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Por Chile, no nos farreemos la nueva Constitución Opinión

Por Chile, no nos farreemos la nueva Constitución

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Doce años perdidos pueden llegar a su término con un nuevo pacto social gestado en una Convención Constitucional que cuenta con inmejorables condiciones para desarrollar su tarea. No obstante, no caer en la ingenuidad de creer que el proceso tiene su llegada a puerto asegurada.

Para sacar adelante la nueva Constitución, no basta constatar el hecho de que nos permitirá dejar atrás el último bastión de una dictadura cívico militar que costó miles de vidas, incluida la de mi padre, el diputado Luis Espinoza Villalobos, y que sentó las bases de un modelo de sociedad a través de mecanismo Ilegítimo, validado por un plebiscito fraudulento.

Para enfrentar este expectante momento, debemos volver a mirar nuestra historia: esa que nos demuestra que aún cuando no compartíamos una misma visión de la sociedad, logramos poner fin a la dictadura de manera pacífica en el plebiscito de octubre 1988 y 17 meses después iniciamos un periodo de avances relevantes, a pesar de que persistían enclaves autoritarios: nuestras comisiones de Verdad y Reconciliación y sobre Prisión Política y Tortura son hasta hoy ejemplos para países del mundo que han enfrentado trances traumáticos similares al nuestro.

Bajo el concepto “crecimiento con equidad», le mostramos a los defensores de la dictadura que el mercado no bastaba, que se requería de un Estado con enfoque social y ese creciente equilibrio entre lo público y lo privado que sólo podíamos otorgarle al sistema las fuerzas democráticas de izquierda se hizo cada vez más fuerte y así sacamos de la pobreza a un millón de personas, siempre muy a pesar de la derecha: los archivos del Congreso son elocuentes respecto de su constante oposición a nuestros programas de gobierno. Que en 2005 sólo quedara un tercio del texto original de Pinochet en la Constitución era una muestra tangible del avance continuo y sin pausa del proceso político vivido por nuestro país. Pero había llegado el momento de dar un paso más. Fue allí donde nos entrabamos y a contar de 2010 iniciamos “la década perdida” que tensionó a la sociedad.

¿Cometimos errores como izquierda democrática? Por cierto, porque las obras humanas perfectas no existen, salvo en los relatos de los regímenes totalitarios. No obstante, nada justifica la asonada llena de insidia que se instala a partir de 2008 con el relato del “desalojo” que posicionó la derecha. Lo curioso, sin embargo, es que los mismos que denostaron a la Concertación salieron luego en su defensa, al punto de apropiarse de nuestra propia historia como coalición, generando con ello confusión en las nuevas generaciones que ponían de manifiesto los nuevos desafíos que debía enfrentar el Chile del Bicentenario, a las puertas del desarrollo.

La Convención Constitucional fue, y sigue siendo, la única salida posible al estancamiento político y social en el que llevamos ya 12 años. Por sus características democráticas, representativa de los pueblos originarios y paritaria, la Convención es un intento sin precedentes de elaborar una Constitución moderna. Además, goza de una inédita mayoría de izquierda. Es una oportunidad que no podemos dejar escapar. Pero hay que entender que algunas apuestas maximalistas están lejos de ser mayoritarias, carecen de respaldo o aún no les ha llegado su hora y sólo sirven para convertirse en munición para los adversarios que no quieren que el proceso culmine con éxito o que buscan derechamente que se descarrile.

En otras palabras, no podemos ofrecerle al país una Constitución que sea una némesis de la de Jaime Guzmán y sus artilugios, porque así no romperemos nunca el círculo vicioso que supone que un sector de los chilenos se sienta cada cierto tiempo con el derecho de imponerle a los demás unas reglas del juego que no comparten. Le dejaríamos a las generaciones futuras una tensión política permanente que condenará al país a más décadas de estancamiento y alejarnos definitivamente del desarrollo.

La izquierda democrática no puede creer que las constituciones se cincelan en piedra. El maximalismo tiene una debilidad intrínseca y es que siempre cree que la tortilla se va a cocinar del mismo lado. Se olvida que las sociedades cambian. Por eso, este es el momento de recordar la figura de Salvador Allende, un hombre que creía en la gradualidad de los cambios, en la necesidad de dar pasos para crear hegemonías consistentes, y que fue malinterpretado hasta por sus propios compañeros.

Hoy ya estamos muy lejos del legado de la Escuela de Chicago. Punto aparte merece aquí la indebida distorsión del rol de Salvador Allende en la historia del país: como hijo de su tiempo, dispuso de las herramientas de ese contexto para implementar el proyecto de la Unidad Popular. No obstante, la dinámica de nuestros tiempos establece con toda claridad que a la hora de observar proyectos viables, debemos mirarnos a nosotros mismos, a los socialismos europeos y en nuestra América Latina el Uruguay de Mujica o el Brasil de Lula.

Tenemos que asumir que no somos como ellos, que no usamos el poder para aplastar a otros, que sabemos conducir los destinos del país con equidad, que aceptamos la libertad con un Estado garante de bien común y que nuestros proyectos siguen siendo los más exitosos a nivel global, en cuanto a crecimiento y paz social.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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