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OPINIÓN

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Los niños, las mujeres y los indígenas: los salvadores de la humanidad ante la catástrofe climática

por 26 septiembre, 2019

Los niños, las mujeres y los indígenas: los salvadores de la humanidad ante la catástrofe climática

Crédito: Agencia EFE

Ha llegado la hora de que los hombres adultos nos hagamos a un lado y les demos la pasada a ellos y ellas: a las niñas y los niños, a las mujeres, a los pueblos originarios, que son el trío de nuestra salvación. A ellos y a ellas, a ellas y a ellos, se les ocurrirán, con ayuda de los científicos, las medidas urgentísimas y de sentido común que tendremos que aplicar. Lo que viene no es fácil, habremos de renunciar a muchas cosas, hemos de aprender a organizarnos y vivir de maneras que no conocemos.
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Con acompañamiento de fanfarrias y un Trump de trompetista mayor, los humanos marchamos de nariz a nuestro ocaso. ¿Quién será el último hombre o la última mujer sobre el planeta el día en que culmine nuestro suicidio colectivo? ¿O llegará un mesías o una mesías a salvarnos?

Desde la noche de los tiempos, a la cabeza de las tribus humanas hemos estado los varones. Líderes masculinos de cazadores, recolectores, pastores, agricultores, nómades; fundadores de ciudades y caudillos guerreros; amos de esclavos; navegantes, exploradores, invasores, conquistadores, colonizadores; obispos, papas, popes y ayatolas; tiranos de reinos e imperios; organizadores de holocaustos y guerras mundiales; lanzadores de bombas atómicas; mandatarios electos; gerentes comerciales; fabricantes de armas; banqueros; presidentes de multinacionales… Hombres –en el sentido de sexo masculino– y siempre hombres, artífices del milagro que hemos vivido hasta hoy, culpables del desastre inminente.

Lo dice Yuval Noah Harari: nuestra religión hoy se llama “crecimiento”. Un ministro Larraín nos anuncia la buena nueva: a pesar del choque Estados Unidos-China, vamos a crecer un 2,9 por ciento, y la oposición refunfuña ante la cifra escandalosamente baja. En 1920 éramos 2 mil millones de personas en el planeta, hoy somos 8 mil millones y, si alcanzamos a llegar al fin de siglo, seremos 10 mil millones. O sea que, además de mí, de ti o de usted, habrá en esta Tierra otros 9.999.999.999 seres humanos… y yo que me creía único e irremplazable.

La explosiva masificación de la agricultura, el auge de la industria alimentaria y de la ganadería han permitido la multiplicación exponencial de los humanos. Aunque 820 millones siguen padeciendo hambre, los demás podíamos comer, crecer y reproducirnos sin pensar demasiado en el futuro… hasta ahora. Para eso en los últimos siglos hemos quemado los bosques y extendido a toda la Tierra el cultivo del trigo mediterráneo, del arroz asiático, del maíz americano, pero no es suficiente: hay que seguir creciendo, talando y quemando en la Amazonía, en el Congo, etc.

Los chilenos nos enorgullecemos: nuestro salitre permitió el crecimiento mundial de los cultivos y de los forrajes destinados a la gigantesca expansión ganadera, hasta que fue remplazado por el nitrato sintético y otros fertilizantes químicos, y los herbicidas y plaguicidas que se arrojan alegremente desde aviones para “limpiar” el terreno.

En nuestros días, los humanos contamos con la carne, leche, queso, mantequilla que nos proporcionan más de 1.000 millones de esclavos, animales vacunos que se desquitan lanzando al espacio ingentes cantidades de gases de efecto invernadero. Veinticinco mil millones de aves de corral, además de las ovejas, las cabras, los cerdos a los que sometemos a condiciones de vida “inhumanas”, abastecen nuestros asados, hamburguesas y salchichas con su carne y nos regalan sus huevos y su lana para abrigarnos, y sus plumas para rellenar chaquetas y almohadones.

El calentamiento global ya no necesita demostración, lo hemos sentido en los cinco continentes y aquí en Chile, la sequía del norte y del centro viaja hace rato hacia el sur y nos estamos habituando a la crisis hídrica, los cortes de agua, los “calorazos”. Los miles de africanos que se ahogan en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa, los centroamericanos que intentan arribar a Estados Unidos, los refugiados de Asia y el Oriente Medio son la avanzada del aluvión de las migraciones del cambio climático.

