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Sobre la nueva Universidad de O’Higgins (o La Universidad incompleta)

por 7 abril, 2017

Sobre la nueva Universidad  de O’Higgins (o La Universidad incompleta)
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Me he ido interesado, progresivamente y desde que vivo en Rancagua, por lo que se denomina lo regional. Ciertamente, hablar de regiones en un país tan histórica y fuertemente centralista como el nuestro implica, siempre, derivar hacia cierto borde, a una suerte de ex-centricidad que culturalmente ha tenido un sesgo peyorativo y que expresaría, también, una cierta falta de identidad. “Santiago es Chile”, por ejemplo. Lugar común y de larga data que define con precisión el fuerte tonelaje centralista que caracteriza a nuestro y país y que indica, además, la dimensión satelital –y de menos importancia- de todo cuanto huela a regional. Insistiremos en esto más adelante en esta columna.

Dicho lo anterior, es que he venido preguntándome por lo que significa una Universidad (así con mayúscula y nombre propio). Y Sobre todo qué significa cuando además de estatal es regional. Dos conceptos que por sí mismos nos exigen análisis. Me he preguntado, además, si la Universidad (cuando es estatal y pública) no debe ser considerada como un bien social superior, como una posibilidad para la extensión no sólo a nivel académico sino que para la democracia; es decir, la Universidad como un espacio para decirlo todo, a expresarlo todo, sin concesiones, aunque esto suene esencialista y poco probable.

En esta línea, es que la nueva Universidad estatal de O’Higgins no puede sino ser considerada como un proceso casi logrado de manera exitosa. Digo “casi logrado de manera exitosa” precisamente en el sentido de “proceso”, de procedimiento o como un conjunto de procedimientos. Hablamos de casi 435 estudiantes matriculados en 13 carreras, más del 54% de ellos con gratuidad, alrededor de 15 profesores con jornada completa con doctorados chilenos y de todas partes del mundo y de una universidad que, aunque incompleta en términos de infraestructura y probablemente con problemas internos de puesta en marcha, ha podido sobreponerse a los fundamentalismos tanto centralistas como regionales, estimulando en esta línea lo que, al final del día, llamaremos de manera muy liberal y asumiendo los riesgos, un bien superior.

Señalamos además, y sólo tangencialmente en esta columna, la enorme vitalidad que siempre implica la creación de una Universidad para el lugar en la que se funda, sobre todo si es estatal. Hablamos de una nueva y poderosa circulación de ideas, personas llegadas de diferente partes, juventudes, circuitos académicos y artísticos, debates, lanzamientos de libros, librerías, cafés, bares, en fin, todo un amplio abanico de posibilidades que no puede sino hacer florecer un lugar.

Quisiéramos de esta manera insistir en esto de un proceso casi logrado o de una Universidad incompleta. Creemos que existe, en este sentido, siempre una suerte de posibilidad; de extensiva posibilidad que le permite a una institución no sentirse nunca terminada, perfecta o “lograda”. Son, de alguna manera, los privilegios de la fundación. Siempre existe, en toda imperfectibilidad, una posibilidad de perfeccionamiento, un horizonte de mejora. Probablemente y en la línea de reflexionar sobre “la” Universidad en Chile, lo que hemos tenido como ejes rectores son los necesarios formalismos, la estabilización de los estándares internacionales, la urgencia en la adjudicación de proyectos, la paranoia de la publicación indexada. Sin embargo, poco nos hemos detenido a reflexionar sobre lo que significa, tal como lo señala Jacques Derrida, la “razón de ser “ de una institución universitaria.

Espero que su condición de Universidad incompleta traiga, junto Aysén, nuevos aires a la tiranosáurica tradición universitaria chilena que, entre centralista y auto-definida como terminada, no encuentra las grietas para dejarse permear por lo imperfecto que, al día de hoy, es menos una necesidad institucional y más una urgencia ética de cara a la democracia.

Probablemente, esto de la Universidad casi lograda o incompleta se refiere a una intuición que sólo podría venir de cierto margen, borde o pliegue que denominaríamos, en esta columna, lo regional. Las universidades de la capital, tan seguras de sí mismas, de su misión, de sus objetivos y de las competencias que quieren producir en sus estudiantes, probablemente no hayan asumido la incompletud que les es inherente y, más bien, se auto-dibujan una historia, un presente y un futuro fundado a partir de certezas declarativas y formales que les impiden “perfeccionarse”. Es sólo desde la periferia y desde el acontecimiento de la fundación que se privilegia esta inestabilidad en la misión, los objetivos y las competencias. Esto, lejos de ser un punto en contra, debería ser entendido como una posibilidad siempre abierta al mejoramiento de la universidad misma, como una exigencia ética que le permitiría a la universidad dejarse permear, precisamente, por aquello que no es, lo que aún no es, y por lo que, en muchos casos, no será nunca.

Ciertamente que esta columna no persigue enfrentar a las clásicas categorías cepalianas del centro y la periferia. No se trataría en ningún aspecto de abreviar el problema a una suerte de sometimiento de lo regional al imperio del centralismo, no. Eso sería simplificar el asunto y recomponer, simplemente y en clave actualizada, lo que han sido los problemas identificados por los intelectuales en las décadas de los 50, 60 y 70. Esta columna se plantea, puntualmente, cómo superar esta disimetría histórica aludiendo a la posibilidad que emerge, precisamente, en lo periférico. No vemos en lo periférico nuevamente más que un enorme potencial toda vez que se abre la posibilidad del margen y de lo ex-céntrico. De esta manera ser regional no significaría desaparecer tras lo regional mismo, sino que es una exigencia que lo regional se pronuncie sobre lo central, lo nacional y lo mundial.

