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Extraños en Palacio

por 12 agosto, 2018

Extraños en Palacio
Aunque sea hoy más frecuente en nuestro país identificar trayectorias “atípicas” de políticos que adquieren prominencia en el espacio público, como “liderazgos ciudadanos” o “tecnopolíticos” con apariencia republicana, la política como oficio y “saber hacer” se resiste a morir. Probablemente, lo más destacado de este cambio de gabinete casi trivial, consiste en volver a preguntarnos sobre qué resulta adecuado en política y cuáles son las competencias habilitantes para un político. Todo ello en un contexto en el que la subestimación de la política parece ser un rasgo transversal desde la UDI a la izquierda del Frente Amplio.
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Por mucho que se moderen las formas, los cambios de gabinete son síntomas que vale la pena mirar con atención. Ciertamente son síntomas del desempeño político de una administración y también factores del desempeño futuro. En su dramatismo, éste cambio no fue comparable con el cambio de gabinete a los 126 días de asumir Bachelet en 2006, que significó la salida de Zaldívar del Ministerio del Interior, de Íngrid Antonijevic de la cartera de Economía y de Martin Zilic del Ministerio de Educación al calor de intensas protestas estudiantiles.

Creímos durante el día que podría ser un cambio de mayor envergadura. Durante el día se rumoreó que la decisión presidencial incluiría, además del Ministro de Educación Gerardo Varela, al Ministro de Salud y al Ministro de Economía. Eso no ocurrió y al final solo Varela y la Ministra de Cultura Alejandra Pérez abandonaron el gobierno de Piñera. El común denominador de este grupo, todos ellos respetables profesionales, fue una especial inadecuación comunicacional que los caracterizó y que hizo perder control de la agenda al Gobierno con frases torpes y errores no forzados. Todos ellos, de una imprudencia ingenua, demostraron su excentricidad como parte del gobierno y su incompatibilidad con el espacio de la política formal.

Los gobiernos en Chile, después de la “luna de miel” han caído en el apoyo de la opinión pública casi sin excepción desde 1990, y la mayor parte de las veces esta caída continúa durante los segundos años. ¿Logrará este cambio en el equipo detener esta tendencia que afecta al gobierno de Piñera desde junio pasado? El problema mayor no parece ser la fluctuación en el respaldo de la opinión pública, sino las competencias para la función pública del personal de este gobierno y también de ambas administraciones de Bachelet, marcadas por una promesa de renovación generacional verdaderamente amarga.



Aunque sea hoy más frecuente en nuestro país identificar trayectorias “atípicas” de políticos que adquieren prominencia en el espacio público, como “liderazgos ciudadanos” o “tecnopolíticos” con apariencia republicana, la política como oficio y “saber hacer” se resiste a morir. Probablemente, lo más destacado de este cambio de gabinete casi trivial, consiste en volver a preguntarnos sobre qué resulta adecuado en política y cuáles son las competencias habilitantes para un político. Todo ello en un contexto en el que la subestimación de la política parece ser un rasgo transversal desde la UDI a la izquierda del Frente Amplio.

Desde el sector privado y desde la calle parece ser muy fácil opinar como gestionar y resolver los asuntos públicos y administrar el Estado. Nuestra cultura neo-victoriana que a ambos extremos del sistema desconfía y recela frente al oficio del político, que se escandaliza y se frustra, pero no resuelve prácticamente nada, no parece entender mucho de las complejidades de lo público-estatal. Quizás Piñera y Larroulet desde el segundo piso lo entendieron mejor en estos días. El breve paso de estos extraños inquilinos de Palacio nos recuerda un cuento de Mark Twain: “así pereció el niño bueno que lo hizo todo lo mejor que pudo, pero al que no le salió nada como en los libros.”

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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