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Detenidos desaparecidos: la helada ausencia

por 18 julio, 2018

Detenidos desaparecidos: la helada ausencia
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La escena era dantesca. Sola, en mi departamento de La Paz, Bolivia, el 27 de mayo de 2016, prendía mi computador para ver en vivo, al fin, el cierre del juicio Plan Cóndor, desde Buenos Aires. La sala atiborrada de familiares de detenidos-desaparecidos, representantes de organizaciones de derechos humanos, abogados, los jueces. La tensión atravesaba mi pantalla.

Uno a uno, se entregó el veredicto para cada uno de los victimarios, acompañado de los nombres de las víctimas. Hasta que escuché dos nombres: Humberto José Román Lobaiza (hoy tiene 89 años) y Felipe Jorge Alespieti (87), los únicos dos imputados en el secuestro y desaparición de mi hermana María Cecilia Magnet Ferrero, en la madrugada del 16 de julio de 1976, en Buenos Aires. El primero fue condenado a 18 años de presidio y, el segundo, a doce. Ambos cumplen hoy arresto domiciliario.

Ninguno de los dos estaba en la sala cuando se leyó el veredicto.

Pero estaba mi amiga Laura, hermana de Luis Enrique “Kiko Elgueta Díaz, chileno, quien tenía 23 años cuando fue secuestrado el 27 de julio de 1976 (once días después que mi hermana) en Buenos Aires, con su pareja Clarita Fernández y su cuñada Cecilia Fernández, ambas de nacionalidad argentina.

El viernes 25 de marzo de 2014, Laura y yo habíamos llegado a las dependencias del Tribunal Oral en lo Criminal Federal número 1 de la ciudad para testificar en este juicio histórico, que duraría tres años y reuniría a cerca de 500 testigos. La justicia argentina, al final, impuso penas de entre ocho y 25 años de prisión a 16 exmilitares -15 argentinos y un uruguayo- por el secuestro y asesinato de 105 personas, de las cuales 45 eran uruguayos, 22 chilenos, 13 paraguayos, 11 bolivianos y 14 argentinos. En total, 105 caídos.

Hoy, 42 años más tarde, con tanto camino andado, con tanto dolor cargado, aún tengo el alma helada ante su ausencia. Nada ni nadie podrá llenar eso. Julio, maldito, julio. Nos hemos acercado a la justicia y hemos obtenido migajas de verdades, porque los asesinos no han abierto la boca. Ya son muchos los que han muerto, mudos, enfermos y seniles. Busco, por enésima vez, las fotografías de los dos condenados, cadavéricos, con la piel gris colgando, las mejillas hundidas y los ojos muertos. No tengo nada nuevo que decirles. Solo preguntarles ¿Dónde están?

Ese día, delante de los jueces y del fiscal que nos interrogaba, hablamos, por separado, de nuestros hermanos, sus convicciones, sus sueños. Reivindicamos sus nombres y vidas. Para sacarlos del olvido, para invalidar la tesis de que eran terroristas, extremistas y enemigos de la patria. Los verdaderos terroristas, rematamos, fueron los dictadores militares de Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Paraguay y Bolivia, que habían tejido la tenebrosa red de exterminio del Plan Cóndor, y sus ejecutores.

María Cecilia, socióloga, y su esposo, el médico argentino Guillermo (Willy) Tamburini fueron secuestrados desde su departamento de calle Córdoba 3386, piso 4, departamento 15. Uniformados del ejército y la policía argentina bloquearon la manzana, allanaron el departamento, y robaron cuanto pudieron. Dejaron los libros. Bajo la cama, se encontró el anillo de matrimonio de mi hermana. Se la llevaron viva en un auto. Mi cuñado, intentó resistirse y lo mataron a balazos. Su cuerpo quedó tirado en la calle cerca de cinco horas, hasta que personal de la Policía Federal Argentina lo retiró. El portero del edificio fue obligado a limpiar todo para no dejar huellas. Fue amenazado de muerte si hablaba.

El “operativo” ocurrió en la jurisdicción del área II, con sede en el Regimiento de Infantería I Patricios del Ejercito, unidad en ese momento a cargo de Lobaiza. Durante el juicio se probó no solo que, como jefe, sabía perfectamente cuáles eran las misiones que cumplían los efectivos a su cargo sino que montó toda una estructura dentro del regimiento. Además, fue condenado a 25 años por su participación en la represión en el ámbito del Primer Cuerpo de Ejército

Alespeiti fue sentenciado a 22 años de prisión por privación ilegítima de libertad agravada, con violencia y amenazas reiteradas en 16 hechos calificados como delitos de lesa humanidad. Fue juzgado en 2009 por 107 secuestros y desapariciones.

Los dos acusados niegan toda responsabilidad, por cierto.

Hoy, 42 años más tarde, con tanto camino andado, con tanto dolor cargado, aún tengo el alma helada ante su ausencia. Nada ni nadie podrá llenar eso. Julio, maldito, julio. Nos hemos acercado a la justicia y hemos obtenido migajas de verdades, porque los asesinos no han abierto la boca. Ya son muchos los que han muerto, mudos, enfermos y seniles. Busco, por enésima vez, las fotografías de los dos condenados, cadavéricos, con la piel gris colgando, las mejillas hundidas y los ojos muertos. No tengo nada nuevo que decirles. Solo preguntarles ¿Dónde están?

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