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Advertencias y lecciones sobre la eutanasia

por 19 febrero, 2021

Advertencias y lecciones sobre la eutanasia
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Siendo una persona a favor de la eutanasia y el suicidio asistido, considero fundamental tomar en cuenta no sólo los argumentos que a uno lo inclinan hacia cierta postura, sino en especial aquéllos que nos pueden razonablemente hacer dudar de ella. Parte de esto se puede recoger tanto de la evidencia empírica, como de quienes han reflexionado profundamente sobre el tema.

Así, interesantes hallazgos y proposiciones de la experiencia belga es la que muestra un grupo de investigadores en un reciente artículo en The Journal of Medicine and Philosophy como un modo de llamar la atención no sólo a los políticos y tomadores de decisión de su país, sino a nivel internacional por la creciente tendencia a promover el derecho a morir. Particularmente, debe ser de interés para Chile que está en plena discusión legislativa al respecto, y a pocos meses de iniciar su primer proceso constituyente democrático.

Bélgica legalizó la eutanasia y el suicidio asistido el año 2002, siendo uno de los primeros países del mundo en hacerlo, convirtiéndose en un referente en el tema a nivel mundial desde ese entonces. Su legislación establece una serie de procedimientos que se deben cumplir para poder solicitar la eutanasia (la solicitud debe hacerse de manera voluntaria y repetidamente, estando la persona consciente y legalmente competente para hacerlo), sin embargo, los autores de Euthanasia in Belgium: Shortcomings of the Law and Its Application and of the Monitoring of Practice, declaran que la práctica ha hecho que se esquiven algunos requisitos sin necesariamente incumplir la ley, estirando más allá de lo normado las posibilidades para el término voluntario de la vida.

Un primer punto en cuestión, según el estudio, es que ya no sólo se está autorizando casos de “enfermedades serias e incurables” como se estipula en la legislación para la eligibilidad de la eutanasia, sino que se ha llegado a autorizar casos por “agotamiento de vivir”.  Si bien esto no está autorizado explícitamente, algunos médicos han diagnosticado a sus pacientes con polipatología, lo cual les permite entonces quedar dentro de lo autorizado legalmente. Según el estudio, se llegó a un 19 % de las eutanasias por esta razón el año 2019.

En segundo lugar, los autores cuestionan el procedimiento de control entre médicos ya que, si bien la persona solicitante debe tener la opinión de uno o dos médicos independientes, finalmente quien toma la decisión es el médico tratante, pudiendo autorizar la solicitud de todos modos, aun cuando la tercera opinión profesional no sea favorable a la solicitud. Un modo de saltarse la norma, señalan los investigadores como ejemplo, es que si la solicitud de eutanasia es por enfermedad siquiátrica se debe consultar a un siquiatra. Sin embargo, si la persona tiene alguna otra condición, se le puede diagnosticar una polipatología, pudiendo entonces consultar a un médico general en lugar del psiquiatra.

Finalmente, un tercer aspecto en cuestión de la realidad belga es un supuesto conflicto de interés en el órgano que debe velar por el buen cumplimiento de todas las solicitudes de eutanasia en el país, siendo este comité evaluador quien puede investigar que todo procedimiento se haya realizado bajo la norma establecida. De los 16 integrantes, ocho deben ser médicos, de los cuales varios, incluyendo a su presidente, efectúan eutanasias activamente. De acuerdo a los autores, esto último resulta al menos cuestionable, ya que terminan evaluándose entre ellos mismos, aun cuando se debieran abstener de participar cuando corresponda, cosa que al parecer no sucede. Es más, en los 18 años de existencia de la eutanasia legal, nunca se había llegado a tribunales hasta ahora. Hace poco más de un año, un tribunal absolvió a tres médicos acusados por ayudar a morir el 2010 a Tine Nys a sus 38 años supuestamente por razones distintas a las permitidas. Las hermanas de la persona fallecida señalaron que habría querido morir no por una enfermedad incurable sino por una reciente ruptura sentimental.

Los dos últimos puntos son sin lugar a duda relevantes al momento de diseñar los instrumentos que permitirían ejercer el derecho al buen morir de una manera digna, sea cual sea la comprensión de muerte digna de cada persona. La experiencia belga debe traer lecciones y aprendizajes, aun no siendo necesariamente las planteadas por los autores señalados, pues al menos da luces de las posibilidades reales que se debe hacer frente seria y responsablemente. Sin embargo, tanto o más relevante es el primer punto, donde la evidencia de la búsqueda de poner fin a la vida por agotamiento, cansancio o aburrimiento de vivir posiciona un argumento de enormes dimensiones en el debate y que puede abrir flancos de duda incluso en quienes estén a favor de la eutanasia o el suicidio asistido.

