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El mercado y la deliberación: la acción política del FA

por 20 febrero, 2018

El mercado y la deliberación: la acción política del FA
La acción política del FA no aspira a superar el mercado como tal –una tarea de esta envergadura, aunque deseable para una parte de quienes se identifican con el FA, sería del todo pretenciosa–, más bien busca anteponer el principio de igualdad como el criterio central de una sociedad que se considere verdaderamente libre.
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En relación con la columna sobre la “precariedad intelectual” del Frente Amplio (FA), escrita por el académico Hugo Herrera, resulta indispensable rebatir algunas de las premisas con que el autor caracteriza al FA y su devenir, considerando tres puntos que nos parecen centrales.

En cuanto al mercado, el Frente Amplio comprende la diferencia entre los conceptos de economía, mercado y neoliberalismo, aunque la citada columna lo intente obviar. Si bien la confusión entre lo que tiene valor, en el sentido social, y lo que tiene precio está presente, en mayor o menor medida, en las distintas variedades del capitalismo, creemos que en nuestro modelo actual se exacerba.

El problema no es con el mercado-intercambio, sino con la adopción de las lógicas de mercado, con aquello que hace a la deliberación democrática imposible, es decir, la priorización de los incentivos económicos sobre los valores sociales o culturales. Porque se hace muy difícil mantener una deliberación democrática real cuando el individuo, el emprendimiento privado, las decisiones nucleares son mejor y más valoradas que la acción comunitaria y las decisiones colectivas.

Tampoco desconocemos que existen arreglos institucionales que regulan el mercado y pueden ponerle límites, pero la ruta es más profunda. No solo el mercado, sino también el Estado y otras relaciones sociales se encuentran hoy neoliberalizadas. Quienes defienden el mercado como mecanismo ideal de distribución del poder social, lo hacen (en su mejor versión) diciendo que es un resguardo ante el poder estatal. En sí, esto no prueba que sea una forma de distribución del poder social, sino más bien difuminación del mismo. El mercado no puede transformarse –como lo propone el autor– en una herramienta de poder ciudadano.

Respecto a la deliberación pública, el primer problema del concepto en la columna de Herrera es que el autor habla en un sentido extremadamente restringido.

Una concepción democrática de deliberación no niega nada de lo único, lo singular, lo personal, lo íntimo. Más bien es al contrario: cuando la lógica del mercado permea todos ámbitos de la vida social es cuando las decisiones individuales, con toda su diversidad y sutilezas, quedan relegadas a la esfera privada. Existe entonces total libertad de tomar decisiones en el limitado ámbito personal, pero casi inexistentes posibilidades de incidir en las decisiones públicas.

Por otro lado, la negación de lo “íntimo” de la deliberación pública negaría el tratamiento político de temáticas como las de género, que precisamente relevan lo considerado como “privado” (violencia intrafamiliar, por dar un ejemplo entre muchos) y lo ponen al centro de lo “público”. La inclusión de lo “íntimo” enriquece entonces la deliberación pública, y es un ejercicio que hace a nuestras instituciones más inclusivas. Cobra especial sentido entonces que el FA busque enriquecer y radicalizar la democracia, dándoles importancia a las personas, las comunidades y los movimientos sociales.

Herrera caricaturiza la intención de sacar al neoliberalismo de la esfera de los derechos sociales, como si entendiéramos esto solo como medio para la deliberación pública. En realidad, hablar de derechos sociales tiene relación con la manifestación de que hay ciertos aspectos de la vida que deben obedecer a otros valores fuera de los económicos, tanto para el desarrollo pleno en la vida social como para la felicidad personal.

Poner la deliberación democrática en el centro de la discusión, en cambio, tiene que ver con establecer y dotar de sentido –y no solo de viabilidad–  las discusiones importantes, como educación, salud, medioambiente, pensiones, etc. Herrera caricaturiza la intención de sacar al neoliberalismo de la esfera de los derechos sociales, como si entendiéramos esto solo como medio para la deliberación pública. En realidad, hablar de derechos sociales tiene relación con la manifestación de que hay ciertos aspectos de la vida que deben obedecer a otros valores fuera de los económicos, tanto para el desarrollo pleno en la vida social como para la felicidad personal.

No podemos dejar pasar la aseveración que hace Herrera de que el espacio ideal para la deliberación pública, según nuestra perspectiva, sería el asambleísmo. La idea de la democracia que entrega plenitud a la experiencia ciudadana apunta también al fortalecimiento de mecanismos institucionales que velen y garanticen la particularidad como un elemento central del cómo nos integramos socialmente.

La pregunta sobre cómo avanzamos desde la actual democracia liberal hacia una democracia más radical y participativa sigue abierta y es una tarea que el Frente Amplio se ha tomado con la perspectiva histórica que merece. Esta pregunta no puede reducirse a las argumentaciones lineales de causa-efecto, que equivocadamente Herrera pareciera atribuir al FA, sino entendiendo la complejidad de los sistemas a abordar.

Habiendo explicado nuestras diferencias con lo planteado por Herrera en los puntos 1 y 2, cabe aclarar que la acción política del FA no aspira a superar el mercado como tal –una tarea de esta envergadura, aunque deseable para una parte de quienes se identifican con el FA, sería del todo pretenciosa–, más bien busca anteponer el principio de igualdad como el criterio central de una sociedad que se considere verdaderamente libre. Dicho de otro modo, se aspira a la igualación de las posibilidades de cada ciudadano de vivir una vida plena, sin cargar con las desventajas ocasionadas por los privilegios de otros.

De ahí que nuestro problema con la neoliberalización de ámbitos de la vida considerados derechos (tales como trabajo, vivienda, salud o educación) sea precisamente que el mercado no es capaz de proveer acceso universal a estos bienes. Casi está de más decir que, el mercado que Herrera pinta, poco tiene que ver con la operación del mercado real. Pero no somos ingenuos al pensar que cualquier Estado puede hacer eso. Herrera idealiza tanto el mercado, que cree que el FA piensa, simétricamente, que el Estado debiese construir la vivienda para toda la población; lamentamos desilusionarlo.

No trabajamos por un Estado uniformador y autoritario, sino por un Estado inclusivo y moderno, menos capturado y de instituciones más deliberativas: con canales de comunicación con el mundo social, centrado en el bienestar de todos (y no solo de los ricos ni de los pobres), primer protector de los derechos fundamentales. A fin de cuentas, una democracia más participativa es la única manera de dar una real garantía a la distribución del poder.

Finalmente, el FA es un proyecto político y social en construcción. Esto significa que la idea de un mañana mejor solo es posible si comenzamos a cambiar las vidas de todos y todas, aumentando su libertad e igualdad a través de una mayor organización y participación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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