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Andrés Aylwin: el hombre sagrado de Martí

por 24 agosto, 2018

Andrés Aylwin: el hombre sagrado de Martí
Aunque fue siempre un disciplinado militante DC y, por lo mismo, un abierto opositor al Gobierno del Presidente Salvador Allende, la figura quijotesca de don Andrés es muy querida y respetada por quienes militamos en la izquierda. No solo se trata de uno de los que suscribió la “Carta de los 13”, se trata de ese abogado que, convencido de la justeza de sus convicciones, solicitó una entrevista en octubre de 1973 con el entonces presidente de la Corte Suprema, Enrique Urrutia Manzano, para manifestarle su preocupación por las arbitrariedades y abusos que se estaban cometiendo. Tal vez para las nuevas generaciones su nombre represente icónicamente la defensa de los DDHH a partir de lo que han leído o de lo que les han contado sus padres y abuelos, pero lo cierto es que, por más palabras que usemos para tratar de destacar y relevar su figura, seguramente quedaremos en deuda.
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“Cuando hay muchos hombres sin decoro,
hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres.
En esos hombres van miles de hombres,
va un pueblo entero, va la dignidad humana.
Esos hombres son sagrados.”

José Martí, “Tres héroes"

Cuesta escribir sobre alguien de quien se ha dicho tanto. Cuesta, porque uno siempre busca encontrar una mirada nueva o distinta sobre su vida o su obra. Porque es, además, aún más difícil hablar acerca de alguien que es valorado, respetado y reconocido transversalmente, como es el caso del recientemente fallecido ex diputado DC, Andrés Aylwin.

Tal vez para las nuevas generaciones su nombre represente icónicamente la defensa de los Derechos Humanos, a partir de lo que han leído o de lo que les han contado sus padres y abuelos. Sin embargo, la trayectoria de don Andrés es mucho más que su consecuente e inclaudicable defensa ante las violaciones de estos en dictadura.

Porque, además de provenir de una familia de dilatada trayectoria pública, donde su padre Miguel fue juez, su hermano Patricio fue senador y Presidente de la República, y su hermano Arturo fue por largos años Contralor de la República, Andrés Aylwin fue elegido diputado en 1965, 1969, 1973, 1990 y 1994, siempre por el mismo territorio que comprendía a su querido San Bernardo.

Y aunque fue siempre un disciplinado militante democratacristiano y, por lo mismo, fue un abierto opositor al Gobierno del Presidente Salvador Allende, la figura quijotesca de don Andrés es muy querida, cercana y respetada por quienes militamos en la izquierda del espectro político nacional.

No solo se trata de uno de los dirigentes del PDC que suscribió la denominada “Carta de los 13”, que firmaron un conjunto de dirigentes y militantes de la falange dos días después del golpe, entre ellos, Radomiro Tomic, Bernardo Leighton, Mariano Ruiz-Esquide y Belisario Velasco, en que condenaban categóricamente el derrocamiento del Gobierno constitucional.

Se trata de ese abogado que, convencido de la justeza de sus convicciones, solicitó una entrevista en octubre de 1973 con el entonces presidente de la Corte Suprema, Enrique Urrutia Manzano, para manifestarle su preocupación por las arbitrariedades y abusos que se estaban cometiendo en contra de chilenos y chilenas. Como sabemos, la postura del máximo tribunal se alineó con la tesis de la “guerra interna” y los “salvadores de la patria”.

Una frase que el propio Aylwin dijo homenajeando a Bernardo Leighton en 1995: “No es la política la que está ausente en el corazón de las masas, sino la forma de hacerla, donde el poder por el poder desplaza la lucha consecuente por grandes ideales y valores”. Por eso, por más palabras que usemos para tratar de destacar y relevar la figura de don Andrés, seguramente quedaremos en deuda, porque no hay forma de abarcar y describir ese aporte cotidiano, intelectual, moral, ético que este enorme ser humano dedicó a cada tarea que emprendió, desafiando cualquier dificultad.

Ese mismo decidido profesional que, pese a los amedrentamientos que recibía, junto a otros valientes abogados dirigieron una carta a los cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA) reunidos en Santiago, en junio de 1976, llamando su atención sobre la arbitrariedad que se expresaba en los tribunales chilenos, para los cuales solo bastaba el informe de la Dina para negar detenciones, cerrar investigaciones y denegar la justicia.

Fue por esto mismo que Andrés Aylwin debió sufrir, entre enero y marzo de 1978, la relegación impuesta por la dictadura en la localidad de Guallatire, en la comuna de Putre, a más de 3 mil metros sobre el nivel del mar, desde donde debió salir, por motivos de salud, siendo trasladado al sector de Molinos, a unos 60 kilómetros de Arica.

A pesar de ese “castigo”, cuando regresó siguió participando en el Comité Pro Paz y en la Vicaría de la Solidaridad, siendo además elegido como presidente de la Agrupación de Abogados Pro Derechos Humanos y director de la Comisión Contra la Tortura.

Es por todo esto y muchas cosas más, que la figura política y republicana de don Andrés se agiganta como referente y ejemplo a seguir. Es por ello que fue la propia Cámara de Diputados la que respaldó, en 1992, la postulación que organismos y organizaciones de Derechos Humanos hicieron de su nombre como candidato al Premio Nobel de la Paz. Por lo mismo, fue la bancada del PS la que el 2015 promovió la realización de un homenaje en vida a su trayectoria, teniendo el privilegio de contar con su presencia y la de su esposa, Mónica Chiorrini, en la Sala.

Esta semana también recordamos la partida, hace ya una década, de otro gran ejemplo legislativo, profesional, político y humano, también una figura destacada e inolvidable de la defensa de los derechos de las personas, Juan Bustos, quien falleció estando en ejercicio del cargo de presidente de la corporación.

La coincidencia entre ambas figuras se puede sintetizar en una frase que el propio Aylwin dijo homenajeando a Bernardo Leighton en 1995: “No es la política la que está ausente en el corazón de las masas, sino la forma de hacerla, donde el poder por el poder desplaza la lucha consecuente por grandes ideales y valores”. Por eso, por más palabras que usemos para tratar de destacar y relevar la figura de don Andrés, seguramente quedaremos en deuda, porque no hay forma de abarcar y describir ese aporte cotidiano, intelectual, moral, ético que este enorme ser humano dedicó a cada tarea que emprendió, desafiando cualquier dificultad.

Por eso, como lo señala José Martí en su texto “Tres héroes”, Andrés Aylwin era, sin duda alguna, de esos hombres que “tienen en sí el decoro de muchos hombres”. Un hombre de aquellos que portan una dignidad humana que los hace sagrados.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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