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Elecciones europeas: mareas revueltas de un mapa político fragmentado Opinión

Elecciones europeas: mareas revueltas de un mapa político fragmentado

Gilberto Aranda B.
Por : Gilberto Aranda B. Profesor titular Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.
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Los días del consenso europeísta, en que socialdemócratas, liberales y democristianos se alternaban en la administración del bloque, es cada vez más laberíntico.


El mar ha sido tradicionalmente la representación simbólica de los límites traspasados. En 1831 el artista japonés Katsushika Hokusai grabó su Gran Ola de Kanagawa provista de una cresta en forma de garra amenazando el monte Fuji. Veinte años después, el escritor Herman Melville publicó su monumental Moby Dick, introduciendo al capitán Ahab, obsesionado con adentrarse en el océano para cazar una albina ballena gigante. De igual manera, fenómenos y tendencias contemporáneas como migraciones, feminismos y democratizaciones, de dinámica poco predecible, son asimiladas a las “corrientes marinas”, que pueden tanto atizarse como cambiar su dirección, la contrafuerza o el efecto péndulo.

Hace 50 años, un clásico golpe de Estado iba a inaugurar –sin saberlo sus gestores– lo que Samuel Huntington denominó “La Tercera Ola Democratizadora” (1994), para subrayar el conjunto de inesperados cambios políticos dignos de la serie “Ripley, aunque usted no lo crea”. La Revolución de los Claveles en Portugal, el 25 de abril de 1974, fue seguida por las democratizaciones de Europa Mediterránea, pasando por América Latina, Asia y el bloque comunista centroeuropeo a través de un arco de poco más de un cuarto de siglo, uno de cuyos últimos hitos fue la transición mexicana de 2000.

El espectacular proceso se detuvo a principios del milenio para retroceder en las siguientes décadas, primero por medio de liderazgos personalistas de corte populista, más tarde con experiencias autoritarias competitivas (Levitsky, 2004), en lo que ha sido descrito como otra “marea”.

Es lo que se esperaba para las recientes elecciones europeas, y ciertamente hubo cambios en el Europarlamento de los próximos 5 años: la centroderecha tradicional (populares y democristianos) mantuvieron el primer lugar, subiendo 13 escaños con 189 eurodiputados y la centroizquierda socialdemócrata resistió en el segundo lugar, con 4 asientos menos y 135 totales.

La mayor transformación se produjo en los otros sectores, particularmente centro y costados: los centristas liberales lograron 83 representantes, diecinueve menos que hace un lustro; los ultraconservadores del Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (liderados por Hermanos de Italia de Giorgia Meloni, Ley y Justicia de Polonia y Vox, entre otros) incrementaron en 3, quedando en 72: la derecha radical y populista de Identidad y Democracia sube 9, llegando a 58 (de la Reagrupación Nacional francesa de Marine Le Pen, la Liga de Salvini, el Chega portugués y hasta hace poco Alternativa para Alemania); la izquierda posmoderna de verdes y regionalistas –otrora en cuarto lugar y ahora en sexto– cayeron a 53, es decir, 18 menos que en 2019.

Las réplicas fueron particularmente intensas en Francia y Bélgica, donde se anticiparon elecciones (con la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen prevaleciendo sobre macronistas y la izquierda; y los liberales belgas quedando cuartos tras las derechas etnonacionalistas y los socialistas). En Alemania, en tanto, se abrió un debate de continuidad gubernamental después del triunfo democristiano, seguidos por Los Verdes (aliados del Gobierno) y la postfascista Alternativa, que confinó al cuarto puesto a los socialdemócratas del canciller Scholz).

En Italia los archiconservadores de Meloni confirmaron su fuerza con 23 eurodiputados, aunque sin sacar demasiada distancia de la centroizquierda, con 19, produciéndose más bien el relevo de la derecha tradicional. Finalmente, en España los populares lograron algo más del 34% de las preferencias y 22 escaños contra el 30% del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que obtuvo 20 curules y apenas bajando un representante.

Apenas hace algunos días, Europa conmemoraba unida los 80 años de la mayor operación anfibia de la historia en las playas de Normandía: el “Día D” que en Occidente es recordado como el principio del fin del nazismo (para los rusos es la batalla de Stalingrado), que movilizó a 180 mil soldados canadienses, estadounidenses y británicos bajo mando militar único. Al evento llegaron varios jefes de Gobierno y Estado occidentales, liderados por el anfitrión francés, Emmanuel Macron, y el presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Incluso los antiguos enemigos y actuales aliados asistieron, el canciller alemán Olaf Scholz y el presidente italiano Sergio Mattarella.

