una cultura de extrema izquierda, desde donde enarbola su crítica a una izquierda que solamente existe en su estrecha concepción del mundo y, lo que es peor todavía, con la más anacrónica de la herramientas teóricas posibles: la falsa conciencia. ¡Ni qué hablar de sus planteamientos sobre el populismo!

Si he partido por Kaiser es porque, a pesar de lo que pueda decirse, sus ideas y escritos no distan demasiado de personajes como Teresa Marinovic o Henry Boys. La primera, que cuenta con múltiples tribunas para decir cuanta barbaridad se le cruza –desde que la homosexualidad es una anomalía, hasta sus loas a Pinochet y los empresarios– y quien, dicho sea de paso, también posee una fe ciega en los datos para superar la ideología; el segundo, con su conservadurismo ultramontano, que sin despeinarse acepta su rótulo de “intelectual”, a pesar de que solo se sabe de él por haber encontrado un lugar más a la derecha de lo que se creía posible.

Se ha vuelto común señalar a personajes como Mansuy, Ortúzar, Fontaine y Herrera como quienes sí podrían formar, legítimamente, algo así como una intelectualidad de derecha. Y, en efecto, sería difícil no reconocer que existe un peso conceptual y una densidad teórica significativamente superior en sus escritos. Sin embargo, siguen existiendo lecturas que dejan bastante que desear.

Por suerte, no hemos agotado el espacio de la intelectualidad de la derecha. Si a Kaiser, Marinovic y Boys se les denomina así es, fundamentalmente, porque el nivel de la discusión es bastante precario y porque los medios de comunicación no tienen empacho en vaciar de sentido dicho rótulo. Pero se ha vuelto común señalar a personajes como Mansuy, Ortúzar, Fontaine y Herrera como quienes sí podrían formar, legítimamente, algo así como una intelectualidad de derecha. Y, en efecto, sería difícil no reconocer que existe un peso conceptual y una densidad teórica significativamente superiores en sus escritos. Sin embargo, siguen existiendo lecturas que dejan bastante que desear.

No me detendré aquí a criticar el Manifiesto que redactaron algunos de estos autores, ya que dicha labor fue desarrollada de la mejor manera en una columna reciente. Sí lo haré en una columna de Hugo Herrera, donde analiza el futuro de la izquierda desde un prisma bastante peculiar.

Básicamente, sostiene Herrera que la izquierda nacional enfrenta un desafío de integración derivado de las tres vertientes que él identifica en la actualidad. Por un lado, habría un grupo que, habiendo desechado el camino revolucionario, optaría por uno reformista que busca articular diversas demandas sociales mediante el incremento de la participación social. Luego, habría otro que, anclado en un marxismo más tradicional, apelaría al resurgimiento de un nuevo sujeto revolucionario, acorde a los tiempos que corren, para lo cual es fundamental garantizar derechos sociales. Y, finalmente, está el extraño grupo de “los partidarios de la revolución como deliberación”, donde se encontrarían Atria y sus seguidores, para quienes la acción deliberativa en lo público sentaría las bases para un nuevo régimen social.   

Me detengo en esta taxonomía de Herrera debido a su insostenibilidad teórica. Resulta irrisorio que se señale que la facción reformista de la izquierda sea la más cercana a los postulados de Laclau y que la “revolucionaria” sea la más cercana a un modelo de democracia deliberativa. Por tedioso que pueda resultar, es en estas precisiones donde se aprecia la superficialidad de ciertos análisis de la intelectualidad de la derecha, ya que el Laclau de Herrera se limita a una lectura parcial de sus primeras obras, una lectura que sería imposible de sostener si se consideran sus escritos posteriores. Lo mismo con su interpretación de Atria.

Para Herrera nos encontraríamos en un escenario donde el modelo deliberativo sustentado en Habermas es revolucionario. ¡Habermas es revolucionario y Laclau reformista! Otra gran capacidad creativa, porque una cosa es que Laclau rechace la posición marxista clásica de la existencia de un antagonismo privilegiado para la transformación social –el que deriva de la relación capital/trabajo–, pero otra muy distinta es señalar que es un simple reformista y que su contraparte sería la democracia deliberativa, que incluso postula la posibilidad de superar los antagonismos mediante la acción comunicativa, por lo que en rigor niega todo antagonismo.

Es este tipo de análisis superficiales lo que vuelve difícil tomar en serio, incluso, a ciertas personalidades de la intelectualidad de la derecha que gozan de buena reputación.

Algo parecido ocurrió cuando, hace poco, Fontaine causó algún revuelo por un escrito donde se limitaba a reproducir lo que había señalado Foucault en Nacimiento de la Biopolítica respecto a la carencia de una racionalidad gubernamental del socialismo. Eso puede hacerlo cualquiera que haya leído y comprendido medianamente el texto (de hecho, es cosa de ir a la página 119). Pero, además, Fontaine hace un uso completamente mañoso de dicho postulado, ya que según su lectura la lección de Foucault sería: o esta racionalidad (capitalista, neoliberal) o la debacle. Era que no. Sorprende que se pase tan livianamente de la falta de una gubernamentalidad a la imposibilidad de una gubernamentalidad socialista, lo que es claramente un abuso teórico de lo planteado por Foucault (de hecho, para confirmarlo, es cosa de dar vuelta la página).

El punto de todo esto es que reproducir ideas de algún pensador eminente, así como quedarse con lecturas parciales de otros, es un estándar muy bajo para quien ostenta la posición de intelectual, sea del sector que sea. De ser genuina la “batalla por las ideas” con la que tantos y tantas hacen gárgaras, es de esperar que esto cambie.

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