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Algunas lecciones que dejó Bolsonaro

por 14 octubre, 2018

Algunas lecciones que dejó Bolsonaro
Nos queda leer bien esto. Comprender que hay descontento, malestar con la sociedad de los privilegios, con la distancia entre ricos y pobres. Que si no es decodificado histórica, sociológicamente y que, los más importante, nos haga hablar los lenguajes que la ciudadanía exige -siempre en el marco del respeto a la democracia y los derechos humanos-, no es loco pensar en que ese 50% de votos que no se manifestaron en la elección pasada en Chile, puedan ser seducidos por una versión criolla de un “Trump tropical”.
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El shock de tener a Bolsonaro cerca del gobierno todavía no pasa. El miedo de mujeres, negros y de la comunidad LGBT, se siente en el aire en Brasil. Te lo dicen. Los más triste para todos ellos es que hubo una masa de 49 millones de personas que fueron a votar por el candidato que pregona el odio contra sus identidades y cuerpos.

Varios factores explicarían este fenómeno. El primero es la fragilidad de la democracia brasileña, que tiene apenas 30 años. Una ciudadanía poco habituada al diálogo, en parte dogmática por mezclar religión y política, junto con cierto acostumbramiento al estilo del caudillo local -ese que antes como dueño de la hacienda en el siglo XIX hacía negocios usando el Estado como extensión de sus activadas privadas en el ámbito público- y que en sus lógicas de gobernanza nunca ha tenido en esencia la participación, sino la obsecuencia al líder. Poco de eso a cambiado.

A esa tradición autoritaria hay que agregarle la cultura de la esclavitud. Un país que sólo en 1888 decidió proscribirla y que convivió con ella 400 años, ha mantenido hasta el día hoy rasgos de esta y por lo tanto, sus prácticas. Desde la matanza a la juventud negra en las favelas -la política de seguridad del gobierno-, pasando por su precariedad laboral y la discriminación develada tanto en el ámbito laboral como en la educación, Brasil ha cultivado lo que Jesse Souza llama “un odio al pobre”.

Es una suerte de sentimiento de las clases altas que, habiendo sido esclavistas, hoy se resisten a convivir en un marco de igualdad de derechos con el negro y el pobre. Su odio ha sido canalizado en el PT, que dicen ellos quiere llevar el país a convertirse en Venezuela. En eso, una clase media alta y media, siendo ésta última el mejor pregonero de los valores que la élite ha cultivado, con una precaria formación democrática después de su ascenso en los gobiernos del PT, se ha encargado de ser el portavoz de ese odio furibundo a lo que ellos fueron y son, pero que ven en otros.

Finalmente, expresivo es el hecho que los principales bolsones de votos de Lula están en el nordeste, la región más pobre de Brasil. Lugar siempre olvidado, donde las políticas del PT dieron condiciones mínimas de vida y sobre todo dignidad. En el lado inverso, las regiones del sudoeste -São Paulo y Río de Janeiro-, Minas Gerais y el sur del Brasil -Porto Alegre, Santa Catarina y Río Grande do Sul-, fueron los lugares donde el apologista de las dictaduras latinoamericanas tuvo sus principales adherentes.  El hijo de Bolsonaro fue electo diputado federal por São Paulo con la mayor cantidad de preferencias registradas en la historia de Brasil (1.814.443 votos). Claramente una lucha de clases.

A eso hay que agregar el rol de la prensa. Una hegemónica, constructora de imaginarios y representaciones, qué focaliza en Lula y el PT el origen de la corrupción. Sabido es que eso no puede estar más alejado de una explicación coherente, porque si bien el PT erró, jugaron con reglas ya definidas, lo que podríamos llamar la cultura de la corrupción, una práctica enquistada desde los orígenes de Brasil. Ejemplo es la alianza del PT con la centro-derecha (MDB, el partido de Temer) que permitió cierta estabilidad con la clase política tradicional y que a la larga, dio continuidad a muchas de esas prácticas. Casos como el “Mensalão” y el “Lava Jato” dan cuenta de ello.

