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Eros de primavera: la enfermedad del amor (II) Opinión Busto de Lucrecio en los jardines Pincio, Roma

Eros de primavera: la enfermedad del amor (II)

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Alejandro Reyes Vergara
Por : Alejandro Reyes Vergara Abogado y consultor
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Enamorarse es una experiencia tan exquisita como dolorosa. También loca y peligrosa. Muchos han muerto de amor en este mundo. Pese a ello, lo único que quieren tantos es estar enamorados. ¿Es una droga o una enfermedad placentera?

Para algunos, lo único que mantiene viva una relación es el Eros del enamoramiento y la atracción sexual. Dicen que si muere ese Eros, la relación está perdida.

Es curioso, porque por muchos siglos casi nadie se casaba por amor o por estar enamorado. Los matrimonios eran arreglados desde antes entre los padres de las “víctimas”. Los adolescentes llegaban al matrimonio sin conocerse. Si se enamoraban en el camino, era un milagro. Con los años podían llegar a amarse por la necesidad de sobrevivir, la costumbre y los hijos en común. Decepcionaré a las románticas y a los orgullosos de su linaje ancestral, al decirles que lo probable es que los hijos de esos matrimonios por muchos siglos no fueron “hijos del amor” o del eros enamorado, sino del sexo puro y duro ¿Un sexo “impuro”? ¿O sea derivamos del mancillado sexo sin amor de nuestros antepasados, por los siglos de los siglos? Alguien dirá que fue en cumplimiento del sagrado “deber conyugal” de procrear, lo que purificó ese sexo al cumplir su propósito natural. Al menos huele muy anticuado y a doctrina religiosa.

¿Qué es la enfermedad del amor? La idea surgió en la antigua Grecia. Estaba presente en las Tragedias, -las telenovelas de aquel tiempo-. También Hipócrates abordó científicamente la enfermedad del amor en la medicina. La melancolía, la locura y el furor tenían síntomas similares a la enfermedad del eros o enamoramiento. Así que Hipócrates metió la enfermedad del amor en el mismo saco. Y no estaba perdido, porque actualmente está confirmado que la química de las enfermedades mentales y del amor pasional son muy parecidas. El enamoramiento se parece al trastorno obsesivo-compulsivo o a la adicción a las drogas. Causa mucha energía, hiperactividad, imprudencia, exaltación. Todo ello luego se amaina, porque el cerebro no aguanta ese nivel de actividad neurológica mucho tiempo y se pausa. ¿Y con esa pausa se acabó todo? o ¿hay que inventarse una transición desde un amor del puro Eros pasional hacia uno más integral, que considere también la complicidad, la amistad y la intimidad?

Platón, en la misma época que Hipócrates, en sus diálogos “Fedro” y “El Banquete o sobre El Amor”, dejó entrever al amor del eros como una enfermedad. Dice que cuando al enamorado le sobreviene esta locura es que “contempló mucho la belleza misma”, cuando vio un rostro de forma divina, o un cuerpo que imita la idea de belleza. “Se estremece primero, y le sobreviene algo de los temores de antaño y, después, lo venera, al mirarlo, como a un dios… Le toma, después del escalofrío, como un trastorno que le provoca sudores y un inusitado ardor.”

Dice que esta enfermedad es contagiosa. Hay que evitar a los enamorados para no contraer su mal, por lo que recomienda a los muchachos y muchachas conceder sus favores a los que no aman, antes que a los que aman. Para excusarlos dice que el enamorado está “poseído por un dios” y por ello los dioses le han concedido toda libertad. Se les perdonan todas las locuras si buscan un amor bello. Cuando infringen el juramento de amor, los dioses se lo perdonan, “porque ese juramento no es válido”.

Unos 400 años después, en el siglo I a. C, apareció Lucrecio. Un poeta, filósofo y físico realmente notable y universal. Se adelantó en siglos a la teoría de la evolución, del origen de la civilización, la teoría atómica del universo, la teoría de la gravedad, etc. Lo admiraron Giordano Bruno, Montaigne, Newton, Voltaire, Darwin, Goethe y muchos otros genios. Por esos designios misteriosos de la religión, después que su obra fue leída por varios Padres de la Iglesia, los libros  de Lucrecio desaparecieron durante 1.000 años, reencontrándose en un monasterio en el siglo XIV.

Para Lucrecio la pasión amorosa también era una enfermedad peligrosa, sobre todo para el equilibrio mental. Hace un historial médico de esta enfermedad pasando por la infección hasta el colapso mental total. Recomienda no expulsar los humores del sexo “hacia donde se dirige con fuerza la fiera pasión,…donde la mente fue herida de amor” sino volver la mente a otro sitio y arrojar a cualquier cuerpo el humor acumulado y no retenerlo por el amor de uno solo, que causaría angustia y dolor seguros. Pues así “la llaga se aviva y consolida, alimentándola y día a día se acrecienta la locura y el quebranto se agrava, a no ser que disipes las primeras heridas…y las cures antes frescas errante con una Venus vagabunda o puedas dirigir a otro sitio los pensamientos de tu espíritu.”

Insiste en que “no carece del gozo de Venus el que evita el amor, sino que más bien elige los deleites que son sin sufrimiento. Pues sin duda el placer de ahí es más puro para los sensatos que para los enfermos de amor.” C.S. Lewis, interpretó esto en el sentido que para Lucrecio el amor, en realidad, perjudica el placer sexual. La emoción es una distracción que estropea la fría y crítica receptividad de su paladar. ¡Vaya Lucrecio, te las traes! ¡Es que eras epicúreo y sibarita dicen! ¿Es que habría que tener sexo sin amor o, al revés, tener amor sin sexo, o bien quizás ambas al mismo tiempo? Lo que está claro es que para ti Lucrecio, el sexo con amor sería un desperdicio. Veamos en la próxima que nos dicen Catulo y Ovidio, otros dos gigantes de esos tiempos que entraron en esta polémica sobre la enfermedad del amor.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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