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Los caminos de las paces en el horizonte plurinacional e intercultural Opinión

Los caminos de las paces en el horizonte plurinacional e intercultural

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Rolando Garrido Quiroz
Por : Rolando Garrido Quiroz Presidente Ejecutivo de Instituto Incides. Innovación Colaborativa & Diálogo Estratégico
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Chile aspira al derecho de vivir procesos dinámicos de paz sostenible de forma plural, mayoritaria y categórica. Desde Arica hasta Puerto Williams y desde Rapa Nui hasta San Pedro de Atacama a lo largo y ancho del territorio continental e insular, todas las comunas del país, incluyendo el nuevo gobierno electo, el nuevo Congreso Nacional, la Convención Constitucional en ejercicio de su mandato y cada junta de vecinos de los barrios, aspiran a las paces, entendidas como convivencia social pletórica de diálogos y respeto a la plurinacionalidad, la interculturalidad, la diversidad social, las disidencias culturales y divergencias políticas.

La pregunta que cabe formularse entonces es: ¿quiénes aspiran a la guerra, al ejercicio de las violencias, al enfrentamiento o choque de fuerzas declaradas enemigas? 

Con mayor o menor nivel de conciencia, podemos encontrar aspirantes a la guerra entre diversos líderes en un plano discursivo y de acción directa, declarando el combate a (…), la batalla en contra de (…), o la lucha para (…), tratándose de objetivos o enemigos a eliminar. Estos liderazgos creen o han necesitado creer que estamos en guerra, para que su modelo de sociedad o comunidad funcione. Algunos le han declarado la guerra a un enemigo poderoso e implacable. Comparten un apetito por el poder, cuadrándose con una máxima económica de Adam Smith “En la competencia, la ambición individual sirve al bien común”. Entienden el bien común como bien propio, una victoria a alcanzar, intentando derrotar a quienes son definidos como enemigos. Así, la violencia directa constata la existencia de violencia estructural y de una violencia cultural que la sostiene y alimenta.

Desde la autoridad se ha ejercido violencia directa, instrumentalizando una policía militarizada que viola los derechos humanos, mientras que otros han ido equipando a sus jóvenes y adolescentes combatientes, recurriendo al tráfico de armas casero e internacional, situándose fuera de la legalidad vigente y de las luchas políticas, sociales y culturales propias de un sistema democrático que por fin ha avizorado caminos hacia una legitimidad institucional sistémica, plurinacional e intercultural por medio del proceso constituyente y con la elección de nuevas autoridades, para el ciclo venidero en este Chile más country y menos country club.

A los líderes confrontacionales les vino mal el estallido social, sobre todo la fase de resolución de la crisis de legitimidad institucional, que derivó en el plebiscito de entrada, la elección de los convencionales constituyentes y la instalación de la Convención Constitucional como poder constituyente en ejercicio. Los liderazgos confrontacionales, así como cualquier otro liderazgo de trincheras, tienen el poder de pasarse al camino (estrategia) de la construcción de las paces, zafándose de la premisa de Smith y abrazando la premisa de Nash, donde el mejor resultado no es producto de que cada uno en el grupo haga lo mejor para sí mismo, sino que el mejor resultado se garantiza cuando todos en el grupo (comunidad) hagan lo mejor para sí mismos y para el grupo, tal como funcionan las dinámicas reguladoras hacia el equilibrio sostenible.

La Convención Constitucional es una fuente de poder y espacio de diálogo, deliberación y decisión para las adaptabilidades que se nos vienen, donde se sienten representados mayoritariamente los pueblos y naciones originarias, incluyendo al pueblo mapuche. En ella, no tienen el poder de influir los liderazgos que apuestan por la confrontación. La cultura del diálogo inclusivo entró al poder constituyente y al ejercicio soberano de los diálogos de las gentes de las tierras continentales e insulares del Chile constituyente.

En esta etapa de la crisis de legitimidad institucional que experimenta la democracia chilena, el conflicto entre el Estado de Chile y los pueblos originarios han encontrado un cauce legitimado por la ciudadanía en el ejercicio democrático, plurinacional y participativo del poder constituyente; sin embargo, un fantasma corpóreo recorre Chile, el fantasma de las violencias: directa, psicológica, estructural y cultural, cada una de estas con ciclos evolutivos complejos, donde la mediación administrativa o las mesas de diálogo anunciadas están lejos de ser la pomada milagrosa para sanar heridas de diversa naturaleza, profundidad y gravedad.

Una dimensión específica es el ejercicio de violencia directa en el escenario donde intervienen y actúan las empresas extractivistas, mafias del narcotráfico y bandas militarizadas que buscan representar la causa mapuche en territorios donde habitan diversas comunidades. Otra dimensión muy distinta es el ejercicio de la violencia directa que produce la delincuencia narcotizada en los territorios urbanos, cuyo objeto del deseo es el consumo y comercialización de productos de alta gama, para producir altos ingresos volátiles. Diferente también a la violencia directa organizada que visibilizan grupos anarquistas con presencia en la educación secundaria y universitaria. Ahora, adivinen por qué este tipo de violencia directa ha ido desapareciendo de las pantallas y del espectáculo mediático en el periodo pandémico y estival.