El último elemento que agregaría sería el judicial y político. Creadas las condiciones culturales para este escenario en extremo polarizado, el poder judicial ha intentando actuar contra la corrupción, pero lanzó todos sus dardos contra un sector. Nuevamente, el PT. Elevó a héroe a un juez como Sergio Moro, que habiendo transgredido cuatro veces sus facultades establecidas en la Constitución, se convirtió en el  paladín de la anticorrupción. El problema fue su evidente tendencia política, fotografiándose por ejemplo con João Doria, candidato a la gobernación de São Paulo por el PSDB. Otro ejemplo de la trastocada imparcialidad del Poder Judicial fue la disputa de los último días entre los jueces del STF para permitir a Lula dar o no entrevistas, lo que ha sembrado en Brasil muchas dudas lo que podríamos llamar la partidización del sistema judicial brasileño.

En esa misma línea y cómo último de los hechos que podemos mencionar en esta maraña que es la elección de Bolsonaro, es el golpe contra Dilma, un fenómeno político que tuvo varios pies. El primero es la prensa, que con la manipulación de las protestas del 2013 contra la corrupción, las que eran transversales a la condena hacia los partidos políticos, los gremios empresariales como la FIESP y algunos grupos liberales que usaron las redes sociales para esparcir fake news, fueron convertidos por TV Globo en una maniobra política que en nada combatió la corrupción, sino que fue la manifestación tangible de ese odio al pobre y a un proyecto que con sus defectos y errores, estaba haciendo de Brasil un país más igualitario.

Esto decantó en un gobierno como el Temer, el más impopular en la historia de Brasil, que con una agenda liberal y pro mercado, destruyó 20 años de avances en derechos sociales.

Hoy Brasil volvió al mapa del hambre de la ONU, un 70% de las personas vio disminuida su calidad de vida después de 2016, se aprobó una reforma laboral que reduce los derechos de los trabajadores y la política más aberrante de todas, un techo de gastos en educación y salud de 20 años, condenando a su pueblo a la miseria y la exclusión, la gente necesita y ruega por un salvador. Con el país sofocado, se ha constituido una sociedad desconfiada de la democracia y sus acólitos, por eso han buscado un mesías -como algunos llaman a Bolsonaro- alguien que los salve a ellos, sin importar ni la pobreza, la desigualdad ni la discriminación. A ellos, sólo a ellos. De proyectos colectivos nada.

Ahí entonces vemos que no opera racionalidad ni espíritu cívico. Es el anhelo sustentado en la fake news, la gran estrategia de Bolsonaro difundida por WhatsApp de maneras nunca antes vistas, de no acercarse al diferente y de salir de una crisis incubada en un tipo de corrupción, deliberadamente mantenida por los poderes económicos del país.

Finalmente, expresivo es el hecho que los principales bolsones de votos de Lula están en el nordeste, la región más pobre de Brasil. Lugar siempre olvidado, donde las políticas del PT dieron condiciones mínimas de vida y sobre todo dignidad. En el lado inverso, las regiones del sudoeste -São Paulo y Río de Janeiro-, Minas Gerais y el sur del Brasil -Porto Alegre, Santa Catarina y Río Grande do Sul-, fueron los lugares donde el apologista de las dictaduras latinoamericanas tuvo sus principales adherentes. El hijo de Bolsonaro fue electo diputado federal por São Paulo con la mayor cantidad de preferencias registradas en la historia de Brasil. Claramente una lucha de clases.

Nos queda entonces leer bien esto. Comprender que hay descontento, malestar con la sociedad de los privilegios, con la distancia entre ricos y pobres. Que si no es decodificado histórica, sociológicamente y que, los más importante, nos haga hablar los lenguajes que la ciudadanía exige -siempre en el marco del respeto a la democracia y los derechos humanos-, no es loco pensar en que ese 50% de votos que no se manifestaron en la elección pasada en Chile, puedan ser seducidos por una versión criolla de un “Trump tropical”.

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