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Un tiempo apocalíptico Opinión

Un tiempo apocalíptico

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Jorge Costadoat
Por : Jorge Costadoat Sacerdote Jesuita, Centro Teológico Manuel Larraín.
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Los seres humanos, responsables del planeta Tierra, nos encaminamos al desastre a causa de malas decisiones personales y colectivas.


Nuestra existencia temporal suele ser problemática y sería extraño que no lo fuera. Nosotros(as), como seres temporales, somos problemáticos. Nuestra generación, además, vive en una época extraordinariamente compleja. Somos seres aproblemados porque debemos relacionar tres tiempos. 

Es preciso hacer una distinción fundamental entre el tiempo como medida y como circunstancia. El reloj, por ejemplo, mide el tiempo; un embarazo, en cambio, es una circunstancia de vida que se extiende por un periodo. El reloj simboliza el tiempo como “cronos”. Cronómetro, cronograma, crónico, anacrónico. El embarazo, por su parte, son nueve meses que pueden vivirse de distintas maneras. Son meses que se registran en un calendario. Pero un embarazo es un tiempo totalmente diferente para las mujeres que lo han experimentado. Puede ser horroroso cuando no es deseado o, por el contrario, maravilloso, como lo es para muchísimas mujeres. 

Algo muy parecido ocurre en un segundo tiempo de un partido de fútbol. No será lo mismo para un equipo al que le falta un punto para ganar el campeonato que para otro que, de perder, al año siguiente irá a jugar a los potreros. En la primera escuadra puede prevalecer la ansiedad; en la segunda, la angustia. Entonces, ¿qué es el tiempo? Dependerá de las expectativas de los jugadores.

Hay incluso una tercera modalidad del tiempo. Si el anterior es un tiempo dado, una circunstancia dada, otro es el tiempo creado por ejercicio de nuestra libertad. Este tiempo comienza con las decisiones o actitudes con que asumimos tanto los buenos como los malos momentos. Este es el tiempo típicamente humano: elegimos o nos elegimos. Intervenimos en el curso del acontecer con acciones que pueden cambiar nuestra vida o la historia. Son acciones trascendentes por que van más allá de la circunstancia en que nos encontramos. Volvamos al caso del partido de fútbol. El entrenador de uno de los equipos saca a un delantero y mete a un defensa porque le gusta el resultado, y no quiere correr el riesgo de que le metan un gol. Decide, crea una nueva circunstancia. Con un mero cambio el tiempo cambia.

Sabemos que la libertad es una cualidad humana que se desarrolla y que no siempre existe. Ella es fruto de largos años de liberación de condicionamientos biológicos y psicológicos. Durante la niñez son los padres, madres y apoderados quienes han de tomar las principales decisiones de la vida de un niño. Lo que caracteriza a la adultez es precisamente la capacidad de elegir por sí mismo lo que se cree más conveniente. Pero incluso los adultos no son siempre libres. ¿Puede alguien decidir qué soñar desde que se queda dormido hasta que suene el despertador? Hay realidades que no elegimos, o que pueden anular o limitar al máximo las posibilidades de elegir de los adultos: el alcoholismo, el terror que puede provocar una violación, el hambre.

El caso es que la humanidad se encuentra es una circunstancia inédita. Los seres humanos, responsables del planeta Tierra, nos encaminamos al desastre a causa de malas decisiones personales y colectivas. La modernidad capitalista, un modo de desarrollo cuyo motor es la expectativa de ganancias económicas o la avaricia, ha inaugurado un tiempo apocalíptico. Es cosa de años, de horas, de minutos. Esta, de haber sido una posibilidad, se ha convertido en un dato, una circunstancia dada. Es, por lo mismo, una vez más, un desafío máximo a nuestra libertad.

¿Podremos actuar a tiempo? ¿Cuántas décadas nos quedan? No lo sabemos. Tal vez todavía podamos impedir la catástrofe. Si no, aún dependerá de nuestra libertad elegir el modo de vivir en tiempos apocalípticos. Porque la apocalíptica es un tiempo trascendente, es el mayor reto a la espiritualidad. Lo podemos plantear así: hagamos como si la posibilidad del cataclismo es real; hagamos, a la vez, como si pudiéramos evitarlo.

Está claro que no todos tienen la misma capacidad y, por lo mismo, la misma responsabilidad en ejecutar obras de salvataje. EE.UU. y los demás países ricos son proporcionalmente los principales culpables y, a la vez, los mejor preparados para impedir la tragedia. Países pobres o chicos están muy lejos de incidir con suficiente fuerza. Y qué decir de las personas singularmente consideradas. Sin embargo, sí puede cada uno ocuparse de su metro cuadrado. Siempre habrá un vecino que agradezca la responsabilidad sobre un medio ambiente que hemos debido cuidar juntos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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