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¡Todos a clase!

por 14 marzo, 2019

¡Todos a clase!
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Desde la creación en 1951 de la primera escuela de Educación Parvularia en la Universidad de Chile, ha sido un largo camino para que la sociedad reconozca su gran importancia. Ni la Revolución Pingüina ni las movilizaciones estudiantiles dejaron gran espacio para mirar hacia las salas cunas y jardines infantiles, que proveen los cimientos fundamentales para los aprendizajes y el desarrollo integral de los niños, pero si no atendemos a la calidad y equidad en estos niveles, cualquier política educacional, por bienintencionada que sea, sólo vendrá a amortiguar injusticias adscritas.

Diversos estudios señalan que es antes de los cinco años que el desarrollo cerebral se produce, y en esto, las bases curriculares existentes dan un espacio privilegiado en las que, tanto desde el jugar como del hacer, es posible estimular el desarrollo afectivo, cognitivo y de habilidades como el lenguaje, artes, socialización o la comprensión experimental de procesos. La evidencia es abundante: la neurobiología demostró que durante la primera infancia se dan las “ventanas de oportunidad”, períodos en que el cerebro está particularmente receptivo a adquirir destrezas y habilidades básicas, que sirven de cimientos para el aprendizaje posterior de otras más complejas.

El acceso a la educación se ha consolidado como uno de los derechos más importantes para una sociedad democrática, y bienvenido sea. Una trayectoria educativa de calidad configurará las bases mismas de nuestra vida en sociedad, desde cómo nos relacionamos, cómo participamos de la división del trabajo a la simple satisfacción del conocimiento. Para quienes creemos en el liberalismo como principio de acción política, será un buen sistema educativo el principal espacio para corregir inequidades y promover libertades, pues distribuirá imparcialmente conocimientos y habilidades que permitan en igualdad de condiciones configurar libremente nuestros proyectos de vida.

En Chile los niños desde muy temprana edad evidencian grandes diferencias cognitivas, las cuales de no ser resueltas a tiempo castigarán no sólo la trayectoria educativa, sino que impondrán cortapisas a su desarrollo social o intelectual, y sentarán las bases para inequidades que más adelante no podrán ser revertidas. En esto, el Estado cumple una función crítica en atajar estas desigualdades emergentes: la inversión en educación temprana produce una rentabilidad mucho mayor a la educación superior, de hasta ocho veces según el Nobel de Economía James Heckman.

Pero ¿En qué está el debate sobre educación parvularia hoy?

En primer lugar, cabe señalarse que es la sala cuna el primer nivel de la educación temprana, y no debe ser únicamente una guardería, sino un espacio de estimulación temprana. De esto se beneficiará que la implementación de la Ley de Sala Cuna Universal se hará en los mismos jardines actuales, sujetos a sus exigencias de calidad, pedagógicas, técnicas, etc. Junto con promover la participación de la mujer en el mundo laboral, es de esperarse que permita elevar sustantivamente el magro 18% de cobertura a nivel nacional (vs. 33% OCDE).

En segundo lugar, resulta fundamental la pronta aprobación de la Ley de Equidad en Educación Parvularia, que busca corregir groseras diferencias financieras entre jardines según si corresponden a la JUNJI, Fundación Integra o funcionan vía transferencia de fondos (VTF). En efecto, los jardines VTF, administrados por municipios o fundaciones, perciben aportes públicos hasta un 50% menor que los JUNJI, a pesar de proveer igual servicio a poblaciones beneficiarias igual o más vulnerables. Así, esta ley es un imperativo de justicia: viene a traer equidad en cómo se financia la educación parvularia, con ello promoviendo igual trato a todos los niños e incidiendo hacia una mayor cobertura (esperando acercarnos desde el 51% actual al 61% promedio OCDE). Además, comprende dos nuevas subvenciones especiales según vulnerabilidad y necesidades educativas especiales, de modo que desde las bases mismas del proceso educativo ningún niño se quede atrás.

Si creemos en poner “los niños primero en la fila”, no podemos desatender la educación temprana. Será en un sistema inclusivo y equitativo, que provea buenos servicios educacionales y condiciones de ejercicio atractivas para los educadores de párvulos, que podremos realmente emparejar la cancha y corregir las desigualdades que nos marcan de por vida. Creamos de corazón que es posible que todos los niños tengan la mejor educación posible. Y con ello… ¡Todos a clase!

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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