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La incómoda posición de Fernando Montes ante los abusos sexuales en el colegio San Ignacio El Bosque

por 23 enero, 2018

La incómoda posición de Fernando Montes ante los abusos sexuales en el colegio San Ignacio El Bosque
Fernando Montes tendrá que asumir, y explicar, que en la década de los ochenta la práctica de Jaime Guzmán Astaburuaga de fotografiar a adolescentes desnudos, era completamente aceptada en el establecimiento, y que no suscitaba críticas de parte de los apoderados, profesores, ni tampoco de él como rector. No digo que él tuviera conocimiento de los abusos, pero su ceguera frente al comportamiento de Guzmán, así como su eventual responsabilidad en los abusos cometidos en el colegio del que era rector, es algo que tendrá que explicar frente a la opinión pública, o los tribunales, en caso de que los delitos no estén prescritos, cosa que creo improbable.
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Como exalumno del colegio San Ignacio El Bosque, puedo dar fe de que la denuncia de José Miguel Viñuela es completamente cierta. Pensé que los distintos sectores de la sociedad chilena ya habían aprendido la importancia de acoger y tomar en serio este tipo de denuncias, pero las reacciones a la declaración de Viñuela me demuestran que hay sectores en los cuales estos hechos todavía no son asumidos a cabalidad y que, más aún, prima todavía un ánimo de negación y encubrimiento, refrendado por las declaraciones del exrector Fernando Montes en el programa televisivo Estado Nacional.

El sacerdote denunciado por Viñuela se llama Jaime Guzmán Astaburuaga. En general era cariñoso y contenedor, o más bien lo era con los niños que le caían bien, pero se mostraba descalificatorio y denigrante con otros (ahora sabemos, además, de sus conductas de abuso sexual). Recuerdo que tenía un posgrado en psicología, pero eso no le servía para controlar súbitos ataques de ira en clases, por ejemplo, ante problemas de disciplina o falta de atención de algún alumno; recuerdo que una vez empujó a un alumno en clase y lo botó al suelo, con banco y todo. Creo que el alumno hizo un reclamo, hubo un pequeño altercado en el colegio, pero el hecho no pasó a mayores.

En las confesiones con Guzmán, tal como indica Viñuela, el tema de la masturbación ocupaba un lugar ineludible, a veces de forma semichistosa; a veces, según comentábamos entre compañeros, de forma más insidiosa. No me resultaba tan sorprendente, porque la moral sexual católica era parte integral de la formación religiosa que entregaba el colegio, asumo que con total anuencia de los padres. La virginidad era un valor importante, las relaciones sexuales prematrimoniales eran condenadas como un pecado, y el tratamiento de la sexualidad era en general completamente acorde a la doctrina de la Iglesia. Nada tan sorprendente, menos en el Chile de los ochenta.

Tampoco es que la cosa fuera un monasterio, sin derecho a la divergencia o algún espacio para la chanza. Recuerdo, por ejemplo, que un día un sacerdote llegó a la sala decidido a abordar una vez más el importante tópico de la autosatisfacción sexual. Se trataba de Juan Miguel Leturia, el “Loro”, un sacerdote popular, muy querido por los alumnos, que después fue acusado por conductas de abuso sexual y condenado por la justicia canónica. En esa ocasión, el Loro optó por una pedagogía mayéutica de preguntas y respuestas. “Antes que nada, ¿qué es la masturbación?”, preguntó al curso, con buen ánimo: “¿Es algo normal, es una enfermedad, es un pecado?”. Después de un breve silencio, de un banco de atrás se escuchó a viva voz la respuesta que era quizá la más razonable: “¡Es rico!”. Risotada general, seguida por un gesto de resignación del Loro, rendido ante tal indiscutible derrota retórica.

