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Tengo fe en Chile y su destino

por 3 septiembre, 2021

Tengo fe en Chile y su destino

Crédito: Aton

Escribo desde el edificio donde hoy trabaja la Convención Constitucional. Soy un bisnieto de albañil; nieto de minero del salitre, de campesina inquilina, de obrera textil; hijo de taxista y obrero metalúrgico, de madre feriante y comerciante. Y ahora estoy aquí, junto a otros chilenos y chilenas de los más diversos orígenes, escribiendo una nueva Constitución para mi país. Estoy orgulloso de mi pueblo, que hace 51 años quiso cambiar este país y el mundo a través del proceso democrático y pacífico de Salvador Allende. Hoy, con las mismas herramientas de la razón, el humanismo y la solidaridad, buscamos nuevamente cambiar nuestro destino, porfiadamente, dignamente, honradamente.
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"There is no such thing as normal" (Morrisey)

América Latina es hija de tres procesos históricos. La invasión del imperio español que destruyó los imperios americanos, sus vínculos sociales y su economía, introdujo enfermedades, obliteró culturas completas en la instalación forzada del catolicismo. Segundo, los procesos independentistas del siglo XIX, cuando la nobleza criolla, descendiente de los conquistadores, cortó vínculos con la nobleza hispana y se adueñó de la red de poder del imperio español. Luego, la ocupación norteamericana de América Latina a través de la instalación de dictaduras militares en los principales países del continente durante las décadas del 60 y 70 para frenar el avance de procesos sociales armados o democráticos. Chile es hijo de este cronograma, con énfasis en los dos últimos, que lo distingue de sus pares.

Lo que está hoy en juego en mi país, con el proceso constituyente que se está llevando adelante, es el intento de instalar una verdadera democracia, tras doscientos años de historia republicana donde la oligarquía ha ralentizado sistemáticamente los intentos del pueblo de Chile por alcanzar plenitud de derechos.

A partir de la independencia de España, la instalación de la República fue realizada por una nobleza criolla que renegó de los valores republicanos una vez expulsado el imperio del territorio chileno, le dio un golpe de Estado a los generales patriotas liberales y reinstaló el modelo colonial disfrazado de democracia. Los beneficiados fueron los blancos, hombres, oligarcas. El siglo XX recibió la deuda social expresada en la carencia de derechos de mujeres, etnias no blancas y trabajadores, cuestión que al resto del planeta le ha tomado todo el siglo XX y parte del XXI subsanar. Recordemos el texto de Angela Davis titulado Mujeres, raza y clase. En Chile, fueron esos tres estamentos sociales los que estallaron el 19 de octubre de 2019: los trabajadores, las mujeres y los pueblos originarios exigiendo su lugar en la sociedad, derechos sociales garantizados y participación democrática.

Hoy, el pueblo de Chile ha atravesado las barreras y cerrojos instalados durante la dictadura que no fueron rotos por la clase política que primero se resiste y luego se acomoda a ellos y se ha autoorganizado, autogestionado, autoconvocado y generado un movimiento constituyente, expresado en decenas de miles de cabildos realizados en plazas, calles, hogares, patios, escuelas, universidades, juntas de vecinos donde se delibera a viva voz, fraternalmente, acompañado por movilizaciones de millones de personas en las calles que fueron salvajemente reprimidas por el gobierno neoliberal de Sebastián Piñera. El movimiento constituyente desbordó la represión, el sabotaje y la cooptación, se legitimó democráticamente en la forma de un plebiscito, donde la opción de cambiar la Constitución ganó con una mayoría abrumadora del 80 %.

Estos fenómenos sociales son de escala planetaria. La tecnología ha revolucionado la manera en que las personas se relacionan. Los intermediarios se han vuelto irrelevantes. Las personas saltan los cercos informativos de la prensa y los grupos de poder detrás y se agrupan con enorme facilidad para hacer valer sus particularidades como grupos excluidos, disidencias o diversidades, también hacen circular interrogantes, reflexiones o demandas sin intermediación alguna. Se equivocan quienes piensan que vivimos una crisis del modelo representativo, esto es la irrupción de la autorrepresentación, no como un deseo o una demanda, simplemente una realidad imparable.

