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Del “hambre” por la democracia a una democracia sin hambre

por 21 diciembre, 2019

Del “hambre” por la democracia a una democracia sin hambre
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Tanto en los días previos a asumir la presidencia, como en el discurso ante la Asamblea Legislativa el pasado 10 de Diciembre y en sus primeros días de gobierno, Alberto Fernández se debate en encontrar algún concepto, metáfora o idea-fuerza que sirva de aglutinante y motivación en medio de la crisis y que se muestre capaz de superar o al menos poner por un tiempo entre paréntesis a la ya famosa “grieta”: un conjunto de prejuicios, divisiones y caricaturas difíciles de zanjar solo con voluntarismo y buenos modales ya que se asientan en viejos clivajes de la cultura política nacional como civilización y barbarie; peronismo y antiperonismo; o el más reciente entre neoliberalismo y populismo.

El recuerdo y la emulación que hace frecuentemente Fernández de la figura de Raúl Alfonsín (presidente argentino entre 1983 y 1989) no es entonces solo admiración, sino que está cargada de paralelismos: ambos asumen el Ejecutivo cercados por un dramático endeudamiento externo; el contexto internacional y regional no los favorece y hasta lo aísla y en el plano interno se heredan hondas divisiones (aunque las actuales son más bien retóricas en comparación con la sangre derramada en dictadura – y antes también). No obstante, el mayor paralelismo puede encontrarse en la búsqueda que los dos dirigentes realizan de una idea-fuerza que renueve el escenario, que entregue una nueva visión de conjunto y que permita tanto superar conflictos facciosos como justificar los esfuerzos que toca realizar en un contexto de emergencia. Se trata de encontrar algo así como lo que el ya muy citado Ernesto Laclau denomina un significante vacío: un concepto o imagen amplio y polisémico para ser comprendido de diversos modos, pero capaz de construir una cadena equivalencial con demandas disímiles, pero comparables. Si para Alfonsín fue la democracia el concepto que podía llenarse de diversos modos y con diversas expectativas de acuerdo a la posición ideológica y social de los diferentes enunciadores y adherentes; ¿cuál es la idea-fuerza que cumpliría esa función en el discurso de Alberto Fernández y del peronismo nuevamente en el poder? Al menos en lo que puede registrarse en sus primeras apariciones públicas y en los proyectos a enviarse al Congreso, ese significante vacío pareciera ser el hambre y el concomitante llamado a la solidaridad que obliga a privilegiar la agenda alimentaria tanto en lo relativo a la atención social como en la producción y en la comercialización.

Claro que hasta allí llegan las similitudes entre ambos. Alfonsín, como buen radical, partía de la autonomía de lo político: la democracia era un bien supremo desde el que se confiaba que permitiría ir avanzando en la solución de otros males atávicos (la famosa fórmula, “con la democracia se come, se cura y se educa”). En cambio, para Fernández, como buen peronista, lo político se concibe siempre imbrincado a lo social. No son las reglas del juego ni la transparencia y justicia de los procedimientos los que por sí solos permiten aunar libertad con igualdad y solidaridad. La libertad no se concibe en abstracto, sino en un permanente juego de tensión con la necesidad, en un barro en el que los conflictos pueden emerger y hasta la violencia no queda completamente excluida, mal que le pese a Hannah Arendt en su elogio de la revolución norteamericana en comparación con la francesa.

Ahora bien, si la idea de democracia tiene todos los atributos como para funcionar discursivamente como un significante abstracto, el hambre es bien concreto. No es nada flotante o vacío como lo saben los millones que lo padecen diariamente en un país exportador de alimentos. ¿Será entonces la idea del hambre suficiente como visión aglutinadora y capaz de abrir nuevos proyectos colectivos? ¿Es capaz de superar las divisiones existentes o abrirá nuevos conflictos de solución incierta? El desafío es otorgar a la idea e imagen del hambre y la solidaridad la abstracción y universalidad que le sobraban a la democracia. También aquí hará falta recuperar imágenes superadoras y por qué no algo utópicas, equivalentes y transversales aprovechando también que la democracia como régimen goza de buena salud en la Argentina: ir mucho más allá del asistencialismo y de la emergencia recordando que alrededor de la alimentación se ponen en juego varias agendas y prácticas de transformación social y de superación de modos de vida no sustentables social y ambientalmente: las que nacen de la vinculación entre consumo responsable, economías de subsistencia, agroecología, recorridos cortos de comercialización, soberanía alimentaria y, last, but not least, dando espacio a la capacidad innovadora demostrada por los agentes productivos y científicos en las agroindustrias regionales.

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