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Brasil: ¿un paso hacia la dictadura o hacia la renovación de la democracia?

por 10 octubre, 2018

Brasil: ¿un paso hacia la dictadura o hacia la renovación de la democracia?
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La lectura chilena de la reciente elección presidencial en Brasil muestra una miopía propia de los lentes que los políticos chilenos usan para ver el mundo y que puede llevarlos a su propia derrota en un futuro próximo. Es importante aprender de la amarga experiencia actual de los partidos políticos tradicionales en Brasil.

Un consenso de este modelo mental de la elite chilena es que con la votación presidencial de 2018 la ultraderecha brasileña se aproxima al poder y que el electorado se ha volcado hacia el populismo conservador y reniega del juego democrático. Después de años de vivir en Brasil e instalado de nuevo como observador critico del proceso in situ, mi visión es muy diferente. Los resultados del 7 de octubre en Brasil parecen indicar que los brasileños quieren salvar su democracia expulsando a quienes la corrompen y se benefician de ella: la elites políticas que por más de tres décadas han gobernado Brasil bajo distinto signo pero con el mismo objetivo: perpetuarse en el poder.

Recordemos que, según Latinobarómetro (2017), Brasil es el país latinoamericano más insatisfecho con la calidad de su democracia (87%) y donde una abrumadora proporción de sus ciudadanos cree que se gobierna para los poderosos (97%). En dicho trasfondo, se encuentra una de las desigualdades sociales más altas del continente y una movilidad social estancada (OCDE, 2018).

En este contexto, los recientes resultados electorales muestran no sólo la caída de la izquierda (Partido de los Trabajadores, PT) sino también de los partidos tradicionales que han gobernado el país desde el retorno de la democracia. Un ejemplo: de los 32 senadores que fueron a la re-elección sólo 8 consiguieron su objetivo. Ha sido emblemático el castigo político a los grandes caciques que manejaban los acuerdos con los sucesivos gobiernos como el Presidente de Senado Eunicio Oliveira y el líder de gobierno (durante 24 años!) senador Romero Jucá, ambos del MDB (partido del presidente Temer que expulsó del poder al PT mediante un juicio político). También figuras prominentes como la ex Presidenta Dilma Rousseff (PT) quedaron fuera del Senado a pesar del fuerte apoyo del PT a su campaña en Minas Gerais.

La segunda lectura es que los electores brasileños han sido llevados a un escenario de violencia extrema, con el narcotráfico y los grupos criminales controlando parte de sus ciudades e imponiendo sus reglas, incluso en zonas bajo control del ejército (como Rio de Janeiro). Jair Bolsonaro ofrece una solución extrema y efectista a un problema extremo y de alta complejidad pero que seduce a un electorado cansado de vivir cotidianamente la inseguridad (por cierto explotada hasta la saciedad por los medios de comunicación y las redes sociales). Los demás candidatos (especialmente el PT) fueron incapaces de dar una respuesta clara al electorado en esta materia tan crucial a los ciudadanos.

Otros liderazgos fuertes como el ex candidato presidencial del PSDB Aécio Neves o la Presidenta del PT, Gleisi Hoffmann prefirieron desistir de continuar en el Senado y consiguieron elegirse a la Cámara de Diputados (una meta mucho menos exigente) buscando de esta manera mantener su foro privilegiado frente a la justicia.

Esa es la primera gran conclusión: Una parte significativa del pueblo brasileño rechazó a la clase política involucrada en los escándalos de corrupción, sean del partido que fueran.
No sólo a los candidatos del Partido de los Trabajadores sino también del MDB, partido del actual Presidente Temer y que, por décadas, ha estado apoyando desde el Congreso a los distintos gobiernos y disfrutando de los cargos públicos. Tampoco se salva el PSDB acusado de otros tantos escándalos, incluido el propio Aécio Neves, que se alió al gobierno impopular de Temer. En suma, muchos de quienes votaron por Jair Bolsonaro no comparten sus ideas ultraderechistas o contrarias a la democracia. En efecto, el PSL, partido de Bolsonaro, captó parte importante de los votos de PSDB, un partido de centro izquierda.

En una situación de elevada polarización y crisis económica e institucional muchos ciudadanos votaron por Bolsonaro como rechazo a la clase política y no como aprobación de sus ideas. Es así que, a pesar de la elevada votación de Bolsonaro (46%), capitán retirado considerado amigo de la dictadura, un reciente estudio de DataFolha mostró el altísimo respaldo de los brasileños a la democracia (69%), dato ascendente ya que, según Latinobarómetro, en 2017 era de 62%.

La segunda lectura es que los electores brasileños han sido llevados a un escenario de violencia extrema, con el narcotráfico y los grupos criminales controlando parte de sus ciudades e imponiendo sus reglas, incluso en zonas bajo control del ejército (como Rio de Janeiro). Jair Bolsonaro ofrece una solución extrema y efectista a un problema extremo y de alta complejidad pero que seduce a un electorado cansado de vivir cotidianamente la inseguridad (por cierto explotada hasta la saciedad por los medios de comunicación y las redes sociales). Los demás candidatos (especialmente el PT) fueron incapaces de dar una respuesta clara al electorado en esta materia tan crucial a los ciudadanos.

Finalmente, la geografía. La elección del 7 de octubre de 2018 muestra como este país continental y tan diverso posee comportamientos electorales muy diferentes. Décadas atrás, con el PT en la oposición (hasta la victoria de Lula en 2002), su votación descansaba en los grandes centros industriales y urbanos del Sur y del Sudeste. Con el PT en el gobierno (2002-2016) su mayor votación pasó a concentrarse en el Nordeste y Norte, las zonas más pobres y menos desarrolladas, gracias a los programas sociales. En los hechos, el perfil de los votantes de Haddad (el candidato publicitado por Lula) es claramente de ciudadanos más pobres, menos educados, menos blancos y más católicos. A diferencia del votante de Bolsonaro. Hoy en 2018 el PT conserva parte importante de su fuerza electoral en el Nordeste, con elevada votación de Haddad y donde todos sus gobernadores electos son del PT o aliados de éste. Sin embargo, el resto del país se vuelca hacia un candidato que ofrece acabar con la corrupción, la delincuencia y violencia e integrar el país.

La economía, en este escenario de polarización política y social, parece haber pasado a segundo plano, a pesar de la crisis de los últimos años. En los hechos ningún candidato (incluidos Bolsonaro y Haddad) fue capaz de entregar una respuesta clara y convincente sobre como va a enfrentar el escuálido crecimiento económico, el alto desempleo, el elevado déficit fiscal y una crisis inminente de la previsión social.

La segunda vuelta presidencial debería reducir dicha polarización política y social dado que los candidatos de derecha (Bolsonaro) e izquierda (Haddad) deberán luchar con captar el voto de centro y, sobre todo, el voto de 30 millones de brasileños que se abstuvieron de votar (20,3%), el mayor porcentaje en las últimas dos décadas, a pesar de ser obligatorio el sufragio en este país.

Una mayor sensibilidad con las demandas de la ciudadanía y una capacidad de respuesta calificada y pertinente es indispensable para quienes aspiren a gobernar el país, sus regiones y comunas en un futuro próximo. Una eterna lección que se renueva en distintas geografías.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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