La reunión fue un “aperitivo” de la cumbre del G7, la siguiente semana en Apulia, Italia, reiterándose la voluntad europea de no abandonar a Ucrania (ahí estaba el presidente Volodimir Zelensky para escucharlo). La compleja actual situación de Kiev, ante el retraso de pertrechos comprometidos por Occidente en medio de una firme ofensiva rusa en Járkov, podía verse perjudicada por un resultado adverso a la actual constelación de poder del Viejo Continente (sin contar con que un eventual regreso de Trump a la Casa Blanca podría sacar del todo a Estados Unidos de la guerra delegada).

Los días del consenso europeísta, en que socialdemócratas, liberales y democristianos se alternaban en la administración del bloque, es cada vez más laberíntico. Hace dos décadas, la forja gradual (inacabada) de una entidad supranacional, capaz de competir globalmente con otros poderes, parecía el destino ineludible. Pero vinieron los referendos, mucho antes del Brexit, como el de 2005, en que los ciudadanos franceses y holandeses votaron en contra de la propuesta de Constitución Europea.

El malestar provino originalmente de una sociedad que reclamaba en contra de una unidad con mayores ventajas comerciales para las empresas, reclamando más protección del Estado, para tener una vida como la de sus padres y abuelos. Desde ahí se deslizó hacia posiciones nativistas y globofóbicas. En 2015, Grecia protestaba contra la austeridad impuesta por el Banco Central Europeo, un año después Hungría se declaraba en rebeldía contra las instituciones europeas que establecieron cuotas migratorias y los holandeses rechazaban el establecimiento de vínculos políticos, económicos y de defensa entre la UE y Ucrania.

Sin embargo, las alarmas del euroescepticismo saltaron cuando el Brexit se impuso con los viejos sectores tories, convergiendo con la nueva derecha radical y populista, que desde esa década no para de crecer. Por ese entonces sus dardos iban en contra del euro y su plan era coincidir en los lazos culturales comunes y poco más, sin proyecto futuro. Hoy la ultraderecha ya ha probado las mieles del poder, por lo que su propuesta es “Una Europa de las naciones”, es decir, en frecuencia confederativa, sin profundizar la integración para permitir a los Estados recuperar su soberanía.

La megaelección de 4 días para el Europarlamento ha sido crucial. No solo por los 370 millones de ciudadanos convocados a votar (los segundos mayores comicios globales después del indio) los 720 escaños, un cuerpo colegiado que junto al Consejo aprueba la legislación de la Unión, además de supervisar las instituciones y ratificar los presupuestos del bloque. Los sondeos previos apuntaron a un avance ultra que podía resquebrajar el predominio de los partidos históricamente europeístas (socialistas, liberales y populares).

Las encuestas apuntaron a la inédita cifra del 25% de la Cámara en manos de los etnonacionalistas euroescépticos, lo que les conferiría un poder decisivo en la designación de altos cargos. Al final pasaron del 15% al 18%, un avance inferior al que se esperaba. Pero como ya hay varios países donde gobiernan –destacando Italia–, dicho incremento les permitirá tener una voz más fuerte en los decisivos días 28 y 29 de junio, cuando se reúna el Consejo a resolver la presidencia de la Comisión y sus altos comisionados. Para que una operación “Bruselas” de la derecha radical fructificara, aún sería necesario el concurso de los populares europeos, la derecha tradicional, que en algunos países ha sido facilitadora o socia de los populistas a su diestra.

Lo anterior también supone la unidad del nuevo conglomerado, templado en el recelo histórico a Bruselas y reluctante a toda diversidad cultural –ayer antisemita, hoy islamofóbica–, aunque dividido básicamente en dos grupos: los Conservadores y Reformistas europeos e Identidad y Democracia. La baza que los separa son las disímiles posiciones geopolíticas. Los primeros, firmemente atlantistas, defienden los lazos históricos con Estados Unidos; los segundos, sin romper del todo sus vínculos con Putin. Sin olvidar que Alternativa para Alemania y el Fidesz húngaro de Orbán, ambos sin adhesión a un grupo europarlamentario, aunque ambivalentes respecto de la guerra en Ucrania.

Los 407 escaños del bloque europeísta, más de la mayoría simple de 361, les otorga una primera chance a quienes han estado al frente de la Unión Europea. Aún así la configuración del gobierno de Europa no va a ser sencilla, con el avance de la derecha radical y populista a expensas de liberales e izquierda verde.

La titular, Ursula von der Leyen, ha dicho que espera redituar la alianza con socialdemócratas y liberales, aunque no se descarta que el grupo de los conservadores y reformistas, capitaneados por Giorgia Meloni, apuesten a ampliar su incidencia, complicando al timón tradicional. Así, la negociación por quienes presidan los altos cargos en Estrasburgo, Bruselas y Luxemburgo será en aguas turbulentas. Y como repetía el capitán Ahab, “¡Qué no conseguirá un hombre cuando desea una cosa!”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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