En Chile a estos factores se cruza un tercero: el agotamiento del modelo neoliberal introducido a la fuerza por Estados Unidos durante la dictadura de Augusto Pinochet. Un modelo radical, experimental y salvaje, imposible de validarse en otras circunstancias. Un modelo que produce hermosos números macroeconómicos y una elite muy acomodada, versus una mayoría viviendo muy por debajo de los estándares. Un país con enorme desigualdad, un pueblo con bajos ingresos, escasa capacidad de negociación laboral, que debe pagarse sus derechos a salud, educación y previsión, con participación política mínima, medios de comunicación capturados por los poderes económicos, educación pública de pésima calidad y alto control social a través de una policía militarizada y pocas herramientas de participación.

A esto se suma un cambio de paradigma en la administración de la sociedad. La idea de que las políticas públicas tenían como referente a un ciudadano modelo hombre, blanco, heterosexual desde el que se derivaban una serie de discapacidades, diferencias y falencias que se debían asistir como gastos, se está pasando a una idea muy robusta: no existe algo así como una ciudadanía modelo y una serie de minorías a las que atender, pues resulta que todos y todas pertenecemos a alguna minoría. Es decir, las minorías no existen, lo que hay es una enorme diversidad que debe ser atendida en sus particularidades. No son las personas con discapacidad las que tienen un problema, por ejemplo, es la ciudad y la sociedad la que no está habilitada para que estas personas y sus particularidades se desarrollen con normalidad. El Estado debe ecualizar sus prestaciones y cuidados para diferentes grupos específicos, desde las mujeres, los trabajadores precarizados, los pueblos originarios, la comunidad LGBTIQ+, las personas mayores, las personas sordas, las etnias, los migrantes, los niños, niñas y adolescentes, las personas con capacidades diferentes, los no videntes y todas sus interseccionalidades.

La idea de ser quien se es y no seguir un modelo social hegemónico, ser quien se es y sentir orgullo de aquello, ha derivado en ser quien se es, exigir reconocimiento oficial y volverse además depositario de derechos específicos por aquello. Ser quien se es como un producto de lo que hemos aprendido sobre nuestra psique a lo largo del siglo XX y lo imprescindible que se vuelve en el camino hacia la felicidad, objetivo final de... todo esto.

Hoy, el pueblo de Chile ha atravesado las barreras y cerrojos instalados durante la dictadura que no fueron rotos por la clase política que primero se resiste y luego se acomoda a ellos y se ha autoorganizado, autogestionado, autoconvocado y generado un movimiento constituyente, expresado en decenas de miles de cabildos realizados en plazas, calles, hogares, patios, escuelas, universidades, juntas de vecinos donde se delibera a viva voz, fraternalmente, acompañado por movilizaciones de millones de personas en las calles que fueron salvajemente reprimidas por el gobierno neoliberal de Sebastián Piñera. El movimiento constituyente desbordó la represión, el sabotaje y la cooptación, se legitimó democráticamente en la forma de un plebiscito, donde la opción de cambiar la Constitución ganó con una mayoría abrumadora del 80 %.



Escribo desde el edificio donde hoy trabaja la Convención Constitucional. Soy un bisnieto de albañil; nieto de minero del salitre, de campesina inquilina, de obrera textil; hijo de taxista y obrero metalúrgico, de madre feriante y comerciante. Y ahora estoy aquí, junto a otros chilenos y chilenas de los más diversos orígenes, escribiendo una nueva Constitución para mi país. Estoy orgulloso de mi pueblo, que hace 51 años quiso cambiar este país y el mundo a través del proceso democrático y pacífico de Salvador Allende. Hoy, con las mismas herramientas de la razón, el humanismo y la solidaridad, buscamos nuevamente cambiar nuestro destino, porfiadamente, dignamente, honradamente.

La historia es terca, se demora, se da vueltas e incluso se burla por décadas, como un río que nos esquiva y se mueve en curvas y meandros pero que inevitablemente se dirige al mar. Ese es el tamaño de nuestra esperanza, la terquedad, los ríos de personas, la inevitabilidad de los mares de gente, la certeza de que en la sumatoria de sueños traslapados encontraremos una forma de verdad que arroje un común denominador, un espejo donde podamos reconocernos uno en todos. Ser quienes de verdad somos, como una forma superior de la felicidad.

Santiago, 4 de septiembre de 2021.

* El título de esta columna corresponde a un fragmento del último discurso de Salvador Allende, en La Moneda. 11 de septiembre de 1973.

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