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El Frente Amplio: ¿Hacia una nueva lógica democrática?

por 30 marzo, 2017

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“El movimiento se llama "La Matriz", nombre de un barrio tradicional de Valparaíso. Si el candidato ciudadano gana esta elección -hecho muy difícil, pero no improbable-, estaríamos ante un acontecimiento en la política nacional. Un verdadero "tsunami" porteño: más movimientos como estos podrían ser replicados a lo largo del país. Sería quitarle una ciudad emblemática a las fauces devoradoras de la desesperanza y recuperar la política -fundamental para la vida en común- secuestrada por los mediocres, los cínicos, los frescos y los ineptos. ¿Podrán los porteños torcerle la mano al peso de la noche? Yo creo que sí: por algo existe un cerro en Valparaíso que se llama Esperanza”.

Este extracto de una notable columna de Cristian Warnken, publicada 2 semanas antes del triunfo de Jorge Sharp y la alcaldía ciudadana en Valparaíso, resume muy bien el momento donde todos aquellos que nos consideramos parte, desde distintas veredas de movimientos y proyectos que queríamos en ese entonces –y queremos con más ganas aun- cambiarle la cara a Chile, nos dimos cuenta de que el tan anhelado momento en que podríamos exclamar: ¡Podemos ganar!, había llegado a través de un proceso horizontal, surgido en el territorio de forma democrática donde la ciudadanía y los actores sociales fueron el principal sustento de una campaña que logró de un momento a otro golpear la mesa, transformar nuestra indignación en política y decirle a Chile que no esperaríamos ningún segundo más para cumplir nuestros sueños de una patria digna y de un futuro mejor.

El Frente Amplio –al igual que la alcaldía ciudadana en su momento- tiene que saber hacer frente a un escenario bastante complejo y a la vez auspicioso del panorama político y social nacional (también global). A diferencia de la tónica de la segunda mitad de siglo pasado, en el mundo occidental hoy las distancias entre la política y lo social han aumentado considerablemente. Las cifras de participación se han reducido en la mayoría de los países de occidente en cifras abismales, la desconfianza en las instituciones de la democracia representativa se ha convertido en la norma, y este viraje no es casual, responde a una voluntad consciente de construir institucionalidad, Estado y “democracia” sin la ciudadanía, generando un cierre social vertical al ejercicio mismo de la política. Han sido distintos actores sociales los que han tomado una irrupción cambiando las formas de participación en esta (movimientos sociales, populismos neofascistas y todo marcado por un aumento de la influencia de las redes sociales como forma de participación del ciudadano de a pie en la contingencia).

La realidad descrita anteriormente, pese a ser un fenómeno de alcance mundial, tiene distintos desarrollos y formas en cada país, y esta refiere principalmente a cómo la política durante las últimas décadas dejó de ser un espacio de contraposición de visiones de sociedad y pasó a ser un espacio de “expertos”. Dejamos de discutir sobre qué modelo de sociedad queríamos tener, y pasamos a discutir el cómo administrar “mejor” o “peor” el “único” modelo posible (paradigmático el caso de Grecia, Syriza y la aplicación forzosa de la austeridad). En Chile además de tener una constitución y un ordenamiento jurídico que dificultan fuertemente abrir una discusión de estas características, nos encontramos que de forma posterior a 27 años de gobiernos democráticos los entes rectores que delimitan nuestra política son los mismos que fueron impuestos en una negra dictadura, diluyendo nuestra democracia en un descolorido ejercicio de alternancia y administración de un legado. Importantes derechos como la educación, el acceso a la salud, a las pensiones y al trabajo siguen siendo tratados de forma neoliberal y subsidiaria, fundándose sobre la capacidad de pago de cada uno, y para peor, nuestro modelo económico ha sido incapaz de salir del modelo extractivista de estado mínimo, que tantas veces hemos intentado en nuestra historia–desde distintos sectores- cambiar en este país.

La tarea entonces es doble, por un lado transformar aquellas estructuras añejas, hijas de la dictadura, y por otro lado cambiar las lógicas de distancia de la política con lo social en el proceso. Para esto, los pasos que se han dado los últimos meses son sustantivos en la construcción de la herramienta transformadora que permita desplazar al duopolio, la cual ya está en marcha a través del Frente Amplio, surgiendo de la claridad de esta necesidad social de cambio de un modelo desigual y neoliberal, pero a la vez dando señales claras de que la construcción no es solo apostar a la antigua figura del partido de masas, sino que es con una herramienta que surja desde lo territorial, aprovechando la multiplicidad de sujetos que hoy pugnan por un cambio social y entendiendo lo electoral como parte de una disputa más amplia que la disputa del poder que no solo comienza en lo local, si no que espera fundar en ese lugar la base sólida del futuro sujeto transformador.

