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La oposición se farreó el 2020, ¿también el 2021?

por 7 diciembre, 2020

La oposición se farreó el 2020, ¿también el 2021?
El próximo 11 de enero vence el plazo para inscribir las listas para constituyentes. Será la última prueba de fuego –y oportunidad– para los dos bloques que intentan adjudicarse la representatividad de la oposición, sin señales de que puedan conciliar una oferta al país: Unidad Constituyente y el Frente Amplio-PC, pese a que ese camino es un suicidio político. La única opción de alcanzar los 2/3 en este proceso es que vayan en una lista común, de lo contrario, le estarán entregando los temas críticos a la derecha. Qué mejor ejemplo que recordar cuando el 7 de enero se votó en el Senado el proyecto para que el agua pasara a ser bien de uso público, y todos los senadores de Chile Vamos estuvieron en contra, no pudiendo superar el alto quórum requerido para su modificación.
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Esta es la tercera vez en los últimos ocho meses que escribo de la oposición, o las oposiciones, mejor dicho. Sin embargo, casi podría hacer un copy paste de las dos anteriores. En marzo relaté la autoderrota sufrida en la elección de la presidencia de la Cámara de Diputados y Diputadas, luego de la incapacidad de ponerse de acuerdo, que permitió que Diego Paulsen (RN) asumiera en el cargo, pese a ser minoría. La semana pasada, las mismas oposiciones intentaron censurar la mesa encabezada por el joven diputado –de buen desempeño–, sin embargo, tampoco pudieron alcanzar un acuerdo. Una especie de déjà vu que, una vez más, habla de cómo están las cosas en la oposición. Casi tan mal como en el Gobierno, y eso es mucho decir.

En septiembre escribí por segunda vez de las “oposiciones”. La verdad, no había pasado mucho entremedio que diera pie para escribir una columna sobre ellas. ¿Cómo estaba el panorama hace tres meses? Sus parlamentarios intentaban ponerse de acuerdo en el proyecto del 10%, en el Frente Amplio los desencuentros y disputas auguraban un quiebre, Beatriz Sánchez no se decidía si ir o no de candidata. Tal vez, la única novedad era que Daniel Jadue estaba en la pole position, mirando hacia el 2021. El resto, una acusación constitucional tras otra, historias de desconfianza, falta de creatividad, peleas internas, y lo peor de todo: sin ideas ni liderazgos. El escenario hoy es casi igual, salvo por el hecho de que se han agregado más “presidenciables” –Muñoz, Vidal, Undurraga–, que no marcan ni 4 puntos entre los tres.

Piñera ha gobernado casi sin contrapeso estos dos años. Porque las paupérrimas cifras de apoyo actual –en torno al 12%-13%– no tienen ninguna relación con la actuación de la oposición. Errores no forzados permanentes, exceso de optimismo y soberbia, abuso de frases cliché, metidas de pata cotidianas del Mandatario, sumado esto a una molestia ciudadana hacia el Presidente –que parece no disminuir con ningún anuncio, ni bono, ni siquiera el forzado proyecto del 10% II– y que se refleja en esta especie de movimiento social 18/0 recargado, que, aunque menos masivo, se desplazó de la Plaza Italia a La Moneda. Piñera ha sido el responsable de los problemas de Piñera, sin ninguna intervención de la oposición, o “las oposiciones” para ser más justo.

¿Es posible entender que en un país casi el 80% de los chilenos votó por cambiar la Carta Magna actual y que la oposición no fuera capaz de capitalizar ese momento? Es evidente que quienes se movilizaron fueron los ciudadanos y no los partidos, pero al menos pudieron tener la inteligencia de intentar dar curso a ese sentir de la gente.

La oposición no solo ha sido una especie de espectador lejano, sino que intrascendente en los grandes temas del país. Un rol menos que mediocre en la crisis social y luego la del COVID-19, una actuación poco contundente y confusa a la hora de instalar los temas del proceso constituyente, sumado esto a la incapacidad de defender los escaños reservados para los pueblos originarios. ¿Es posible entender que en un país casi el 80% de los chilenos votó por cambiar la Carta Magna actual y que la oposición no fuera capaz de capitalizar ese momento? Es evidente que quienes se movilizaron fueron los ciudadanos y no los partidos, pero al menos pudieron tener la inteligencia de intentar dar curso a ese sentir de la gente. Solo un mes después del plebiscito –cuando el oficialismo estaba en el suelo– no pudieron armar una lista común para las primarias de alcaldes y gobernadores.

Hoy, a diferencia de hace tres meses, el panorama opositor es más negro, pese a que el escenario debería ser más auspicioso luego del plebiscito. Tenemos al Frente Amplio más dividido que antes –a punto de quebrarse por completo–, a lo que se suma la renuncia de los diputados Vidal y Castillo a RD. Además, el proyecto del segundo retiro del 10% agudizó más la falta de capacidad para actuar unitariamente. El voto de tres senadores –Lagos, Goic y Letelier– hundió completamente el proyecto que había sido votado mayoritariamente en la Cámara, en lo que pareció un intento de contener a Pamela Jiles, más que facilitar que a la gente le llegaran pronto sus propios recursos –argumentaron que, si La Moneda llevaba el proyecto al TC, se retrasaría todo–. Porque, más allá de la jugada política del Gobierno para que fuera “su proyecto” el que se aprobara –pese a ceder todo, en particular las convicciones–, quedaron en evidencia las divisiones de las oposiciones.

El próximo 11 de enero vence el plazo para inscribir las listas para constituyentes. Será la última prueba de fuego –y oportunidad–, para los dos bloques que intentan adjudicarse la representatividad de la oposición, sin señales de que puedan conciliar una oferta al país: Unidad Constituyente y el Frente Amplio-PC, pese a que ese camino es un suicidio político. La única opción de alcanzar los 2/3 en este proceso es que vayan en una lista común, de lo contrario, le estarán entregando los temas críticos a la derecha. Qué mejor ejemplo que recordar cuando el 7 de enero se votó en el Senado el proyecto para que el agua pasara a ser bien de uso público, y todos los senadores de Chile Vamos estuvieron en contra, no pudiendo superar el alto quórum requerido para su modificación.

De no lograr un acuerdo para la Convención Constitucional, es probable que gran parte del esfuerzo hecho por la ciudadanía –no los partidos– para cambiar la Constitución, termine generando una gran frustración. Y eso provocaría la molestia e indignación de mucha gente que cifró esperanzas de cambio para el país, con una demanda exigida en las calles. Que después “las oposiciones” y sus dirigentes no digan no lo vimos venir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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