La internet y la televisión nos abruman con el derretimiento de los polos y glaciares, y con los mapas en rojo de las islas y zonas del planeta que quedarán bajo las aguas cuando la temperatura del mar haya aumentado uno o dos grados, y nos preguntamos: ¿qué pasará con la avenida Perú y el Casino de Viña del Mar? La mudanza de la capital de Indonesia desde la inundable Yakarta a la isla de Borneo es el anticipo de un desbarajuste que mañana terminará arrasando Nueva York.

En poco tiempo hemos incorporado a nuestra jerga los términos de “sustentabilidad”, “combustibles fósiles”, “huella de carbono”, “plantilla energética”, “descarbonización”, “energías limpias”. Nos indignamos por la existencia de las “zonas de sacrificio” de Til-Til y Quintero-Puchuncaví, pero cuando bebemos una Coca-Cola olvidamos que la multinacional que la produce lanza al mercado 110 mil millones de botellas de plástico al año que terminan ahogando a los peces.

Preparémonos para recibir en Chile con cuecas y empanadas la COP25, la conferencia número 25 de la ONU para abordar la crisis del clima. Una más, porque antes estuvieron las de Kioto, París y otras muchas que adoptaron audaces programas que Trump y Bolsonaro han desahuciado y que otros gobernantes tienen poco o cero interés en cumplir.

Nuestro empresario-Presidente ha pergeñado una teoría estrambótica: los mayores culpables de la crisis ecológica serían la fenecida URSS y los antiguos países socialistas, y la Venezuela chavista del siglo XXI, pues además, según él, “detrás de la causa del medio ambiente algunos esconden otros propósitos, reivindicar ideas socialistas que no funcionan”. Mientras firma o no firma el Acuerdo de Escazú, piedra angular de la lucha contra el cambio climático en América Latina y el Caribe, nuestro Presidente se ha ido a las Naciones Unidas agitando la bandera de la protección del medio ambiente e incluso ha alabado, en buena hora, a los “huelguistas por el clima”, diciendo que “es tiempo de actuar”. Pero ha sido rotundo contra quienes “hablan de cambio de modelo” en aras del medio ambiente.

¿Cambiar o no cambiar el modelo? La humanidad va derecho al precipicio: ¡por supuesto que hay que cambiarlo! ¿En qué sentido? Ahí está el problema, nadie sabe con certeza cómo hacerlo. Existen cientos de miles de páginas almacenadas en decenas de terabytes de memoria con los estudios científicos al respecto. El diagnóstico de la catástrofe está sobre la mesa, lo que no está claro es la fórmula mágica para sobrevivir, que en todo caso no será la fuga hacia adelante del liberalismo extremo ni un nostálgico marxismo-leninismo. Los Homo-Sapiens llevamos 70 mil años modificando la naturaleza, un proceso que se ha acelerado vertiginosamente en los últimos decenios de crecimiento desenfrenado bajo el modelo capitalista de libre mercado y consumismo a toda vela.

Unidos, esos niños nuestros, esos adolescentes, han declarado una huelga que es también una huelga contra nosotros, sus padres, sus abuelos, sus tatarabuelos, los hombres que a lo largo de milenios hemos dirigido los asuntos de esta Tierra. ¡Los niños tienen miedo! ¡Los niños están enojados! ¿Por qué? Muy simple: porque saben lo que significará el aumento de un grado de la temperatura de los océanos y que las víctimas no seremos nosotros, sino ellos y dentro de muy poco.

Yo podría seguir con este picoteo sobre lo que los humanos de sexo masculino, amos machistas del planeta, hemos hecho para bien y para mal de nuestra especie, pero el tema sería inagotable y nos llevaría a ninguna parte. A ninguna parte hasta que…

Hasta que apareció ella. Ella, Greta Thunberg, la Greta, nuestra amiga sueca de trenzas largas y mirada desconcertante que a los 16 años se plantó frente al parlamento con un letrero que decía: “SKOLSTREJK FOR KLIMATET”: huelga escolar por el clima. Y con ella han llegado ellos: los niños del planeta.