Lo que quiero decir es que no recuerdo (ni aun con estándares actuales) una atmósfera enfermiza de represión y abuso. Todo parecía más o menos normal, ciertamente dentro de los marcos rígidos de una moral católica, propugnada sin ningún tipo de complejos por parte de profesores y sacerdotes. Las confesiones con el “padre Guzmán” eran parte de este esquema, y motivo de comentarios y chacota entre los alumnos (claro, lo que se contaba de ellas en ese entonces). Guzmán recorría variados temas (la relación con los padres, la preocupación por los estudios, la acción social, etc.), pero el onanismo no podía estar nunca fuera de su recuento. En mi caso recuerdo que lo abordaba de forma casual, semidivertida. “Y las pajitas, ¿cómo andan?”, preguntaba al final, casi con ingenuidad, como si realmente le interesara saber. No recuerdo exactamente la frecuencia que reportaba yo, pero debía ser algo apropiado, porque Guzmán no se mostraba demasiado escandalizado al respecto, y me recomendaba siempre, con gran sentimiento, que lo importante era “no exagerar”.

En las confesiones con Guzmán, tal como indica Viñuela, el tema de la masturbación ocupaba un lugar ineludible, a veces de forma semichistosa: a veces, según comentábamos entre compañeros, de forma más insidiosa. No me resultaba tan sorprendente, porque la moral sexual católica era parte integral de la formación religiosa que entregaba el colegio, asumo que con total anuencia de los padres. La virginidad era un valor importante, las relaciones sexuales pre matrimoniales eran condenadas como un pecado, y el tratamiento de la sexualidad era en general completamente acorde a la doctrina de la Iglesia. Nada tan sorprendente, menos en el Chile de los ochenta

“Las pajitas” eran por supuesto parte de las bromas y comentarios entre los compañeros, era como una de las “gracias” del padre Guzmán. Recuerdo que también se comentaban unas extrañas palmaditas en el poto que algunos recibían una vez terminadas las confesiones. Se bromeaba con ello, se las llamaba el “saludo de futbolista”, haciendo alusión a la forma en que algunos jugadores se dan la bienvenida al entrar a la cancha. Después me enteré de que, en algunos casos, estas “palmadas de futbolista” distaban mucho de ser algo tan inocente.

Uno de los aspectos por los que Guzmán Astaburuaga era más conocido en el colegio, eran los retiros que organizaba a Guayacán (casa que los jesuitas tienen en el Cajón del Maipo), con comunidades de alumnos que formaban parte de CVX, que en ese entonces alcanzaba prácticamente la totalidad del colegio. Ahí tenía lugar el ritual que relata Viñuela, tal cual. El último día en la tarde había piscina, y el cura incentivaba a que todos nos bañáramos desnudos. Los más tímidos, pernos o trancados, nos quedábamos en un rincón, haciendo como que no teníamos calor, pero la gran mayoría, tal como lo relata Viñuela, lo encontraban entretenido y se tiraban al agua como Dios los echó al mundo. Nada de esto sería tan raro si se tratara de un grupo de adolescentes por sí solo; lo raro es que fuera instigado precisamente por el cura, que se dedicaba a sacar fotos de cada uno. A la semana siguiente, Guzmán ponía las fotos en el diario mural del colegio, no sin antes pintar con lápices scripto unos ridículos trajes de baño de colores, para cubrir las partes pudendas de los involucrados.

Las fotos eran motivo de comentarios y risas durante toda la semana. No era solo que no fuera algo oculto o reprobado, sino, por el contrario, era considerado algo choro y divertido, que toda la comunidad del colegio sabía y comentaba, partiendo por los alumnos y profesores, los apoderados, y desde luego el rector de ese entonces, Fernando Montes.

Mirado en retrospectiva, lo que resulta sorprendente al día de hoy es que a nadie le pareciera raro, o potencialmente peligroso, que un cura tuviera esta predilección tan marcada por sacar fotos de adolescentes piluchos. La invisibilización absoluta de esta situación –en total contraste con el escándalo que causa hoy–, ofrece una medida clara del enorme cambio que ha experimentado el país en los últimos 30 años respecto de este tema.

Constituye además una prueba elocuente de la atmósfera de negación y represión en que se desarrollaba la educación en colegios de Iglesia, y la forma en que se entronizaba la figura del sacerdote como un sujeto más allá de toda sospecha, lo que sin duda favoreció la comisión de todos estos abusos horrendos que han salido a la luz en los últimos años.

