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El Frente Amplio y Venezuela

por 15 septiembre, 2018

El Frente Amplio y Venezuela
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La última semana el Frente Amplio ha visto una nueva discusión por el tema de Venezuela, principalmente a partir de las declaraciones de Gabriel Boric condenando las violaciones a los Derechos Humanos vengan de donde vengan, incluyendo específicamente el caso de Nicaragua y el régimen de Maduro.

Tomando Venezuela como el caso más emblemático, donde la deriva autoritaria del régimen se extiende de forma más evidente desde hace más tiempo, no cabe duda que ciertos sectores de la izquierda han sido lentos en la condena, y difusos en la separación de aguas en relación con este proyecto político completamente fallido y brutal. Se ha gastado mucho tiempo en seudo-escolásticas discusiones sobre la distinción formal entre Dictadura y democracia, en vez de condenar frontalmente y sin ambages un régimen que a todas luces viola los derechos humanos, hunde a un país provocando un éxodo de millones de personas y, en un sentido propiamente ideológico, pervierte por completo el proyecto de una izquierda que tiene por misión ofrecer una vía de salida al capitalismo en el siglo XXI.

Es cierto en este sentido que la discusión de la izquierda en torno a Venezuela ha adolecido de una gran banalidad, pero no precisamente por buscar congraciarse con ciertos referentes éticos ubicuos, o por querer reducir la posición en torno a un sí o un no. Es evidente que el régimen de Maduro, desde hace ya mucho tiempo, merece un rotundo No por parte de la izquierda del continente. Es indudable también que las violaciones a los derechos humanos deben condenarse en todo contexto, más aún si es que éstas se vuelven sistemáticas, el mecanismo esencial de la subsistencia de un régimen. Esta posición debe constituir sin duda un punto de partida, un “mínimo” como señala Boric.

La banalidad de la discusión de la izquierda en torno al tema se debe más bien a su renuencia a asumir que lo que está en juego en la discusión en torno a Venezuela es también de carácter ideológico, y se relaciona con el tipo de proyecto político que se  propone desde la izquierda.

En vez de abordar de lleno este tema  se ha tratado de encubrir la discusión con llamados supuestamente “pragmáticos”, orientados a colaborar con la solución de la situación antes de condenarla tajantemente, o a la “empatía” frente a la crisis humanitaria (los crímenes, y la represión), lo que debería traducirse, de nuevo en “hacer algo”, en vez de sólo criticar. Ambas visiones ofrecen coartadas morales extremadamente débiles para justificar posturas ambiguas, y a la larga son más bien voladores de luces para evitar el tema de fondo. En cualquier caso, si es que éstas van a ser las dimensiones relevantes, la mejor forma de ser empático, y apoyar a la solución, debe partir, inevitablemente, por una condena simbólica irrestricta de la situación. Sin ésta, cualquier tipo de ayuda o empatía pierde sentido.

En vez de abordar de lleno este tema  se ha tratado de encubrir la discusión con llamados supuestamente “pragmáticos”, orientados a colaborar con la solución de la situación antes de condenarla tajantemente, o a la “empatía” frente a la crisis humanitaria (los crímenes, y la represión), lo que debería traducirse, de nuevo en “hacer algo”, en vez de sólo criticar. Ambas visiones ofrecen coartadas morales extremadamente débiles para justificar posturas ambiguas, y a la larga son más bien voladores de luces para evitar el tema de fondo. En cualquier caso, si es que éstas van a ser las dimensiones relevantes, la mejor forma de ser empático, y apoyar a la solución, debe partir, inevitablemente, por una condena simbólica irrestricta de la situación. Sin ésta, cualquier tipo de ayuda o empatía pierde sentido.

Pero el fondo de la discusión en torno al tema de Venezuela tiene que ver con la dimensión ideológica, lo que Luis Eduardo Thayer, en una muy interesante columna (https://opinion.cooperativa.cl/opinion/politica/derechos-humanos-socialismo-y-democracia-el-desafio-del-frente-amplio/2018-09-05/090239.html)

, ha señalado refiere como la discusión del proyecto político que el Frente Amplio pretende ofrecerle al país. En este sentido, la pregunta fundamental –me atrevería a decir, la pregunta por la cual el tema de Venezuela importa al país–, tiene qué ver con el tipo de proyecto político que la izquierda propone para superar el capitalismo.

La complicidad con la situación venezolana pone en evidencia un sector de la izquierda que  todavía cree que para superar el capitalismo, es necesario restringir en alguna medida las libertades individuales, y comprometer de alguna manera la democracia, en vez de ampliarla, lo que Thayer denomina como “socialismo burocrático”.

