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El ascenso social de los pobres: la fantasía de las palabras

por 23 junio, 2018

El ascenso social de los pobres: la fantasía de las palabras
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Hace algunos días apareció en la prensa chilena una nota que daba cuenta de un dato alarmante. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de la cual Chile es integrante, en nuestro país se necesitan seis generaciones para que aquellas personas de bajos ingresos asciendan en la escala social. Es decir, para que los descendientes de una familia de la parte inferior de la escala de ingresos (el 10 por ciento más bajo) suba hasta un nivel medio de ingresos. Lo que equivale a 180 años, precisó Gabriela Ramos, asesora especial de la OCDE, al presentar el informe.

La situación es aún peor en algunos países latinoamericanos, como en Brasil, donde tomaría nueve generaciones y en Colombia, donde la cifra pasa a once.

En el caso de Chile, es ampliamente conocido y reconocido el tema de la desigualdad y la concentración económica que pesan sobre una sociedad compuesta por varios países en un mismo territorio. Desde hace varios años, el país lidera el ranking de las naciones más desiguales entre las principales economías del mundo y revela la mayor brecha entre ricos y pobres. Y según el último estudio de riqueza global elaborado por The Boston Consulting Group (BCG), la riqueza privada en Chile creció 10por ciento en 2017 y llegó a US$538 mil millones.

La falta de movilidad social no es un conjuro, una maldición que sella un destino irreversible, pero requiere entender que la tan manoseada igualdad de oportunidades debe ser activada por medio de políticas sociales robustas, entre otras medidas, y que no va de la mano (ya se ha visto) con el crecimiento económico. La obsesión de la derecha (y no solo de la derecha) de insistir en que estamos al borde de convertirnos en un país desarrollado, que “funciona y hace las cosas bien”, se estrella contra una realidad dolorosa.  La inequidad se extiende como una larga sombra de norte a sur, vergonzosa, fea como la pobreza. El modelo neoliberal solo ha alargado esa sombra. Por eso, tantos chilenos encabronados, hinchados de ira y rencor, pisando sobre el suelo resbaladizo de la sospecha y la desconfianza.

El informe también menciona que en Chile 161 personas poseen el más alto patrimonio, que asciende a 103 mil millones de dólares, es decir, aproximadamente el 20 por ciento de la riqueza total del país.

No puedo dejar de recordar al insuperable Hernán Millas y su libro La Sagrada Familia, en que relató hace más de diez años -sólo como él sabía hacerlo- la historia secreta de las diez familias más poderosas de Chile: los Alessandri, los Amunátegui, los Edwards, los Errázuriz, los Frei, los Gumucio, los Matte, los Montt, los Piñera y los Yarur.

La falta de movilidad social no es un conjuro, una maldición que sella un destino irreversible, pero requiere entender que la tan manoseada igualdad de oportunidades debe ser activada por medio de políticas sociales robustas, entre otras medidas, y que no va de la mano (ya se ha visto) con el crecimiento económico. La obsesión de la derecha (y no solo de la derecha) de insistir en que estamos al borde de convertirnos en un país desarrollado, que “funciona y hace las cosas bien”, se estrella contra una realidad dolorosa.  La inequidad se extiende como una larga sombra de norte a sur, vergonzosa, fea como la pobreza. El modelo neoliberal solo ha alargado esa sombra. Por eso, tantos chilenos encabronados, hinchados de ira y rencor, pisando sobre el suelo resbaladizo de la sospecha y la desconfianza.

Seth Zimmerman, economista y profesor de la Escuela de Negocios de Yale, publicó un estudio que revela que la probabilidad de llegar a la cima empresarial en Chile e ingresar al grupo del 0,1 por ciento más rico del país depende, en gran medida, de haber podido asistir a una universidad de élite y, no menor, haber estudiado en uno de los ocho colegios privados más relevantes. O top, como dicen acá. Y contar con los contactos, claro, y un origen de privilegio.

O sea, la tesis de la meritocracia –entendida como un sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales, según la RAE - se va al tacho. Un chiste de mal gusto. El discurso de la derecha para definir el término descansa en la superación constante, en vencer la adversidad, demostrar rigor y compromiso. La fórmula se completa con una economía pujante que genere crecimiento, empleos y que incentive la inversión.  

La fantasía de las palabras.

¿Hay que entender, entonces, que los millones de chilenos que nunca serán premiados en justicia por sus méritos personales no poseen esos atributos? Si es así, la igualdad de oportunidades no dejará de ser un slogan, a lo más, una aspiración de largo aliento. Porque está claro que no es lo mismo que nacer, estudiar, vivir y morir en La Pintana que en La Dehesa.

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