Más de una década más tarde, cuando comenzaron a destaparse los distintos casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes, creo que lo lógico hubiera sido que, como exalumnos del San Ignacio, realizáramos algún tipo de reflexión o discusión al respecto. Si cada uno lo hizo en su fuero interno, no lo sé, pero lo cierto es que en público, a nivel de conversaciones, posteriormente de redes sociales, el cuestionamiento sobre el tema fue nulo. De hecho, cuando se ventiló la denuncia por abuso contra Leturia, el año 2005 (después nos enteramos de que existía una denuncia previa, en el colegio Jesuita de Osorno, razón que aparentemente influyó para que fuera trasladado a… los colegios jesuitas de Santiago), la reacción de mis compañeros de generación fue más o menos la contraria: la idea que circulaba era la de hacer una carta de apoyo a Leturia, porque había casado a algunos, bautizado a los hijos de otros. Recuerdo que entonces planteé que, en vez de la cerrada defensa, en caso de comprobarse los casos debería conducirnos a algún tipo de reflexión y crítica respecto del tipo de educación que recibimos. Mi comentario cayó en el desierto, fui mirado como el bicho raro del curso.

Supongo que este tipo de reacciones habrá influido, e influye en general, en desincentivar las denuncias, reforzar la espiral del silencio. Es la forma en que la represión colectiva, naturalizada, invisible, propende a la mantención del statu quo y termina, quizás sin quererlo, prolongando la impunidad de este tipo de abusos.

Un par de años después –si la memoria no me falla–, me enteré de primera fuente, y de forma completamente fehaciente, de lo que era obvio. Que las conversaciones sobre “las pajitas” con el cura Guzmán no habían terminado siempre de forma tan inocente. Me lo contó un compañero del colegio, con total transparencia, en un relato de cuya verosimilitud no me cabe la menor duda. Que en su caso había habido tocaciones de carácter sexual, y distintos episodios de abuso sexual que no quiso detallar.

Aunque de adolescente esta posibilidad siniestra había permanecido completamente invisible a mis ojos (supongo que ante los ojos de todos o de casi todos), más de 10 años después no me sorprendió en absoluto. El comportamiento general de Guzmán, sus conductas violentas con algunos, unido a su fijación sexual en las confesiones y a su propensión a fotografiar adolescentes desnudos, configuran un cuadro bastante claro.

Mi compañero estaba en la duda de si denunciar o no, y yo al menos le aconsejé que lo hiciera. Un tiempo después me comentó que lo había hecho, ante la Compañía, y que los jesuitas habían activado un protocolo aparentemente formal de recepción de denuncias de este tipo. El proceso duró cerca de dos años. Para entonces, Guzmán estaba alejado hace un tiempo del trabajo con niños, trasladado a alguna otra división de la Compañía de Jesús (no sé cuál). Mi compañero me comentó que la actitud de los jesuitas había sido receptiva y habían mostrado un ánimo de reparación. Si esto efectivamente fue así, lo único que no entiendo es por qué el caso de Guzmán Astaburuaga nunca se hizo público.

Me parece obvio que lo primero que debería incluir un protocolo de este tipo es transparentar la denuncia, para asegurar que otras posibles víctimas se atrevan a denunciar y romper la espiral del silencio. La transparencia, además, es la única forma de poner sobre aviso a la comunidad, especialmente a los apoderados de este y otros colegios ignacianos, para prevenir efectivamente que estos casos vuelvan a ocurrir, y qué hablar de la precaución que se debe tener con el victimario y asegurar que este no vuelva a acercarse a niños.

Por esto me parecen, por decir lo menos, desafortunadas las declaraciones de Fernando Montes, rector en el colegio al momento de ocurridos los hechos, en Estado Nacional el domingo pasado. No es cierto, o bien se trata de una interpretación muy mañosa de los hechos, señalar que “una vez un papá me contó lo de las fotos y honradamente llamé a esa persona y lo reprendí severamente” (se entiende que reprendió a Guzmán). Nadie le puede haber “contado lo de las fotos”: era algo de público conocimiento, las fotos estaban en el diario mural del colegio, ubicado en el pasillo por el que Montes pasaba todos los días rumbo a su oficina. Quizá lo que quiere decir el exrector, es que en algún momento un apoderado se quejó de la situación, y solo entonces él actuó reprendiendo a Guzmán, lo que es muy distinto.

