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Olvidar el idioma: La (i)lógica del negacionismo

por 22 septiembre, 2019

Olvidar el idioma: La (i)lógica del negacionismo

Crédito: Agencia Uno

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A propósito de septiembre y la cantidad instantes superpuestos en la memoria popular es importante observar una creciente arremetida negacionista en los principales medios de comunicación. Este análisis no tiene la finalidad de promover tipos de censura o inhibición de ideas en la opinión pública sino que el propósito de reflexionar sobre los marcos relacionales que vulneran ciertos personajes actuales de la ultra derecha radical en nuestro país y el mundo y diagnosticar un mal que es más profundo que el tufo facistoide de los apologistas al terror de estado, un problema que nos incumbe a todas y todos quienes creemos en la autodeterminación y libertad de pueblos e individuos respectivamente.
Durante los días del once de septiembre de este año en un matinal podemos ver a una diputada negacionista tomando cafecito, en las noticias del mediodía vemos a Andrés Chadwick (ex-personero de Pinochet) negando la posibilidad de homenajes referentes a la fatídica fecha en Palacio y luego a su primo el Presidente de la República relativizando una dictadura, o como él prefiere llamarla “régimen militar”, condenando la suspensión de la democracia, pero deslizando que previo al 73 la penumbra era aún mayor. Hace algunos años, luego del cuadragésimo aniversario de la destrucción de la institucionalidad y dónde como país lloramos, reflexionamos y nos abrazamos, aparecen retroexcavadoras que no sólo difuminan los aprendizajes sobre las consecuencias del terrorismo de Estado sino que hoy diversos jóvenes líderes de opinión de la derecha amplían los cuestionamientos a otras temáticas y materias; ejemplifico:
Axel Kaiser, columnista de diversos medios, cuando se propone hacer una columna de crítica al Capital de Carlos Marx termina argumentando que era flojo o que era aburguesado, cuando desea criticar el movimiento global que se ha desplegado por la crisis climática descalifica a su vocera indicando su corta edad y su diagnóstico de Asperger para cuestionar su liderazgo y a quienes ven en ella un referente. El que para algunos parece ser una de las lumbreras liberales más importantes del último tiempo-por su nivel de figuración y relevancia en ciertos entornos- basa públicamente su discursividad en el ataque personal directo, un error lógico descrito ya desde la Grecia clásica que se funda en el descalificar a un interlocutor mediante cuestionamientos personales irrelevantes para lo que se discute. Sin embargo más allá de sus columnas atiborradas en argumentos falaces en medios tradicionales el momento cúlmine de la narrativa de la irracionalidad del director de la Fundación Para el Progreso fue cuando presentó su famosa performance de la falsa dicotomía entre dictaduras malas y menos malas ante Vargas Llosa alcanzando un nuevo horizonte en la promoción de la irracionalidad, lanzando a viva voz un canto para los infacundos que adoran la “incorrectitud política”, concepto que parece tener un problema más allá de lo político.
Lamento haberme referido tan extensamente a este singular personaje de la escena política-empresarial, sin embargo es de suma utilidad para ejemplificar un problema de la memoria colectiva que no surge únicamente del olvido de la historia reciente del país. Este ejemplar sirve para vislumbrar que lo que hoy se vende como “incorrectitud política” en muchos casos no es más que una apatía al pensamiento que vende por conflictivo algo que efectivamente lo es, no porque incomode a los “progres” o a la generación “copo de nieve” sino que porque su razonamiento prescinde de un orden argumental, lógico y racional, ante lo que el dialogo es imposible. El sostén de su discurso es la construcción de hombres de paja, ataques directos, garrotes y envenenamientos del pozo -entre otras falacias- que franquean cualquier tipo de conversación racional.
Dar tribuna a este tipo de opiniones sirve para reconocer a tiranos del pensamiento que avasallan contra la memoria, no sólo por el recuerdo de lo que pasó en Chile sino que por la destrucción de la lógica y razón occidental, tradición que durante años asentaron Hipatia de Alejandría, Platón, Hegel o Descartes, entre muchas y muchos otros, quienes abonaron millardos de páginas consolidando el raciocinio y la lógica como un patrimonio fundamental de la humanidad.
Comparto la opinión de Ascanio Cavallo de que siempre hay que defender la libertad de expresión como un valor absoluto, no relativo. Ahora, queda abierta la discusión respecto a si los medios de comunicación deben ser silenciosos y cómplices de esta pseudo opinología, ya que el sentido discurso de personas que aún en la actualidad niegan genocidios, o peor aún, reivindican políticas de terror y muerte, promueven el revisionismo científico o tuercen la historiografía debe de transparentarse, ser sabido con una finalidad pedagógica de enseñar las implicancias de negar la razón en la construcción social y cultural o para que en última instancia se pueda describir acabadamente la capacidad humana de, teniendo todas la herramientas, burlar decenas de siglos de saber y experiencia humana. Esta definición de los medios es necesaria para transparentar estos discursos falaces de manera efectiva, las editoriales deben tomar postura y hacer un nunca más respecto a su silente complicidad.
Si los medios liberales de comunicación han dado amplia tribuna a estos chacales de la memoria quiere decir que dieron por pérdida la batalla contra el oscurantismo y eso no es posible, o recuperan la fe o recuperamos los medios. Quizás en un tiempo futuro no será el once lo que se olvide sino que el sentido de comer empanadas en fiestas patria o no vaya a ser que de tanta “incorrectitud política” nos irrite la “jerga globalizante” y se nos vaya a olvidar el idioma.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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