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Inteligencia y conflicto mapuche: una revisión propositiva

por 21 febrero, 2018

Inteligencia y conflicto mapuche: una revisión propositiva
Las metodologías de contención de la violencia en ciertos sectores de La Araucanía han estado evolucionando persistentemente, según sea el que ha definido de qué se trata el evento a enfrentar. Una correcta caracterización del llamado conflicto mapuche, indicaría que se trata de un escenario operacional de largo plazo. Para lo cual se debería tener, antes que nada, una alta estabilidad orgánica, de personal y operaciones de penetración de largo alcance. Todo ello con el fin de lograr una comprensión suficiente por medio de la obtención de inteligencia profunda.
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El llamado "problema mapuche" ha estado sometido a una minuciosa indagación durante muchos años. Desde diversas disciplinas se adelantan análisis, explicaciones y apreciaciones sobre los diversos y complejos componentes que le dan estructura y dinámica al fenómeno. La antropología, la historia, la sociología, la etnografía desde una amplia perspectiva histórica, analizan la ocurrencia de tensiones, demandas y violencias en busca de una superación terminal de la crisis que nunca llega.

Obviamente, los aspectos más importantes que han instalado las crisis mayores, son aquellos que tienen que ver con intereses económicos, propiedad de la tierra, legitimidad de la explotación, rentabilidades, avasallamiento cultural, las maniobras truculentas para retener extensos territorios bajo explotación agrícola cuestionada permanentemente y la violencia armada, entre otros.

Este largo proceso ha desembocado últimamente en expresiones de violencia aguda. La violencia ha estado presente siempre, desde la primera usurpación de tierras, expresándose de diversas formas. Por ahora, han surgido organizaciones con claros marcos teórico-políticos, étnicos y reivindicativos, que luchan por la recuperación de tierras y, más aún, por recuperar la cultura ancestral, bajo conceptos amplios como el de “pueblo nación mapuche”.

Estos grupos, han sido explícitos al mostrar sus intenciones abiertamente en manifiestos públicos, con nombres y localización territorial. Por medio de ataques incendiarios, están desplegando acciones paramilitares que, según sea quien se refiera a ellas, las denomina a su modo, ya sea terrorismo, acciones guerrilleras, delincuencia organizada, influencia de activistas indigenistas extranjeros, vínculos con grupos que despliegan violencia política, etc. Es largo el catálogo de las definiciones para ponerle nombre a esta fase del conflicto.

Muchas mesas de diálogo han sido organizadas por diversos gobiernos y se ha realizado entrega de tierras a muchas comunidades. Los diálogos han sido en ocasiones fructíferos y en otras han fracasado estrepitosamente, terminando incluso con agresiones y violencias.

Existe una variedad de organizaciones que despliegan su lucha. Entre las más significativas y gravitantes están la CAM (Coordinadora Arauco Malleco), Meli Wixan Mapu y más recientemente Weichan Auka Mapu, que –de acuerdo a sus propias definiciones– se caracterizan por aplicar lucha armada en el contexto de una definición política anticolonialista y anticapitalista, que han generado un escenario de enfrentamiento armado contra el Estado de Chile.

No se trata de continuar el debate sobre el conflicto mapuche, sino agregar algunas reflexiones a un aspecto específico del actual escenario de enfrentamiento: las metodologías de inteligencia para lidiar con un  grupo armado muy activo en un territorio amplio y propio.

Una primera aproximación a este aspecto debe ser visualizar los resultados. El grupo Weichan Auka Mapu no ha podido ser neutralizado. Pese a las intensas actividades policiales desplegadas, su actuación violenta y armada se mantiene.

Los órganos destinados a la neutralización de estos grupos son las policías. Carabineros de Chile y la Policía de Investigaciones, los que aplican sus protocolos de neutralización del crimen organizado, la delincuencia, la violencia política y otros males. Ellos hacen lo que está previsto y normado que hagan. Observando la realidad que siempre se impone, se ve que realizan grandes esfuerzos, pero los resultados no prosperan. La actividad subversiva aumenta. Los golpes de mano abarcan cada vez una dispersión territorial mayor y son más audaces.

Se han llevado a cabo detenciones de autores de atentados incendiarios, principal modalidad de acción de este grupo, quienes han quedado en libertad al no poder sustentarse de modo concluyente las acusaciones vertidas sobre ellos. Pero eso es un problema netamente jurídico sobre el cual impacta la manera de hacer las cosas.