Fernando Montes se encuentra así en la incómoda posición de tener que asumir, y explicar, que en la década de los ochenta la práctica de Guzmán de fotografiar a adolescentes desnudos, era completamente aceptada en el establecimiento, y que no suscitaba críticas de parte de los apoderados, profesores, ni tampoco de él como rector. No digo que él tuviera conocimiento de los abusos (de hecho, le creo cuando asegura que no lo tenía), pero su ceguera frente al comportamiento de Guzmán, así como su eventual responsabilidad en los abusos cometidos en el colegio del que era rector, es algo que tendrá que explicar frente a la opinión pública, o los tribunales, en caso de que los delitos no estén prescritos, cosa que creo improbable.

Tampoco me parece afortunado su ofrecimiento a Viñuela para que se acerque a contarle todos los antecedentes. Aquí debería haber un protocolo de denuncia, que debería estar disponible para todas las posibles víctimas; no un melodramático llamado personal realizado por televisión, para las víctimas “televisivas”.

Por otro lado, me parece completamente inverosímil que Montes no haya sabido de las denuncias, menos aún que no haya sido informado de las que realizaron los exalumnos más de diez años después. Si no se le puso en antecedentes, se trata ya de por sí de un grave acto de encubrimiento. Lo primero que debió hacer la Compañía, al recibir estas denuncias, es informar, pedir explicaciones y antecedentes, a quien era rector del colegio en ese entonces. De manera que, más que ofrecerse como salvador frente a Viñuela, lo que debería comprometer Montes es la decisión de transparentar de una vez, todas las denuncias que ha recibido la Compañía por temas de abusos, y en particular las relacionadas con el colegio donde fue rector. ¿Cuántas denuncias más hay contra Guzmán mismo? ¿Qué tipo de abusos cometió? ¿Qué se hizo al respecto?

Me parece probable, de hecho, que Montes haya jugado algún rol en la salida de Guzmán del colegio. Si es así, debería transparentar por qué se produjo esta salida. ¿Adónde fue trasladado Guzmán? ¿Qué antecedentes motivaron su salida? En estos casos, lamentablemente, cualquier cosa que no sea la transparencia activa y explícita, se transforma en la práctica en algún grado de encubrimiento.

No sé hasta qué punto llegaron los abusos de Guzmán, pero me parece obvio que no se reducen al caso que relato de mi compañero y al de Viñuela. Con toda probabilidad, los episodios de abuso se extendieron por años, quizá por décadas, con diversas víctimas y diversos grados de gravedad. Como en otros casos, las denuncias irán apareciendo lentamente, en la medida en que se vaya rompiendo la difícil espiral del silencio. Por eso, también es importante una actitud activa y –de nuevo– transparente, por parte de Fernando Montes y de otros involucrados, así como también de quienes fuimos estudiantes en ese periodo.

En este sentido, la reacción de muchos otros exalumnos, a través de medios sociales, me parece realmente vergonzante, patética. Al parecer algunos creen que, en vez de atender esta nueva realidad que se empieza a develar ante nuestros ojos, su rol es el de salir a “defender” el colegio. En redes sociales aparecen muchos comentarios del tipo: “A mí nunca me pasó nada, yo nunca vi nada”, u otros de abierta defensa a Guzmán u otros.

No puede dejar de sorprenderme la cortedad de miras, por no decir la estupidez, para no hablar de la falta de empatía y mezquindad, de este tipo de comentarios. Si los que nunca fuimos víctimas nos dedicamos a desacreditar a los que sí lo fueron, lo más probable es que nunca lleguemos a descubrir la verdad. Los casos de abuso no son nunca una cosa de mayorías; necesariamente los afectados son una minoría, en general, una minoría vulnerable. Lo que nos compete al resto es abrir los ojos a la realidad, empatizar con las víctimas, contribuir a la búsqueda de la verdad.