Desde Nueva York, Greta ha agitado la batuta, y en Chile y el mundo los niños y los jóvenes se han declarado en huelga y han salido a la calle el pasado viernes 20. Huelga infantil contra los señores gobernantes y políticos sordos y ciegos, contra los señores empresarios ciegos y sordos a quienes Greta les ha pedido que no la escuchen a ella, sino que “escuchen a los científicos”. Ella ha reconocido que tiene miedo, miedo por el futuro, su futuro.

Esa angustia por su propio futuro, por la posibilidad o no de sobrevivir, la sienten hoy con fuerza creciente los niños de Suecia, de Chile, del mundo. Unidos, esos niños nuestros, esos adolescentes, han declarado una huelga que es también una huelga contra nosotros, sus padres, sus abuelos, sus tatarabuelos, los hombres que a lo largo de milenios hemos dirigido los asuntos de esta Tierra. ¡Los niños tienen miedo! ¡Los niños están enojados! ¿Por qué? Muy simple: porque saben lo que significará el aumento de un grado de la temperatura de los océanos y que las víctimas no seremos nosotros, sino ellos y dentro de muy poco.

¿Y por qué las mujeres?

Porque… ¿quiénes más que ellas, en cuyo cuerpo se genera la vida, pueden comprometerse para salvar a nuestra especie? Madres, hijas, nietas, abuelas han estado lejos de las palancas de mando y han sido ajenas a las decisiones que nos han traído a esta situación. De ahí su derecho a decir ahora su palabra.

Es cierto que Cleopatra y otras mujeres han ocupado el poder, pero ha sido por poco tiempo y al servicio del “modelo” masculino de su época. No hace tanto, Margaret Thatcher, la amiga de Pinochet, al gobernar Gran Bretaña destruyó el movimiento sindical para dar cancha libre a las súper empresas. Christine Lagarde, ministra, directora del FMI y ahora presidenta del Banco Europeo, ha sido guaripola de una política varonil de crecimiento salvaje. Más respetable es Angela Merkel, que ha acogido a los refugiados del Medio Oriente contra la opinión mayoritaria de su país y acaba de destinar 100 mil millones de euros al combate contra el cambio climático. Con respecto a la herencia de Michelle Bachelet en relación con el medio ambiente, “paso”.

En un vuelco planetario, tendríamos que ceder a las mujeres los controles del planeta para que aplicasen una política femenina. A esa política tendríamos que sumarnos con modestia los hombres.

¿Y por qué los pueblos originarios?

Porque en Chile, en la Amazonía y en todo el mundo y en todos los tiempos, esos pueblos han estado cerca de la naturaleza y al margen de la fiebre desarrollista impulsada por quienes se han instalado en sus territorios. Las comunidades mapuches del Wallmapu fueron diezmadas a cañonazos, expulsadas de sus tierras y arrinconadas en lugares inhóspitos por nuestro ejército republicano durante la siniestra “pacificación de la Araucanía”, con el argumento proclamado por Vicuña Mackenna de que “el indio, no es sino un bruto indomable, enemigo de la civilización”, que se resiste al “progreso”.

Esa “resistencia” de los indígenas consistía en la práctica de una agricultura de subsistencia y una ganadería que les permitía comerciar con los “huincas” y proveerse de lo necesario para la vida. En la tradición de los pueblos indígenas no están el crecimiento ni el consumo ilimitados que son el ADN del modelo de “progreso” de la sociedad de libre mercado. Por ello han sido tildados de “flojos y haraganes”: “flojos” por aspirar a lo necesario y no más para una vida digna; “haraganes” por no ampliar ilimitadamente sus actividades productivas como hacen hoy, en las antiguas tierras mapuches, los grandes consorcios de la madera, la celulosa y el papel, empresas depredadoras que han arrasado con los bosques nativos para remplazarlos por pinos y eucaliptus que secan los acuíferos y agotan el suelo.

Ha llegado la hora de que los hombres adultos nos hagamos a un lado y les demos la pasada a ellos y ellas: a las niñas y los niños, a las mujeres, a los pueblos originarios, que son el trío de nuestra salvación. A ellos y a ellas, a ellas y a ellos, se les ocurrirán, con ayuda de los científicos, las medidas urgentísimas y de sentido común que tendremos que aplicar. Lo que viene no es fácil, habremos de renunciar a muchas cosas, hemos de aprender a organizarnos y vivir de maneras que no conocemos.

La existencia será dura, el ambiente será de campamento, pero si no estamos dispuestos a asumir esas nuevas formas de vida, solo nos espera la catástrofe.

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