Un proyecto de izquierda de esta naturaleza no tiene ninguna viabilidad en el siglo XXI. La superación del capitalismo no se producirá a través de Estados semiautoritarios que impongan por la fuerza un nuevo pacto social. Más aún, este tipo de discursos políticos, tiene el efecto de retrotraer la discusión a los términos de la Guerra Fría, lo que es instrumental a la derecha y termina por tanto por profundizar el capitalismo. Es el tipo de argumentos perfectos para los “conversos”, que todavía ven el mundo de forma maniquea, donde una adhesión acrítica al neoliberalismo más rampante es la única alternativa para prevenir los socialismos totalitarios de la Guerra Fría .

La indulgencia con el proyecto de Venezuela sugiere no sólo una preocupante laxitud moral para valorar y garantizar los derechos humanos y las libertades cívicas, sino que pone de manifiesto también un profundo anquilosamiento ideológico, e incluso una pereza mental, para construir los nuevos referentes ideológicos de la izquierda del sigo XXI. La complacencia con el proyecto venezolano revela una izquierda que parece pensar que la alternativa para superar el capitalismo sigue siendo la misma receta fallida de los setenta, como si quisieran volver a reeditar la Guerra Fría para, esta vez, ganarla. Se rehúye así la necesidad ineludible de pensar un nuevo proyecto de izquierda que erija un cuestionamiento al capitalismo desde una perspectiva nueva. Se requiere un nuevo enfoque para poner en cuestión los valores impuestos por el capitalismo, así como para instalar una reflexión crítica sobre el tipo de instituciones democráticas que se requieren para reeditar un pacto social que permita el desarrollo de una sociedad más equitativa, integrada y justa. Nada de esto se lograra a través de una izquierda que todavía coquetea con el camino autoritario.

El neoliberalismo ha desvirtuado por completo el concepto de libertad, lo ha transformado en una mera función cuantitativa, asociada simplemente con una ampliación de las opciones de consumo disponibles. Para denunciar esta falacia, para profundizar un concepto de libertad que redignifique al ser humano, la izquierda debe propender a una ampliación de la libertad, no su conculcación.  Es un grave error transigir en el compromiso con las libertades cívicas e individuales como moneda de cambio para conseguir una sociedad más justa. La superación de la matriz valórica del capitalismo no ser dará con menos libertad, sino con una libertad nueva, renovada.

Asimismo, la superación del capitalismo exige de modo fundamental una renovación de las instituciones democráticas, ajustándola a las demandas sociales cada vez más urgentes. Tal como sugiere Thayer, la pregunta es, precisamente, de qué  manera la presión social reclama y moldea nuevas instituciones democráticas, que sean capaces de hacerse cargo de las nuevas demandas y, más aún, que estén a la altura de los nuevos valores de las sociedades actuales. Para decirlo en pocas palabras, un proyecto viable de izquierda para el siglo XXI pasa por más democracia, no por menos democracia.

Problemas de tan diversa índole como la contaminación en Quintero a manos de las grandes empresas, la cooptación y corrupción de diversos gobiernos por parte de la megaconstructora latinoamericana Odebrecht o la manipulación transversal de la clase política chilena por parte de SQM, reclaman todas nuevas instituciones democráticas para regular las relación entre empresas y comunidad, empresas y Estado, empresas y poder político. Este tipo de problemas no se van a solucionar con llamados al bien público, o a la ética de los empresarios, ni tampoco con más y mejores superintendencias de regulación. Lo que se requiere es una reestructuración de fondo del tipo de instituciones democráticas que permitan que empresas y comunidades se sienten en una mesa en igualdad de condiciones para acordar un modelo de producción que permita el desarrollo de todos.

Así también se requieren nuevas instituciones que redefinan las relaciones entre las grandes empresas y el Estado, y que permitan una reevaluación de fondo del rol de las grandes empresas en la sociedad, no ya como depredadoras del entorno (natural, social y político), sino como organizaciones insertas en una sociedad, responsables por ésta y subordinadas al mismo tipo de referentes valóricos. Las empresas, por más que sean instituciones productivas, no pueden escapar del régimen democrático en el que participamos todos.

La pregunta por Venezuela involucra por cierto el tema de los derechos humanos, pero refleja también en qué medida la izquierda está preparada para levantar en el siglo XXI, un proyecto moralmente sólido y políticamente viable para hacerse cargo de las contradicciones del capitalismo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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