Holanda también legalizó estas opciones el año 2002, sólo algunos meses antes que su país vecino. Luego de casi 20 años, hoy se encuentra en debate nacional si esta posibilidad debe extenderse también a las personas mayores de 75 años cansadas de vivir, o como algunos señalan “cuando se considera que la vida está completa”. Según un estudio del año 2005, el 17 % de las personas que pedían la eutanasia estaban cansadas de vivir, y de acuerdo a una encuesta a más de 3600 personas realizada el año 2018,  un 55 % considera que es algo que se debería poder solicitar por esta razón. Con todo, esto aún no está permitido.

Esto no detuvo a Kees Kentie, quien a sus 87 años murió el 23 de julio de 2020 con la ayuda de Pegasos, organización suiza sin fines de lucro que ofrece el servicio de suicidio asistido a quienes deseen morir por estar cansados de vivir. Esta organización, la primera en ofrecer un “muerte asistida pacífica, cuidadosa y digna”, como declara en su sitio web, permite que cualquier persona independiente de su nacionalidad, y gracias a la legislación de Suiza, pueda solicitar una muerte asistida voluntaria solamente presentando las razones para hacerlo, su estado civil, su biografía, el apoyo escrito de su familia, su reporte de salud, una persona de contacto, su certificado de nacimiento, su certificado de residencia, instrucciones para el funeral y, claro, pagar 10 mil euros. La filosofía de Pegasos radica en que una solicitud de ayuda para una muerte digna y pacífica no debe ser de exclusividad para enfermedades terminales, sino que “es un derecho humano el que toda persona racional y en su sano juicio, sin importar su estado de salud, pueda elegir la manera y el momento para su muerte”.

El argumento del cansancio, aburrimiento o agotamiento de vivir no nos debería sorprender, menos hoy que nos encontramos tan cerca de prolongar la longevidad del ser humano como nunca antes había sido posible gracias a –o a pesar de– los avances de la biotecnología. Es que el suicidio puede tener una connotación de libertad y verdadera autonomía cuando la permanencia de la vida se transforma en una condena eterna. De esto nos habla Bernard Williams en Problemas del Yo. Textos filosóficos: 1956-1972 cuando hace referencia al tedio a la inmortalidad, argumentando que “la muerte no es necesariamente un mal, y no sólo en el sentido en que casi todo el mundo lo aceptaría, cuando la muerte procura el fin a un gran sufrimiento, sino en el sentido más íntimo de que puede ser algo bueno no vivir demasiado tiempo”. Si bien el desarrollo de este argumento es en torno a la inmortalidad, ¿quién puede establecer lo que es demasiado tiempo?

Durante las centenas de conversaciones sobre la muerte que he tenido junto a Proyecto Mokita, jamás he conocido a alguien que desee vivir eternamente. Todo lo contrario. Más bien el foco se ha concentrado en tener una muerte tranquila, sin dolor, sin sufrimientos, sin angustias, sin estar en soledad. Pero morir en sí mismo pareciera ser algo deseable finalmente. Justamente por esto es que es tan importante pensar y conversar sobre la muerte, tanto de la de otros como la de uno mismo, porque nos permite reflexionar sobre la vida misma, y todo lo que la rodea de inicio a fin. Sin tener estas conversaciones, no hay ley ni regulación que sea capaz de interpretar y cubrir exactamente los anhelos vitales de las personas para lograr un buen morir en paz y dignidad, respetando lo que cada persona entienda por buen morir.

Estas experiencias nos deben servir para asegurarnos de tomar las mejores decisiones posibles como sociedad. Contar con una legislación para la eutanasia y el suicidio asistido requiere necesariamente garantizar todos los cuidados paliativos que sea posible otorgar a quien los requiera, así como los resguardos procedimentales adecuados para realizar de manera intachable y sin vicios ni resquicios legales cada solicitud de ayuda a poner término a una vida. Como lo muestra la experiencia de otros países, gran parte de la complejidad de estos dilemas pasará por una implementación de la política que sea respetuosa, transparente y justa.

Con todo, es necesario comprender desde un principio como sociedad que, si se aprueba una ley como ésta en base al derecho a la muerte desde el argumento de la autonomía del ser humano, éste no puede estar posicionado bajo el alero de la compasión por quien sufre solamente, sino que debe entenderse que, en ausencia de dolor extremo, puede haber casos de personas que quieran ejercer la autonomía de dar por terminada su vida por distintos motivos. Esto puede hacer dudar a algunas personas de apoyar la aprobación de la ley, pero la experiencia nos demuestra que las personas que buscan ayuda para morir hacen uso de su autonomía incluso fuera de aquellos casos de sufrimiento extremo. Complejo puede ser de entender o empatizar para algunas personas que alguien desee morir, pero como bien decía Albert Camus, el suicidio es la gran pregunta filosófica del ser humano, y qué puede ser más complejo que intentar responder esa pregunta por otro.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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