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La profecía de la elección presidencial de Sebastián Piñera, el antecedente olvidado de la crisis social

por 19 enero, 2020

La profecía de la elección presidencial de Sebastián Piñera, el antecedente olvidado de la crisis social
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Para encontrar los antecedentes de la actual crisis, entre los análisis políticos se han barajado diversas hipótesis. Probablemente una de la más aceptada se remonta treinta años atrás. Desde la época de consolidación del modelo de capitalismo “chileno”, luego de la imposición del mismo por parte de la dictadura. Entonces, se habría comenzado a profundizar un sistema perverso de vindicación de la inequidad a través de índices mortificantes de crecimiento económico a los que accede sólo una pequeña parte de la población. Lo que se olvida es que hace no más de dos años atrás, en la elección presidencial, la población votante (menos del 50% de los electores habilitados) dirimió democráticamente por Sebastián Piñera, elección que en una primera mirada parece vindicar -con la entrega del cetro a una de las fortunas más grandes y de tendencias liberales del país- el Sistema. De hecho, Piñera ganó holgadamente en dichas elecciones para mantener el status quo liberal del país, dando origen a hipótesis del tipo: “lo que el dinero puede comprar”.

La elección de Piñera prefiere olvidarse, no sabemos qué hacer con ella, aunque en realidad represente un antecedente de importancia para la actual crisis. El Presidente Sebastian Piñera gana con un importante componente de protesta fundamentalmente a la Izquierda del país. Figura burlada, empequeñecida y raramente respetada por la población, su regreso a la moneda no representa la consagración de su figura. Exterioriza, por el contrario, la derrota del partidismo nacional. Ya entonces, ese voto fue una protesta. Fue un voto que auguraba la crisis social que hoy vivimos. El mensaje era claro. La injerencia de la política en un contexto en que el peso del capital privado es de tal espesor implicaba una burla al real alcance del actuar de la política. En centros de votación y mesas era extraordinario localizar un voto convencido por Piñera. Lo que se eligió fue una caricatura que oprobiaba la clase política en general. Este voto -y la desconfianza que llevaba aparajada- presagiaba las movilizaciones que en la actualidad se desarrollan. La izquierda institucional -comúnmente más asociada a las demandas sociales- no fue capaz de confesar el estrecho límite que su actuar poseía en el sistema capitalista en el que vivimos. Y esa omisión -esa mentira- fue sancionada por la población y daría el combustible necesario para las movilizaciones actuales cuya desconfianza ya trasciende a la clase política.

Hoy, estos movimientos se extienden al reconocimiento -que solo los políticos no parecen ver- del descontrol de la posesión del mercado chileno en las manos de unos pocos. Sin esa apertura de reconocimiento, las reformas políticas que hoy se tratan de imponer parecen maquetas de niños. Pues como indica Fernando Atria, en un sistema como en el que vivimos la necesidad de una nueva constitución no es más que el fortalecimiento que la ciudadanía entrega a la clase política para que garantice un sistema de control sobre el libre mercado. Reconocer el significado del factor Piñera permite comprender mejor esta crisis. El problema ya no es sólo que se desconfíe de los políticos y que por ello las movilizaciones continúan a pesar de reformas que parecieran tan significativas como el de que la derecha ampare un plebiscito para la creación de una nueva constitución. El voto piñerista fue una forma de romper los lazos de la ciudadanía y el estado formal para que esta misma ciudadanía evitara responder a representaciones políticas cuyas agendas están atravesadas de un ethos que consigna la capitalización de los derechos cívicos y humanos. Si se revisan los discursos desarrollados en los últimos tiempos, la desigualdad no se comprende como un fenómeno interseccional atravesado por índices como el de clase, ‘raza’ y origen, esto es de diversos capitales simbólicos en disputa.

Pero en la calle, la desigualdad no sólo posee signos de pesos, aunque vanamente se la intente atacar a través de medidas de alza de pensiones y garantías en el ámbito de la salud. La desigualdad, hoy es mucho más que eso. Es una forma de confrontar la vida con un capital de valores diversos. Es una forma de redefinir la dignidad más allá -incluso- de reformas monetarias. En su conjunto, este movimiento social, es un accionar por la dignidad. No se trata de acceder a subvenciones meramente “higiénicas” para garantizar la sustentabilidad de la sociedad, tales como condiciones materiales mínimas, como pensiones suficientes, acceso a salud razonable, transportes accesibles, etc. La dignidad tiene que ver con valores sociales como la igualdad de oportunidades al nacer, la reivindicación positiva de los orígenes, la libertad efectiva de elegir y desarrollarse, el reconocimiento intersubjetivo de la igualdad de nuestros derechos, que nunca más se escuche “roto ándate a tu población roto” o “esta playa es mía, ustedes no pueden estar aquí”. La ceguera de Piñera se ha transformado en un lente que permite vislumbrar el largo trecho que se extiende para, finalmente, convertirnos en ciudadanos dignos.

 

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