La nueva política no comienza ni termina-¡no por favor!- en lo electoral, sino en nuestro mismo seno, en lo territorial, en lo local y en cada miembro del Frente Amplio, en que seamos capaces de gestar nuestra construcción desde sus primeros pasos en forma horizontal, fraterna, democrática y sobretodo transformadora -pero no solo de nuestras estructuras- sino de la mismas realidades cotidianas del quehacer, solo así podremos mostrarle a Chile que una nueva política es posible

Pero para acometer esta esperanzadora tarea tenemos que comprender que el principal desafío es adaptarse al periodo histórico y fundar nuestro accionar rompiendo con los viejos clivajes de la política de la transición, avanzando hacia la necesaria conjunción político-social del Frente Amplio como apuesta que no solo reduzca la distancia representante-representado, sino que la haga confluir en un ejercicio sintético donde sean la multiplicidad de adherentes de este esfuerzo los que delimiten y le den fuerza a cada paso que demos. Para esto es necesario comenzar practicando en el seno de nuestra organización formas distintas de hacer política.

Este es un desafío no menor, implica replantearnos de lleno el problema de la organización, el siglo XXI requiere una nueva forma de organización político-social, que sea capaz de comprender que no solo debe articularse frente a los núcleos de poder dados por el Estado y su institucionalidad (cuestión por lo demás de sumo necesaria), sino que también debe generar poder en todos los ámbitos de la sociedad civil, construyendo instituciones sociales sólidas y perdurables. Como fuerzas transformadoras debemos dejar de tenerle miedo al poder y sus espacios, la disputa es transversal y si nos hemos ausentado ya es momento de retomar una acertada “guerra de posiciones”. El frente amplio debe ser en sí mismo un partido-movimiento, esto es, una estructura dinámica capaz de abarcar la multiplicidad de dimensiones de lo social y sus conflictos.

Para ello, las torpes visiones unidireccionales ya no sirven, la oposición entre la acumulación social y la disputa de la institucionalidad formal es cosa del pasado, más allá de todo análisis coyuntural, de toda pretensión de táctica acertada, la estrategia está dada por configuraciones múltiples de la construcción de fuerza que deben ir desde la sociedad civil a las instituciones formales y viceversa, entrelazándose de forma compleja y constante, siendo así una fuente de poder ininterrumpida. No se trata solamente de una nueva visión de la estructura político orgánica, sino de un motor productor de nuevas subjetividades. Esta es la única manera de realmente terminar con la crisis de la política tradicional -y sus partidos-, marcando con ello claras diferencias y distancias para generar una nueva correlación de fuerzas por sobre un empresariado y clase política que solo han socavado los derechos y espacios ciudadanos que tanto merecen ser restituidos y ampliados.

Lograr este objetivo dependerá de la capacidad del Frente Amplio de convertirse en una herramienta que trascienda a cada uno de los movimientos y partidos que hoy lo forman, convirtiéndose en un espacio atractivo, no solo en lo electoral para todos aquellos sujetos descontentos con la política tradicional, sino que también dotando a cada uno de sus miembros de la plena capacidad de incidir en las decisiones más allá de su participación formal en una orgánica fundante, sentando así las bases de la confluencia real en un frente-movimiento que incorpore las lógicas democráticas y horizontales de los movimientos sociales, poniendo a todos y cada uno de sus miembros en pie de igualdad frente a los otros. En términos concretos ¿Cuáles son las lógicas que debemos recoger de los movimientos sociales? 1) Capacidad de comunicación de las luchas. 2) Territorialización y generación de bases sociales. 3) Socialización del poder. 4) Socialización del conocimiento. 5) Transmisión de flujos creativos. 6) Autogestión. Estos elementos son del todo necesarios para generar un nuevo tejido social y en último término cambios culturales significativos.

La constitución de una subjetividad e identidad frenteamplista radica principalmente en superar las lógicas de los partidos tradicionales, es imperativo que sepamos reconocer que de forma posterior al escenario electoral nuestro giro debe estar hacia la inclusión formal de los adherentes independientes dotándolos de poder de decisión en nuestra política, avanzando hacia la construcción de una orgánica flexible, unitaria y robusta que sea capaz de darle cohesión de base a los sujetos más allá de la militancia respectiva (cuestión que incluso a mediano plazo debe dejar de ser relevante), esto a través de una fuerte democracia participativa que distribuya radicalmente el poder en nuestra apuesta logrando desde el principio mostrar nuestra mayor ventaja, la cual es venir y trabajar de forma distinta, siendo realmente la nueva política de y para Chile.

La nueva política no comienza ni termina-¡no por favor!- en lo electoral, sino en nuestro mismo seno, en lo territorial, en lo local y en cada miembro del Frente Amplio, en que seamos capaces de gestar nuestra construcción desde sus primeros pasos en forma horizontal, fraterna, democrática y sobretodo transformadora -pero no solo de nuestras estructuras- sino de la mismas realidades cotidianas del quehacer, solo así podremos mostrarle a Chile que una nueva política es posible. El camino será arduo, pero si somos capaces de mostrar nuestra propia unidad y cohesión teniendo como base a sujetos profundamente plurales, seremos capaces de construir de la mano de las exigencias democráticas y horizontales de los tiempos de hoy un nuevo futuro de esperanza –no solo de algunos- sino para todos y todas quienes componemos este país.

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