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Palestina-Israel: “Sin justicia y respeto al derecho internacional, no hay paz” Opinión

Palestina-Israel: “Sin justicia y respeto al derecho internacional, no hay paz”

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Mladen Yopo
Por : Mladen Yopo Investigador de Política Global en Universidad SEK
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Hay que parar la pesadilla humanitaria en Gaza y repudiar la violencia por igual, pero en este conflicto hay víctimas y victimarios (que en escasas circunstancias cambian) y continuará, si no hay soluciones de fondo.


La brutal incursión de Hamás a Israel el 7/10, con un trágico saldo en muertos, heridos y secuestrados, y una réplica no menos barbárica de Israel, con un bombardeo masivo a Gaza con millares de asesinados, heridos y desaparecidos bajo los escombros, destrucción y más de 2 millones de personas sentenciadas por el bloqueo total decretado, han puesto nuevamente a este conflicto en la agenda internacional. La mayoría de los análisis se han centrado en temas de seguridad/militares, incluyendo definiciones de terrorismo sin mencionar la de Estado (EE.UU. califica a Hamás de terrorista y el presidente turco de “liberadores”), de guerra comunicacional (por ejemplo, relacionar a Hamás con el Estado Islámico, a pesar de las diferencias de forma y fondo) e, incluso, en los efectos de criticar a Israel.

Sin embargo, poco se han relevado causas de fondo, como el no respeto del Derecho Internacional, el rol de la derecha y del extremismo sionista, la respuesta yihadista y el fin del panarabismo o la responsabilidad de las potencias, en un conflicto de dos pueblos semitas que dejaron de ser estadísticas.  

El gran prócer mexicano Benito Juárez (1867) dijo que “entre los individuos, como entre las Naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, pero esto es algo ausente desde la Declaración Balfour (1917), donde el gobierno británico, como administrador de Palestina, apoyó la creación de un Estado judío en Palestina, sin consulta a sus milenarios residentes. Este anhelo sionista (no compartido por todos los judíos y/o israelíes, muchos propician dos Estados seguros y autónomos) empieza a concretarse antes del I Congreso Sionista (1897) con varias oleadas migratorias, alcanzando su peak en los 30, con el auge de las ideologías nazi-fascistas y el antisemitismo.

El deseo autoproclamado del “pueblo elegido” de emigrar a la “Tierra Prometida” cabe en lo que se denomina colonialismo de poblamiento; es decir, en un tipo de colonialismo en el que colonos extranjeros se mudan permanentemente a tierras ya habitadas por pueblos originarios, con el objetivo de borrarlos/reemplazarlos con una sociedad de colonos (se compara con el colonialismo de asentamiento de los bóers en Sudáfrica). 

Este tipo de colonialismo, unido a las promesas contradictorias de los británicos, generaron hostilidades entre el sionismo y el nacionalismo árabe/palestino, el que rechazaba la presencia colonial y este tipo de inmigración. En medio de la violencia –por ejemplo, las bombas al hotel Rey David, instaladas por el grupo judío Irgún– y después de varios fracasos, los británicos traspasaron el tema a la ONU, la que propuso la “solución de dos Estados” y un Jerusalén bajo control internacional (Resolución 181 de 1947). La distribución del territorio en “mitades”, a pesar de que los judíos eran minoritarios y solo tenían un 7% de las tierras, fue rechazada por los árabes/palestinos, al considerarla amenazante e injusta, mientras los judíos la aceptaron.

Israel declaró su independencia el 14 de mayo de 1948 y al día siguiente fue atacada por una amplia coalición árabe-palestina. Tras un año de combate, Israel gana y controla gran parte de los territorios disputados, produciéndose el exilio forzado de más de 800 mil palestinos en la Nakba (desastre), muchas de cuyas familias sobreviven hoy en Gaza. De ahí el conflicto entró en una dinámica de violencia con varias guerras, atentados en Israel, intifadas (rebelión liberadora) y réplicas represivas (solo en los 31 meses de la intifada de 1987, las Fuerzas de Seguridad de Israel mataron a 670 palestinos y dejaron a miles de heridos), el surgimiento de grupos radicales (Hamás, Hezbollah y la Yihad Islámica Palestina), todo en medio de un apartheid creciente del pueblo palestino. 

Una leve luz se vio con los acuerdos de Oslo de 1993, firmados por Yasser Arafat y Yitzhak Rabin, lo que les valió el Premio Nobel de la Paz en 1994, junto a Shimon Peres. En dichos acuerdos se reconoció a los dos Estados, pero quedaron pendientes temas como la devolución de propiedades, retornos de exiliados o la partición de Jerusalén. Sin embargo, hechos como el asesinato de Rabin en 1995, por un israelí de extrema derecha, sepultaron lo avanzado y ni las tratativas de Camp David en el 2000 pudieron reavivarlo.