Tampoco puedo decir, en todo caso, que esta reacción de muchos de los exalumnos del San Ignacio me sorprenda demasiado. La tendencia a la negación, al rechazo de este tipo de denuncias es un síntoma muy claro de una educación represiva, sin espacio para la crítica, donde muchos prefieren aferrarse a los parámetros básicos sobre los que han construido su vida, antes que mirar de frente ciertos cuestionamientos que sin duda los hacen tambalear.

Creo que el inefable grupo de WhatsApp de la generación constituye la mejor prueba de esta ceguera. Sin demasiados vínculos en la actualidad, la conversación entre cien cuarentones distantes recae por lo general en la misma dinámica de 30 años atrás: chistes machistas, a veces rayanos en la misoginia, moteados por uno que otro comentario religioso, aparte de los interminables saludos de cumpleaños. En algún momento hubo un intento de discutir de política u otros temas de interés público, pero fue rápidamente cercenado por una “mayoría” que no quería “discusiones divisivas”.

La reacción de este grupo a las denuncias de Viñuela, y posteriores declaraciones de Fernando Montes, ha sido de antonomasia: silencio total, ningún tipo de comentario; es como si esa parte de la realidad no existiera y nadie hubiera escuchado la noticia.

En lo personal, no guardo un mal recuerdo de la educación jesuita ni de mi colegio. En muchos aspectos me he distanciado de ese proyecto educativo, en otros quizás no tanto, pero en general guardo gratitud hacia mis profesores, y hacia uno que otro sacerdote, con algunos de los cuales aún mantengo contacto. Pero me parece imprescindible que este proyecto educativo se abra al cuestionamiento de fondo que este tipo de hechos suscita, genere una crítica profunda, una revisión de creencias y experiencias vitales. No se trata de condenarlo todo de un plumazo, pero tampoco se puede tapar el sol con un dedo y hacer como si las cosas no existieran para seguir viviendo una vida cómoda, pero de fantasía, que barre bajo la alfombra los aspectos oscuros de la realidad, los abusos, los crímenes.

Por último, quisiera terminar con una reflexión de fondo más general. La enorme cantidad de casos de abuso sexual en instituciones religiosas, tanto en Chile como en el extranjero, sin duda habla de una realidad consistente, no de una mera casualidad. Casos escabrosos, como el de Karadima, los maristas, y tantos otros menos “mediáticos”, no pueden simplemente atribuirse a ciertas “manzanas podridas”, responsabilidades puramente individuales, casos aislados.

Es obvio que hay algo, en la cultura religiosa, en su sentido más amplio, al menos en la forma en que se aborda en nuestros días, que parece instrumental a una forma patológica de vivir la sexualidad, el poder y la relación con la conciencia individual. La propensión a vulnerar al más débil, transformando la dimensión espiritual en un instrumento de cooptación de conciencia, utilizado para apoderarse y destruir a otro ser humano por medio del abuso sexual, parece ser un patrón inscrito de manera más sistémica en la cultura de Iglesia, quizás en su propia doctrina y discurso, en su sistema de creencias.

A la luz de estos casos, y su masividad, me parece claro que muchas personas optan en verdad por la vida religiosa para ocultar, reprimir o canalizar de forma perversa ciertos impulsos sexuales patológicos o perversos. Quizás el sacerdocio es una vía de escape para cierto tipo de crisis no resueltas o quizás, peor aún, hay algo en el adoctrinamiento y la forma de vida de los religiosos que termina por fomentar estos impulsos, exacerbarlos y deformarlos de manera dramática. No estoy diciendo que sea algo de todos los sacerdotes, pero ciertamente tampoco se sostiene la aseveración de que se trata solo de algunas desviaciones aisladas. Es un punto intermedio, en el que ciertas biografías o psicologías individuales se intersectan con ciertas culturas, ideologías o espiritualidades que dan cabida, canalizan y fomentan elementos viciados, malsanos y enfermos.

Además de tener una actitud siempre más activa, transparente y honesta para enfrentar las denuncias y el abuso sexual en general, la Iglesia debería cuestionarse a fondo su doctrina, discurso y práctica en torno a la sexualidad, si quiere de verdad enfrentar esta tragedia y prevenir que estos casos sigan ocurriendo.

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