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Joker

por Camila González V 10 diciembre, 2019

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Señor Director:

De forma un poco extemporánea, este fin de semana vi Guasón (Joker). La película en sí estaba bastante bien lograda, tanto en sus actuaciones, música y paleta de colores. Y, por supuesto, destaca y conmueve la representación de Arthur, un personaje rezagado de la sociedad, víctima de un sistema que minimizó y anuló su existencia por años, portador del dolor de la indiferencia.

Terminé de verla con una sensación de pesadez y melancolía. ¿Y qué es lo más triste de todo esto? Que nosotros como espectadores logramos ponernos en el lugar de Arthur Fleck, y así logramos empatizar y entender varios puntos de su conducta totalmente desviada de lo estándares sociales.

Para contextualizar, Arthur –quien después se transforma en el mítico personaje Guasón– fue adoptado por una madre que presentaba claros problemas psiquiátricos. Permitió que una de sus parejas abusara sexualmente del niño, se mantuvo con desnutrición severa por tiempo, recibió golpes reiterados, desarrolló problemas psicológicos que no pudieron ser atendidos en tiempo y forma, entre otros factores. Pasó a una adultez en donde fue incomprendido tanto por la sociedad misma como por sus pares. Buscó ayuda, auxilio, pero de ninguna manera pudo salir adelante: el Estado mismo le da la espalda al no prestarle asistencia médica y contención sicológica cuando lo necesitaba, sus compañeros de trabajo y amigos –o al menos aquellos individuos que él pensaba que eran sus amigos– se mostraron crueles en su trato, su propia madre le mintió por años –siendo también su madre una víctima de un sistema podrido– y, en general, cada instancia en la que pudo ser ayudado, fue sumamente ineficaz.

Así, nuevamente, una película golpea fuerte, haciendo eco con nuestra realidad país actual. ¿Cuántos Guasones habrá hoy en nuestra sociedad, marchando en las calles? ¿Cuántos Arthur Fleck ya han sido víctimas del Estado de Chile, de la indiferencia de la sociedad chilena?

Sin ir más lejos, deseo tomar la historia de un joven llamado Cristóbal, quien es más recordado y conocido como el Cisarro. Este joven fue el décimo hijo de una madre narcotraficante, su padre lo dejó en el abandono completo. A los 10 años comenzó su carrera delictual, maniatando y asaltando a personas en sus hogares. Tuvo un tratamiento farmacológico y psiquiátrico, dirigido por el doctor Rodrigo Paz, y en esos momentos el joven Cristóbal pudo tener una vida medianamente normal. Luego, dejando el tratamiento, volvió el joven Cisarro. Actualmente, a sus 21 años, arrastra un amplio prontuario delictual.

Cuando Cristóbal delinquió por vez primera, agentes estatales de la época se adelantaron, anunciando profundas reformas al Sename, asegurando que no habría más casos de esa naturaleza. Pero la realidad ha sido muy lejana a lo prometido y pretendido por ellos.

Vivimos una época de reformas sociales, de descontento, de alza de la voz. Este descontento se manifiesta en las calles, en la cotidianidad… y los que están en la primera línea, los que tienen el corazón y el alma herida por el abandono, son los pequeños Cisarros, incipientes Guasones, que no pueden mostrar otra cosa distinta a lo que han recibido por parte de la desidia e ineficacia de los gobiernos de turno y de la sociedad.

No puedo justificar de ninguna manera la violencia que siente un niño del Sename que lo lleva a romper una señalética, pero tampoco puedo sentirme ajena y cerrar los ojos frente a la triste realidad de abandono y vejaciones que le tocó vivir.

Y, tristemente, como espectadores de una desconsolada película, vemos el dolor de estos jóvenes desde fuera, sintiendo una empatía similar a la que sentimos cuando vemos al destruido personaje de Joaquin Phoenix, con la diferencia de que este estallido no sucede en ciudad Gótica, sino en Santiago de Chile, y el Guasón no es un solo individuo, sino que son varios jóvenes que viven cercanos a nosotros y son reales. Lo bueno es que esta historia aún no se ha terminado de escribir y aún existe un atisbo de esperanza en un futuro cercano.

Camila González V.

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