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El desafío de escribir un futuro en plural más allá de la soberbia del Frente Amplio

por 21 octubre, 2021

El desafío de escribir un futuro en plural más allá de la soberbia del Frente Amplio

Crédito: ATON

Transcurrido el tiempo y, con la perspectiva de los años, veo con distancia la superficialidad de muchos de nuestros representantes. Estos últimos años hemos visto emerger a políticos jóvenes, quienes, pese a haber vivido siempre en los sectores más ricos de Chile, aseguran conocer la realidad periférica y, lo que resulta todavía más insólito, afirman ser representantes de esta. Con total seguridad dicen rejuvenecer la vieja política, cuando más bien han rejuvenecido los rostros de esta. Me refiero a varias figuras del Frente Amplio, que provienen de una élite no solo económica sino también política.
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Nunca soportó el silencio ni la calma. Sentía urgencia por moverse, gritar quizás, para no escuchar el insoportable son de la realidad. Creció, al igual que yo, en la villa Lomas de Macul. Una población de calles estrechas y casas a medio pintar, cercana al Zanjón de la Aguada. Un barrio invadido por guarenes que algo aturdidos surgían de ese cauce y donde nuestro relajo llegaba al mirar la imponente cordillera. Se llamaba Sergio, pero sus amigos le decíamos Checho. Nuestras edades eran similares. Vivía a cinco casas de la mía. Flaco, de tez cobriza y mirada profunda. Parecía esconder una tragedia en esos ojos oscuros. Muy pocas veces sonreía, pero, cuando lo hacía, unas inmensas paletas quedaban al descubierto.

Una mañana de marzo, hace ya casi treinta años, llegué con mi mamá hasta la puerta de su casa. Tocamos varias veces, hasta que por fin nos abrió su papá, quien con voz ronca y un fuerte olor a alcohol, nos dijo que el Checho se alegraría con nuestro regalo. Y así ocurrió. Tomó el uniforme escolar y se cambió frente a nuestros ojos, bajo el umbral de la entrada, con rapidez. Esa escena nunca se fue. El Checho, a sus diez años, por fin vestía un uniforme escolar de su talla y se le veía radiante.

Nuestras similitudes se distanciaron cuando ya éramos jóvenes. En sexto básico colgó, para siempre, el uniforme que le habíamos regalado. Y se dedicó a pasar las mañanas sentado en distintas cunetas del barrio, compartiendo una pipa artesanal con otros desertores. Su colegio también fue clausurado poco después. Acontecimiento que a nadie sorprendió, pues no solían asistir más de cien estudiantes al “Guarén School”, como lo llamaban los propios apoderados. Todavía veo al Checho en las mismas cunetas y pasajes, con sus antiguos ojos profundos, ahora extraviados, hablando lentamente con su círculo. Pronto cumplirá cuarenta años.

Cuento lo anterior porque ha transcurrido el tiempo y, con la perspectiva de los años, veo con distancia la superficialidad de muchos de nuestros representantes. Estos últimos años hemos visto emerger a políticos jóvenes, quienes, pese a haber vivido siempre en los sectores más ricos de Chile, aseguran conocer la realidad periférica y, lo que resulta todavía más insólito, aseguran ser representantes de esta. Con total seguridad dicen rejuvenecer la vieja política, cuando más bien han rejuvenecido los rostros de esta.

Me refiero a varias figuras del Frente Amplio, que provienen de una élite no solo económica sino también política. Categóricos, drásticos, muy severos con el resto (y poco consigo mismos o con los propios), difunden sus certezas sobre todo lo malo ocurrido desde el regreso de la democracia y los muchos planes que tienen en el papel, para un cuanto hay. Esto sugiere dos hipótesis: ven solo una cara de la moneda o sencillamente ignoran lo que el pueblo vivió esos años, porque no son pueblo.

No es un problema de intenciones, porque percibo que creen en lo que hacen. No es ese mi punto. Más bien, no necesitan someter sus juicios a la sana crítica o a la razonable duda metódica, y reparten sentencias por la vida, sin considerar cuánto cuesta construir la democracia, cuán difícil es superar paso a paso la pobreza, cuánta organización y pequeñas y grandes luchas hay detrás de lo logrado y también cuánto pesa la resistencia a reconocer errores, remover poderes enraizados y resistencias atávicas.

Categóricos, drásticos, muy severos con el resto (y poco consigo mismos o con los propios), difunden sus certezas sobre todo lo malo ocurrido desde el regreso de la democracia y los muchos planes que tienen en el papel, para un cuanto hay. Esto sugiere dos hipótesis: ven solo una cara de la moneda o sencillamente ignoran lo que el pueblo vivió esos años, porque no son pueblo. Los juicios draconianos han sido la tónica del Frente Amplio, sin darse cuenta de que, en más de alguna ocasión, han escupido al cielo. Hay miles de muchachos como el Checho, tanto en las Lomas de Macul como en otras villas y poblaciones que no los escuchan ni tienen ganas de entender su metalenguaje.

No fue sino hasta el fin de la dictadura cuando, finalmente, en la Villa dejamos de “colgarnos” del cableado eléctrico de otros barrios y pudimos tener luz por cuenta propia. Cuesta creerlo, pero esa fue mi realidad y la de mi familia. Desde 1851 las lámparas iluminan Chile, pero en las Lomas de Macul, hasta los noventa, tuvimos que rebuscar una forma para no vivir en la oscuridad.

Fui el primero de una numerosa familia en pisar la universidad. Hoy tengo 36 años, soy abogado y milito desde los catorce en mi partido, Por la Democracia. Me siento orgulloso de lo que hemos hecho, hay un legado de estas últimas décadas desde el cual pararnos, porque lo hicimos a pulso, con la gente, sobre todo en lo que respecta a la disminución de la pobreza en el país. También, sin sentirme dueño de la verdad, creo que gracias a mi primera juventud, a la villa y a personas como el Checho, he formado parte de una cotidianidad que muchos frenteamplistas desconocen y que, de adentrarse en ella, probablemente no soportarían. No es el trabajo voluntario teniendo la seguridad de poder salir sin drama; es vivirla y superarla vitalmente. No es culpa ni romanticismo, sino vida real.

Los juicios draconianos han sido la tónica del Frente Amplio, sin darse cuenta de que, en más de alguna ocasión, han escupido al cielo. Hay miles de muchachos como el Checho, tanto en las Lomas de Macul como en otras villas y poblaciones que no los escuchan ni tienen ganas de entender su metalenguaje. Tampoco escuchan a otras fuerzas políticas, incluyendo la mía, porque hay desesperanza. Es responsabilidad de nosotros, los nuevos políticos, afrontar los problemas sociales desde la premisa de que no somos moralmente superiores, y que no es posible proclamarnos apóstoles de quienes ni siquiera hemos comenzado a conocer. Debemos partir de un acto más humilde, pero que creo más profundo, de mirar la complejidad y profundidad de los desafíos que tenemos, donde la mera descalificación no basta. Hoy, estamos llamados a pensar el futuro en plural.

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