Una supuesta identidad regional es una ventaja pero también puede ser una amenaza si se concibe como un espacio cerrado y exageradamente local.

En esta línea y como hemos venido insistiendo, es que la fundación de algo, de lo que sea dentro de un contexto democrático es, ciertamente, una fuente inagotable de posibilidades. Y lo es, básicamente, porque aquello que se funda es por naturaleza precario, en falta, en ajuste, en proceso, por terminar, etc. La fundación de la Universidad de O’Higgins en esta perspectiva (y la de Aysén por cierto de la cual no estoy tan al tanto), se nos presenta justamente como esa posibilidad para la perfectibilidad permanente, para desajustar paradigmas sobre el cómo debe ser una Universidad y para impulsar una suerte de ética universitaria que, desde el acontecimiento mismo de la fundación, permita comprender de otra manera el proceso de institucionalización universitaria. Decimos con esto, que si bien las instituciones no son inocuas y que ya en su fundación traen consigo vicios derivados de las urgentes negociaciones, deliberaciones, tensiones, etc., son, en adelante, y con la misma potencia que les otorga el acontecimiento fundador, una posibilidad para la experimentación, para la extensión y sana distorsión de los propios esquemas institucionales que han definido a la Universidad. Hay, en la fundación de una institución, una prometedora ausencia de ritos, claves, símbolos y discursos que deberán ir ajustándose, creándose, poniéndose a prueba, favoreciendo de esta manera la experimentación institucional. La misma que no puede ser, precisamente, experimentada por universidades con una larga y anquilosada tradición institucional.

Quisiera nada más terminar con dos ideas, ambas contenidas en textos del filósofo francés Jacques Derrida.

La primera de ellas la encontramos en el texto Las pupilas de la Universidad de 1997. En este texto Derrida reflexiona sobre la “razón de ser” de la Universidad. En esta línea nos dice que un análisis de esta naturaleza debería siempre implicar una reflexión sobre la “razón” y el “ser”, no obstante nos detendremos en la idea de “razón de ser” como idea general de misión, de destinación o, si se quiere, de futuro.

Así, la Universidad a juicio de Derrida no habría estado jamás desvinculada de los imperativos políticos, económicos y sociales de una época. Bien que hablemos de la Universidad medieval, moderna o contemporánea, es imposible desestimar este axioma que no nos permite pensar a la Universidad al margen de lo que son las determinantes contextuales. De esta manera la Universidad de una u otra forma “representa” a la sociedad, a lo que acontece en un momento específico. Jamás ha estado desprendida de la historia y toda su potencia y horizonte se explicaría, precisamente en y muchas veces contra la historia donde está instalada. Es por esta razón que la Universidad siempre ha sido un espacio para la disociación, la polémica, el surgimiento de pensamiento crítico, también la sumisión por supuesto (cómo no pensar en la intervención de las universidades chilenas durante la dictadura, por ejemplo), pero siempre, finalmente, ha abierto o se ha abierto como un espacio institucional susceptible al cuestionamiento, a la transformación y al cambio.

Aquí nos conectamos con otro texto de Derrida titulado La Universidad sin condición (conferencia pronunciada en la Universidad de Stanford en 1988). A grandes rasgos –y aunque Derrida le da una alta valoración a la acción y desarrollo de las ciencias humanas en esta línea por sobre las ciencias llamadas “duras”- la Universidad al ser uno de los espacios donde germina la crítica y el cuestionamiento, debería ser, al mismo tiempo, el lugar donde todo pueda ser dicho; es decir, donde se reivindique el derecho a decirlo todo, sin concesiones. Si la Universidad es un espacio de opinión, búsqueda o investigación restringida, entonces la Universidad misma pasa a ser concesionada, adosada a un sector u estamentos de la sociedad que se la apropien y la condicionen. Por cierto que si pensamos en Chile y su actual contexto universitario casi no existirían universidades que no sean o respondan a intereses sectoriales, religiosos o económicos específicos. Incluso las llamadas públicas o estatales (habría que hacer bien la diferencia entre lo público y lo estatal en esta línea pero esa sería materia de otra columna) tenderían a dar cuenta parcialmente de su ruta de pertenencia. Sin embargo, y en esto estamos seguros, es sólo una Universidad con vocación estatal la que podría albergar un pensamiento tan incondicional como el que Derrida persigue. Hablamos de que es sólo en la dimensión de lo estatal, de lo que pertenece al Estado que, en una sociedad como la chilena, esta vocación a poder decirlo todo puede ser, al menos, pensada.

La nueva Universidad estatal de O’Higgins se nos revela en esta perspectiva como ese espacio carente de vicios adquiridos donde su “razón de ser” debiera ser la apertura a todo tipo de cuestionamiento, aunque ese cuestionamiento vaya contra sí misma. La universidad al igual que la democracia, como lo señala Derrida, debiera ser inmune a sí misma. Esto significa que debe generar las condiciones para que, frente a la interpelación a su propia condición institucional, encuentre las razones para salir fortificada.

La crítica a la Universidad debe ser una crítica asumida y acogida por la Universidad misma.

Esto es lo que hoy, al menos al día hoy, he podido pensar en relación a la nueva Universidad de O’Higgins. Espero que su condición de Universidad incompleta traiga, junto Aysén, nuevos aires a la tiranosáurica tradición universitaria chilena que, entre centralista y auto-definida como terminada, no encuentra las grietas para dejarse permear por lo imperfecto que, al día de hoy, es menos una necesidad institucional y más una urgencia ética de cara a la democracia.

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