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¿Votar?

por 16 diciembre, 2017

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Desde hace algún tiempo, se ha convertido en un lugar común –expresado en lo fundamental en este espacio de la denostación mutua y de la acusación generalizada que son las redes sociales- identificar a quienes no votan en las elecciones con una masa amorfa de sujetos transidos de nihilismo, de escaso interés por el devenir de los asuntos públicos y, en última instancia, de una desidia generalizada respecto a lo que no sea la satisfacción inmediata de sus pulsiones narcisistas.

Los votantes –y los candidatos en primera línea- llaman al resto a votar, desde la seguridad y la altura moral, a ejercer ese derecho por el que tanta sangre ha sido derramada. En esto último tienen no poca razón, pues el proceso de la configuración de las repúblicas representativas se consolidaría en la sangrienta Revolución Francesa, configurándose como un sistema político que se funda en la delegación del poder del pueblo en sus representantes, quienes, por ejercer la actividad pública como profesionales, y habida cuenta de la supuesta extrema complejidad que ella implicaría (en tiempos en que la instrucción pública era prácticamente inexistente, uno podría entender que esta complejidad refería, desde ya, a saber leer y escribir) estarían mejor capacitados para ejercer el poder y, ante todo, para administrar las decisiones que en última instancia afectarán a la sociedad toda.

En última instancia, quienes no votan no están menos capacitados para pensar lo social e interesarse por las cosas comunes que quienes sí lo hacen, y estos últimos no están menos insertos en el espectáculo generalizado que inunda en nuestros días a la sociedad.

Ahora bien, no obstante los avances en la instrucción pública, a pesar que desde la época de Montesquieu y Diderot el derecho a voto ha logrado ampliarse a todos los miembros de la comunidad en virtud de las luchas llevadas a cabo por las minorías, es decir, a pesar de que la excusa de que sólo unos pocos tienen la capacidad intelectual para ocuparse de cosas “tan difíciles” como la organización de la vida en común se ha diluido en virtud de dichas luchas el sistema representativo no ha sido –y no lo es hoy día- mayormente criticado como no sea por algunos teóricos que suelen ser considerados, por ello mismo, como “radicales”.

Nos asombramos del hecho de que, hoy en día, alguien como Trump, como antes Hitler, hayan podido llegar al poder por medio de este sistema “ilustrado”, pero no nos atrevemos –so pena de ser considerados como parias sociales- a extraer la consecuencia de esta extrema fragilidad del sistema, por ejemplo de que su perfeccionamiento podría pasar por una radicalización de la democracia y no necesariamente (al menos no únicamente) por pensar en otros –y mejores- profesionales de la política. No deja de llamar la atención que aún la mayoría crea no estar capacitada para actuar políticamente de una manera que no sea aquella de la “política profesional”.

A lo más, aceptamos y exigimos que ese ámbito sea renovado y que otros “profesionales” (más jóvenes, provenientes de las minorías, etc.) ingresen a este espacio que, en estricto rigor, se funda como formando parte de la “religión republicana”, pues ingresando allí no es únicamente necesario cumplir con ciertos ritos, sino que, al mismo tiempo, uno puede beneficiar de una serie de garantías simbólicas, legales y materiales que el resto de la comunidad está lejos de conocer.

Quienes se atrevan a cuestionar este estado de cosas, y por ejemplo señalen públicamente que en este contexto se niegan a ejercer el “derecho a voto” (pienso, por ejemplo, para mencionar a un nombre conocido, en el filósofo francés Alain Badiou) serán inmediatamente tildados de sacrílegos y diagnosticados de la enfermedad del nihilismo y del individualismo más recalcitrante, o de habitar en burbujas de cristal propias a filósofos o misántropos.

Ahora bien, muchos de los que de tal suerte denostan a quienes no votan olvidan un hecho histórico fundamental y grave que afecta nuestro sistema democrático : el votante es, en gran medida, un consumidor de rostros y de ideas creadas en el contexto de la propaganda, es decir, de lo que Chomsky y Herman definen como la “fábrica del consenso”.

En efecto, desde que en 1928 el relacionador público austríaco Edward L. Bernays publicara en Estados Unidos su libro-panfleto titulado, justamente, “Propaganda”, sabemos que las estrategias de difusión del pensamiento y de las ideas políticas, sobre todo en el contexto de las campañas electorales, se fundan en el marketing y en la construcción de opinión y de gustos propia a toda campaña comercial. Por ejemplo, todo el discurso en torno a la “juventud”, las “nuevas ideas” y la “innovación”, podría interpretarse desde este punto de vista, y los asesores de imagen que acompañan codo a codo a los candidatos lo saben perfectamente (esa es, justamente, su profesión).

Más llamativo aún –pero en el fondo propio a la lógica del marketing político descrita por Bernays y criticada por Chomsky y Herman- es que otros términos, como el de “revolución”, adquieren recientemente el estatuto de –como decimos en Chile- “ganchos comerciales” para captar electores y acceder al poder formal. ¿Implica esto que uno deba negarse, por definición, a votar? En lo absoluto, pues hacerlo implicaría caer en el moralismo (esa certeza del que sabe que actúa a partir de parámetros superiores a los del resto) de los acusadores (muchos de ellos, rostros de la peor televisión y del peor espectáculo existente).

En cualquier caso, uno podría hacerlo teniendo en cuenta que, en las elecciones, no se juega necesariamente algo así como el “destino de la nación” ni el hecho de que unos, más jóvenes y con ideas renovadas, al llegar al poder, por fin van a empezar a hacer la revolución. También habría que asumir que uno no escapa del nihilismo que afecta tan profundamente a nuestra sociedad (esta sensación de que lo único que puede hacernos felices es un poco más de consumo) por el hecho de votar cada cuatro años por los candidatos que mejor nos han convencido con sus campañas.

En última instancia, quienes no votan no están menos capacitados para pensar lo social e interesarse por las cosas comunes que quienes sí lo hacen, y estos últimos no están menos insertos en el espectáculo generalizado que inunda en nuestros días a la sociedad. Entretanto, en medio de acusaciones mutuas, solemos dejar pasar tal vez lo más relevante: aún no somos capaces de inventar un sistema, que se corresponda con la democracia, en el que no tengamos que confiar las decisiones que afectan la vida de todos a un grupo de “representantes” que habrán de decidir por nosotros, ya que, supuestamente, están mejor capacitados para ello.

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