El Chile cotidiano ha vivido en los últimos años en los encuadres del miedo y del abuso, avanzando hacia una sociedad en riesgo. A la par de liderazgos confrontacionales, las violencias directas se están expresando en las calles y carreteras entre automovilistas, disputando una espiral de infligir daño al otro que se presenta como víctima o amenaza. Asimismo, la violencia se expresa en los estadios, ferias libres, malls y otros espacios de circulación de personas. Se pasa de los gritos a los golpes, disparos a blancos seleccionados y tiros al aire en fracción de minuto con resultados mortales. Desactivar estas violencias en sociedades narcotizadas por el tener y no por el ser requiere de un metódico y dinámico proceso de transformación cultural, cuyos agentes principales somos las personas e instituciones que podemos incidir en la co-construcción de una cultura e infraestructura de paces reales, posibles, probables y deseables.

El gobierno entrante va a tener el desafío de comprender las dinámicas reguladoras, resolutivas y transformadoras de la conflictividad en nuestra sociedad como un fenómeno complejo, cuya certidumbre a nivel de tratamiento depende de los enfoques o lentes adecuados para tratar los conflictos en su singularidad, naturaleza, data, tamaño y dinámica en flujo. 

Lentes y cajas de herramientas para abordar conflictos y crisis existen de diversa índole y alcance. Los enfoques para el tratamiento de conflictos se vuelven pertinentes de acuerdo con la naturaleza, dinámica, data, tipología y tamaño de los conflictos; sin embargo, las actorías que tienen el poder legítimo y legal de incidir en el tratamiento de conflictos en nuestras sociedades adolecen de herramientas suficientes o utilizan lentes que son inadecuados para observar el objeto/sujeto en la mira, generándose distorsiones visuales (diagnóstico) que afectan el impacto de las intervenciones (tratamiento). La comprensión de que la observación determina lo observado es gravitante cuando hablamos de las paces y sus implicancias relacionales.

Regulación, administración, terminación, resolución y transformación de conflictos no solo son conceptos diferentes, sino que representan escuelas de pensamiento diferenciadas como enfoques posibles para el tratamiento de conflictos que, eventualmente, pueden complementarse y articularse desde un abordaje situacional y estratégico, toda vez que podamos visualizar en un mapa actualizable a los actores los procesos, las estrategias, los diversos tipos de adversidades (crisis, conflictos, problemas), para actuar en el campo energético de las oportunidades que brindan los mapas y su utilidad en los territorios.

La Convención Constitucional va a contribuir de acuerdo con su rol proyectado hacia el futuro, sobre todo con nuevos marcos para la regulación de conflictos. Lo propio tendrá que hacer el nuevo Congreso, con legislaciones apropiadas para abordar los nuevos desafíos de la sociedad chilena, actualizando las leyes vigentes en aquellos aspectos necesarios, incluyendo espacios generosos para el ejercicio de la justicia restaurativa en nuestros sistemas de convivencia. Por su parte, el poder ejecutivo tiene una oportunidad histórica para implementar políticas públicas interministeriales, con un alcance nunca antes imaginado en materia de gestión y resolución de conflictos. A la ciudadanía, barrio por barrio, le cabe una tarea no menor para transformar los conflictos en oportunidades de buen vivir desde el paradigma de la innovación colaborativa y la creatividad dialógica.

El enfoque de la transformación de conflictos se ha forjado en la observación directa de los conflictos, en su vivencia y cercanía entre zonas urbanas y rurales, por fuera de los centros de investigación universitarios. Se trata de un enfoque práctico y empírico que asume de entrada los límites, la complejidad y lo imprevisible, conectándose con la fuerza transformadora de las personas y de las comunidades en los territorios, con propensión a la búsqueda de equilibrios vitales. La transformación de conflictos es un enfoque experimental, sin complejos y con la mirada puesta en el futuro, abierto a conjugar las experiencias, conocimientos, aprendizajes, prácticas y valores de las personas e instituciones y su potencialidad transformadora.

Transformar los ciclos de violencias que afectan a nuestras comunidades, cuando aún estamos viviendo en ellos, plantea un esfuerzo consciente de innovación colaborativa y creatividad dialógica en las zonas de lo complicado, lo complejo y lo caótico. Podemos liberar energías y desplegar las inteligencias colaborativas, reconociendo las múltiples y diversas competencias y habilidades humanas para transformar los conflictos, desaprendiendo las dinámicas confrontaciones y transformando la expresión basal de las violencias. 

Podemos avanzar en desaprender la idea utópica de alcanzar la paz como un estado ideal y totalizador y comenzar a dar forma y fondo a un tejido colorido de paces inacabadas, imperfectas, procesuales, que vayan abriendo caminos y trayectorias para la co-construcción de centímetros, metros y kilómetros de convivencia adaptativa en nuestros hábitats multiespecies, ampliando nuestros círculos de afectos. 

En el juego social, el otro del otro puede ser uno mismo. En suma, somos nosotros y nuestras relaciones el aquí y el ahora donde se entretejen las paces.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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