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La Guerra Opinión

La Guerra

Daniel Chernilo
Por : Daniel Chernilo Profesor Titular de Sociología en la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Santiago y Director del Doctorado en Procesos e Instituciones Políticas.
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En la guerra de agresión que hoy Rusia lleva a cabo contra Ucrania, hay claramente una potencia invasora que busca aplastar a un vecino más pequeño y que cree inferior. Frente a una tragedia humana de estas dimensiones, el pacifismo es una reacción moral y simbólica natural: la paz será siempre un mejor camino que la guerra. Por su complejidad y envergadura, sin embargo, el pacifismo no es siempre la forma de evitar el genocidio, rescatar civiles o quitar poder a un tirano.


América Latina es un continente extremadamente violento. Países como Colombia y México por décadas han figurado como los que tienen más crímenes por habitante contra mujeres, periodistas o políticos. La desigualdad económica de países como Chile genera y reproduce sus propias formas de violencia, y la marginalidad urbana en Brasil o Venezuela mantiene a partes significativas de la población sin protección del Estado y al acecho de mafias de todo tipo. Qué decir sobre las decenas de golpes de Estado que prácticamente todos los países de la región han sufrido durante su vida independiente, con sus secuelas de exilio, prisión política, torturas, asesinatos y desapariciones.

Sin embargo, la experiencia de guerras internacionales como la que hoy vemos por televisión en los pueblos y ciudades de Ucrania, no forman parte de nuestras biografías colectivas. A contar del siglo XX, el único conflicto armado de envergadura en América del Sur es la Guerra del Chaco, en la frontera entre Bolivia y Paraguay, entre 1932 y 1935. En él, se movilizaron cerca de 400 mil soldados y, de ellos, alrededor de un cuarto no volvió a casa. La Guerra de las Malvinas, en 1982, es dramática por el número de muertes de jóvenes argentinos y la conducta miserable de su junta militar, pero las hostilidades duraron un par de meses y no implicó acciones militares en el continente. Las escaramuzas en la frontera de Perú y Ecuador (1941, 1981, 1995) nunca pasaron más allá.

[cita tipo=»destaque»]Una guerra es siempre tragedia, pero eso no significa que quienes toman parte en ella compartan en partes iguales sus responsabilidades.[/cita]

La violencia extrema de la guerra deja consecuencias profundas tanto en la sociedad como en el Estado. Para la sociedad, en primer lugar, está el trauma del uso y abuso de la población civil como moneda de cambio. No es casualidad que una norma básica de cualquier regulación bélica sea el respeto por la vida de quienes no están combatiendo directamente, así como tampoco es casualidad que los Estados se aprovechen de ello para amenazar y generar terror.

En la guerra, la incertidumbre es la única constante del día a día: los costos económicos por pérdida de trabajo o destrucción de bienes, la seguridad de los más vulnerables, la preocupación por amigos y parientes que deben partir a luchar, el riesgo de desabastecimiento o racionamiento de bienes e insumos básicos, la existencia o no de rutas seguras de escape en caso de tener que abandonarlo todo. Para el Estado, tanto para el agresor como el agredido, los costos de la reorganización de una economía civil en una economía militar son altísimos en mano de obra, tecnología, acceso a mercados financieros. La exacerbación de la retórica nacionalista para movilizar a la población apelará a todos los símbolos y emociones posibles –especialmente las pasiones más bajas–. La presión sobre los medios de comunicación es enorme para que abandonen su independencia y se transformen en meros publicistas para los que ninguna verdad es demasiado sagrada y ninguna mentira demasiado inmoral. La paranoia se transforma en una carrera sin fin por descubrir conspiradores, saboteadores, traidores en cualquier parte y cualquier motivo.

En la inmediatez y urgencia de la guerra, tal vez si lo más difícil de dimensionar son las consecuencias de mediano y largo plazo de conflictos bélicos generalizados. Aquellos niños que pierden padres y madres pasarán el resto de sus vidas culpando al agresor por una vida truncada, los heridos que no volverán a caminar, o a quienes se les gatillan enfermedades mentales, se transforman –quiéranlo o no– en símbolos permanentes del conflicto. Se “gane” o se “pierda”, el resultado de la guerra incluirá chivos expiatorios –migrantes, judíos, enemigos internos de toda clase– cuya posición en la sociedad se verá acosada. La reorganización apresurada del Estado para hacer frente al conflicto, así como sus costos para la deuda pública, transformarán por décadas la economía política nacional. Poblaciones enteras perderán sus hogares, su idioma y su derecho a la autodeterminación. La guerra es un hecho social “total”, donde ningún área de la sociedad y el Estado quedan inmunes, donde las consecuencias de las decisiones de hoy reverberarán por décadas en la política, la economía y la cultura de las zonas afectadas.

Una guerra es siempre tragedia, pero eso no significa que quienes toman parte en ella compartan en partes iguales sus responsabilidades. En la guerra de agresión que hoy Rusia lleva a cabo contra Ucrania, hay claramente una potencia invasora que busca aplastar a un vecino más pequeño y que cree inferior. Frente a una tragedia humana de estas dimensiones, el pacifismo es una reacción moral y simbólica natural: la paz será siempre un mejor camino que la guerra. Por su complejidad y envergadura, sin embargo, el pacifismo no es siempre la forma de evitar el genocidio, rescatar civiles o quitar poder a un tirano.

Una vez iniciadas las hostilidades, todos somos perdedores.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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