Los órganos destinados a la neutralización de estos grupos son las policías. Carabineros de Chile y la Policía de Investigaciones, los que aplican sus protocolos de neutralización del crimen organizado, la delincuencia, la violencia política y otros males. Ellos hacen lo que está previsto y normado que hagan. Observando la realidad que siempre se impone, se ve que realizan grandes esfuerzos, pero los resultados no prosperan. La actividad subversiva aumenta. Los golpes de mano abarcan cada vez una dispersión territorial mayor y son más audaces.

Así es que se ha producido una asimetría en la caracterización del escenario en el cual deben actuar. Pareciera existir una distancia fatal entre lo que ocurre y la manera en que se define lo que ocurre para aplicar, desde ahí, los protocolos de acción y reacción.

No cabe duda que las medidas adoptadas, tales como aumento del contingente, fuertes medidas de protección y seguridad, instancias especiales para el despliegue de inteligencia, aplicación de medidas de alta tecnología para la vigilancia, detenciones y allanamientos, no aportan soluciones ni avances suficientes. ¿Por qué?

Es obvio que, dada la caracterización que se hace del adversario o del escenario dentro del cual se deben desplegar las medidas de control y contención, estas tendrán una determinada extensión, profundidad, persistencia en el tiempo, intensidad y alcance.

Las metodologías de contención de este fenómeno han estado evolucionando persistentemente, según sea el que ha definido de qué se trata el evento a enfrentar. Una correcta caracterización del llamado conflicto mapuche nos indicaría que se trata de un escenario operacional de largo plazo. Para lo cual se debería tener, antes que nada, una alta estabilidad orgánica, de personal y operaciones de penetración de largo alcance. Todo ello con el fin de lograr una comprensión suficiente por medio de la obtención de inteligencia profunda.

La inteligencia profunda, en su dimensión máxima, debiera permitir estar presente en el momento de la decisión. Es decir, conocer anticipadamente los próximos golpes de los grupos atacantes, su dimensión, localización, personas, mandos, componentes específicos como transporte, armamento, rutas de escape; que hagan posible una neutralización muy consistente, así como detenciones en flagrancia, lo cual daría paso a un proceso judicial con evidencias concluyentes e irrefutables y condenas efectivas.

Las misiones de inteligencia profunda están diseñadas, precisamente, para superar las contramedidas que buscan frenar su efectividad, ya sea desde la subversión política como desde el crimen organizado, por lo tanto, las dificultades, las complejidades y las resistencias deben ser evaluadas como el escenario natural para el despliegue de las medidas.

Pareciera ser que el tema de fondo es que las metodologías operacionales policiales tienen limitaciones importantes. La constante rotación en los flujos de personal conspira contra la alta especialización y el conocimiento acabado del teatro de operaciones. La obtención de inteligencia profunda no se puede lograr si a lo señalado se le agrega la conflictividad interinstitucional, por ejemplo.

La superación de esta conflictividad debiera proporcionar un volumen mayor de personal de operaciones, bajo un mando debidamente coordinado, actuando en un diseño estratégico de inteligencia. Esa coordinación debería darle soporte y conducción a un plan de despliegue de largo alcance, con una división técnica del esfuerzo que permita optimizar conocimientos, conducción, diseño estratégico, logística específica y modalidades propias de la inteligencia táctica en el escenario operativo.

No nos vamos a referir a los recursos tácticos específicos de inteligencia, pero sí podemos afirmar que no vemos, en la actuación policial, una implementación rigurosa de ellos. La actividad creciente e irrefrenable de los grupos atacantes, la mantención de sus operaciones que golpean según sus diseños e intenciones, la nula capacidad para neutralizar sus acciones, la carencia de diseños anticipativos, más la confusión derivada de mezclar el análisis y la contingencia operativa en una sola actividad, demuestran anomalías evidentes en el despliegue operacional.

Las rectificaciones necesarias deberían ser mucho más intensivas que el anuncio de una reorganización. Debiera emprenderse un rediseño de la Comunidad de Inteligencia en su conjunto, de modo que se logre repotenciar a los distintos órganos que la conforman, unificar lo más posible las capacidades y las especializaciones, así como reprimir fuertemente las conductas autárquicas que generan discrepancias y enfrentamientos allí donde la acción mancomunada debiera imponerse.

Mientras no se eliminen las expresiones de violencia aguda, será inútil intentar manejar el conflicto desde el diálogo, el acuerdo y los arreglos pacíficos. Derrotar a los grupos extremistas es una exigencia perentoria de la etapa. Para ello, una correcta caracterización del adversario obligaría a comprender que se trata de una tarea altamente técnica y de largo plazo, sobre la base de una planificación rigurosísima. Diseño estratégico que nunca se ha emprendido.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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