Israel se retiró de Gaza y de Cisjordania el 2005, pero a raíz del fortalecimiento político-militar de Hamás con el triunfo electoral el 2006, se produjo una radicalización que llevó a Israel a hacer 323 incursiones en Gaza desde el 2008, con un saldo de decenas de miles de muertos y heridos. Se suma a esta violencia (Informe del 2022 de Amnistía Internacional) la imposición israelí de “un régimen de opresión y dominación institucionalizado contra el pueblo palestino donde ejerce control sobre sus derechos, fragmentando y segregando”. Hay actos crueles como la confiscación masiva de tierras y propiedades, de homicidios ilegítimos, de lesiones graves, de traslados forzosos, de restricciones arbitrarias de libertad (hay 800 palestinos detenidos sin cargos), etc. Concluye que las autoridades israelíes son responsables de crímenes de lesa humanidad. 

El secretario general de la ONU, António Guterres, tipifica a Gaza como “el infierno en la tierra”: en 360 km2 viven más de 2.3 millones de personas (más de la mitad menores). El 38% son pobres, el 54% tiene inseguridad alimentaria y más del 75% recibe ayuda. El 35% de las tierras agrícolas y el 85% de sus aguas de pesca son total o parcialmente inaccesibles por medidas militares israelíes. Se vierten al mar diariamente millones de litros de aguas escasamente tratadas. El 90% del agua del acuífero de Gaza no es potable. Un gran porcentaje de los medicamentos esenciales están agotados.

Miles de personas arriesgan sus vidas contrabandeando. Gaza está aislada, es un gueto. A pesar de esta tragedia humanitaria, después del 07/10 Israel ejecuta un bloqueo total que, de perdurar (si escapan a los bombardeos), matará de inanición a los gazatíes. Es indiscutible el derecho de defensa de Israel (art. 51 de la Carta de la ONU), pero esto está limitado expresamente por el derecho humanitario en los Convenios de Ginebra, que establecen los medios y métodos aceptables con el propósito de limitar la barbarie de la guerra. Sin embargo, ante la dificultad de distinguir entre los objetivos militares y civiles por el hacinamiento, Israel ha usado el castigo colectivo, lanzando toneladas de bombas que han matado a indefensos, destruido mezquitas, hospitales, infraestructura y campos de refugiados.

Por lo mismo, Guterres ha dicho que “el ataque de Hamás no surgió de la nada, el pueblo palestino ha estado sometido a una ocupación asfixiante durante 56 años” (visión compartida por Sari Bashi de Human Rights Watch), sin que se vean salidas viables, por ejemplo, la aceptación de resoluciones como la 181 (1947); de la 242 (1967), que “exige la retirada de las FF.AA. israelíes de los territorios ocupados”; la 252 (1968), que considera “nulas” todas las medidas de carácter legislativo/administrativo de Israel en Jerusalén; o la 267 (1969), que “deplora” que Israel no considere las resoluciones previas. 

La ONU ha emitido más de mil resoluciones desoídas por Israel con la complicidad de potencias que no reconocen los derechos históricos palestinos. Hay 7 resoluciones de la ONU solo en contra de la expansión de Israel sobre los territorios de 1947, pero lo malo es que no son vinculantes, al expresar solo “la opinión de sus órganos”, además de ser vetadas en el no democrático Consejo de Seguridad por EE.UU. 

Israel no está dispuesto a retirarse y, contrariamente, ha fortalecido los asentamientos (Netanyahu dijo que se mantendrán en Gaza). Los marcos de seguridad mundial han fallado. La ONU tiene una imagen que siembra confianza en la justica, pero a la vez se muestra como un cónclave de los poderosos y de sus intereses, a pesar del esfuerzo de sus funcionarios. Como ejemplo, la Corte Penal Internacional abrió una investigación sobre presuntos crímenes de guerra en Gaza el 2014, pero, tras un llamado de Israel, países como Canadá, Hungría, Australia, Alemania y EE.UU. cuestionaron su jurisdicción. 

En este escenario, donde la violencia esta reforzando a nuevas generaciones palestinas más nacionalistas y radicales, dirigentes moderados como el presidente Mahmud Abbas, del Al-Fatah/OLP, han visto muy erosionada su legitimidad no solo por los vacíos democráticos de su ejercicio, sino también por la insatisfacción con la Autoridad Palestina por la falta de respuesta frente a los abusos/denigración que sufren los palestinos diariamente. Fortalece la postura radical la elección de Netanyahu y de un gobierno sionista extremo que aboga por una excluyente “Tierra Prometida”, colocando a sectores extremos en su manejo. 

Al final, el conflicto no se entiende sin el colonialismo británico y sionista, sin la extrema derecha de Israel y su confluencia con el sionismo radical, sin el fracaso del panarabismo nacionalista y su reemplazo por una versión teocrática con la revolución iraní de 1978, sin una intromisión constante de las potencias en el marco de sus luchas hegemónicas y los hidrocarburos, sin el sesgo antidemocrático de los marcos de seguridad global y sin el sufrimiento diario del pueblo palestino, entre otros.

Hoy es urgente tomar medidas de distensión (cese del fuego, liberación de rehenes/prisioneros, entrada de productos básicos a Gaza), de solución viable y justa (asumir las resoluciones de la ONU y retomar Oslo con sus pendientes) y de gestión (nuevos liderazgos moderados exentos del extremismo religioso). 

Hay que parar la pesadilla humanitaria en Gaza y repudiar la violencia por igual, pero en este conflicto hay víctimas y victimarios (que en escasas circunstancias cambian) y continuará, si no hay soluciones de fondo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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