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La primavera chilena es en gran medida ética

por 23 noviembre, 2019

La primavera chilena es en gran medida ética
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Hegel sostenía que cada revolución tiene dos aspectos diferentes, la revolución fáctica y la revolución ética (espiritual), es decir aquella lucha por el poder estatal y aquella por la transformación de las costumbres, la sustancia de la vida cotidiana o lo que denominó directamente como “silencioso tejer del espíritu”.

 

Hoy, más que nunca, la ética y los nuevos estándares que la sociedad exige y tolera, son tan o más importantes que aquellas medidas o soluciones técnicas y estructurales que se deben presentar. El no comprender que el estallido y despertar de Chile, dice relación con los abusos y privilegios que profundizaron la desigualdad, tanto como con aquellas acciones que directamente se burlaron de la inmensa mayoría de los/as chilenos/as, en casos tan indignantes como la colusión del confort (Ruiz Tagle), caso cascadas (Leónidas Vial), financiamiento irregular de la política (Delano y Lavín), viajes y adjudicaciones de fondos públicos a familiares (piñeras) y muchos otros, que quedaron sin condena y/o sanción o al menos sin una efectiva y ejemplificadora. El no comprender esto simplemente implica no comprender el fenómeno social en su real magnitud y con ello no poder conferir una solución o salida adecuada.

La semana pasada se firmó un “gran acuerdo por la paz y nueva constitución” que se creía seria la solución final, o el paso directo a una salida a la conmoción originada por la revolución social. Es así como, esta supuesta solución histórica, fue negociada por amplios sectores de la derecha, ex concertación y algunos partidos del FA y fue presentada en una virtual cadena nacional, con abrazos y festejos por parte de casi la totalidad de los que concurrieron al acuerdo. Uno hubiese pensado que los que se restaron de dicho acuerdo serían los grandes perdedores, que la sociedad abrumadoramente y casi de forma unánime aprobaría y valoraría dicho acuerdo, pero sorprendentemente el 30% y más NO lo valora o aprueba, porcentaje que puede seguir creciendo si se sigue complicando su implementación, composición, plazos y reglamento.

Ante dicho rechazo o al menos la no unanimidad en su aprobación, inmediatamente surge la pregunta por el motivo del mismo. Es ahí donde se debe nuevamente tener presente lo señalado por Hegel y no olvidar que las revoluciones son también éticas y que, bajo ese supuesto, el problema del acuerdo suscrito por parlamentarios, no son solo los 2/3 de quórum pactado, cuestión más que debatible, sino que su debilidad pública es cuando se impone una convención constitucional por parte de aquellos que son vistos como parte del problema actual, se comunica la noticia desde un edificio pomposo y ajeno a la ciudadanía, en la madrugada y sin ningún nexo ni actor social distinto a los parlamentarios siendo parte del proceso y anuncio.

Otro ejemplo, para entender la dimensión ética de este estallido social, es el actuar del diputado Boric, quien pretendió ser el puente de la UDI y RN con el FA, pero que al actuar con los vicios propios que el ego exacerbado provocan, contrario incluso a la determinación de su partido y colectivo, implicó que no solo el tan mentado acuerdo fuese más frágil, sino que su presencia y actuación implicaran una confirmación de los errores de forma y pésima lectura política y sintonía con la calle que tuvieron sus firmantes.

Sumado al anterior caso, nos encontramos con la acusación constitucional presentada contra el señor Sebastián Piñera, la cual no debe ser tampoco entendida solo desde lo jurídico-político y los quórum necesarios para su aprobación o rechazo, sino que como un imperativo ético por parte de ciertos partidos políticos y de la sociedad por decir NO a la impunidad y que las violaciones a los derechos humanos que se han cometido hace un mes, no queden en el olvido y sin responsables políticos. Este es un real mensaje de ética o construcción de nuevas costumbres.

En el entendido de la importancia de la revolución ética y del “silencioso tejer del espíritu”  es que debemos comenzar desde hoy a discutir, debatir y deliberar respecto al contenido de nuestra constitución en aspectos tan significativos como los sistemas de rendición de cuentas de las autoridades, las elecciones de miembros de altos cargos como la Corte Suprema, Tribunal Constitucional (de existir) y Fiscal Nacional, entre otros. Debemos entender que nuestra nueva constitución no solo debe regular principios y bases de la institucionalidad desde lo técnico, sino que también desde un nuevo contrato social en los usos, costumbres y parámetros éticos exigibles a  nuestras autoridades.

Cuando nuestras autoridades comprendan que deben abrir caminos desde un nuevo paradigma y estándar ético/espiritual, tal vez podrán dar una solución aceptada o tolerada por la inmensa mayoría de los/as chilenos/as, ya que sin ética ni respeto mínimo a las formas no existirá entendimiento.

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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