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La dimensión transformadora de la peste

por 10 abril, 2020

La dimensión transformadora de la peste

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Es probable que la actual pandemia genere cambios en nuestros estilos de vida y en nuestra forma cada vez más digital de socializar. Sabemos que grandes catástrofes han sido elementos catalizadores de transformaciones de la realidad social. Así, por ejemplo, la peste bubónica contribuyó a erradicar el sistema feudal en Europa y la Gran Depresión del 29 contribuyó a un cambio radical entre las relaciones Estado-mercado. Con base en esto, distintos intelectuales han sugerido que la actual crisis pandémica podría traer consigo una dimensión transformadora que cuestione nuestro actual modelo de vida cosmopolita-liberal y nuestros sistemas de relaciones tanto económico-capitalistas, como aquellas sociales e internacionales.

Algunos piensan que la actual crisis viral es un indicio de una crisis de nuestra civilización o la muerte de un paradigma cultural. Esto daría origen a transformaciones de nuestro sistema capitalista y liberal-cosmopolita fundado en las libertades individuales. Es aquí, en esta interpretación cultural de la pandemia, donde subyace su mayor riesgo a largo plazo para nuestra civilización y progreso. El peligro principal, fuera del aspecto biológico, es intelectual y cultural, en cuanto a que la pandemia es leída como un indicio de que hemos llegado al final de una forma de civilización y que, por ende, esta debería transformarse radicalmente.

La gran amenaza del virus a nuestros procesos civilizatorio-liberales es entonces, como lo sugirió Carlos Peña, la “dimensión intelectual de la peste”. Ya que se ha oportunistamente argumentado que es precisamente el modelo capitalista globalizado, basado en el individualismo y la propiedad privada, uno de los elementos perniciosos más agravantes de esta crisis biológica. Así, se puede vislumbrar –y con cierto grado de maniqueísmo– un manejo (o dimensión) intelectual de esta crisis viral que se concentra en dos grandes críticas y amenazas con una visión transformadora, y acaso destructiva, para nuestro modelo de civilización.

Primero, existe la amenaza transformadora a los procesos capitalistas cosmopolitas basados en la libertad individual. Se ha planteado que esta crisis demuestra que no es necesario vivir ni de forma cosmopolita-individualista, ni manteniendo tampoco nuestras actuales formas de producción internacional, las que han sido exacerbadas por el capitalismo liberal. Se argumenta que el capitalismo y la globalización han exacerbado nuestros sentimientos de competitividad y egoísmo, erosionado nuestros sentimientos de comunidad y solidaridad, haciendo más difícil el combatir la pandemia. Pero estos argumentos, aparte de ser meros lugares comunes y frases hechas, resultan bien poco convincentes.

Es necesario reconocer que ha sido gracias a nuestros actuales modelos capitalistas e individualistas de vida, que los individuos hoy poseen mayores espacios y mejores condiciones materiales por metro cuadrado para poder afrontar un aislamiento extendido. El trágico caso de los contagios en India y la periferia de Buenos Aires –donde la gente vive hacinada, pero en comunidad– es paradigmático de la condición opuesta. De hecho, es gracias a nuestros estilos individualistas de vida y al capitalismo, que genera creación destructiva, que hoy podemos mantener cuarentenas privadas, alejándonos físicamente de lo demás, pero manteniendo aún nuestros vínculos sociales, económicos y colectivos, todo esto sin tener que renunciar tampoco a nuestra calidad de vida “burguesa”. La manera cómoda con la cual hoy la población afronta la pandemia –sentados en sus sillones viendo Netflix y haciendo reuniones sociales por Zoom– dista bastante de cómo otros sistemas (no capitalistas) han lidiado con pandemias.

Lo más probable es que aquellos mismos críticos del capitalismo serán los primeros en celebrar a la ciencia y a los científicos –que trabajan en empresas privadas– cuando encuentren una cura comercialmente viable para el COVID-19; sin reconocer, a su vez, la relevancia del contexto globalizador y capitalista que puede hacer dicha cura no solo posible, sino también económicamente accesible para todos. Nadie criticará posteriormente ni a la globalización ni al lucro individualista cuando empresas privadas usen aviones, patentes y tecnología capitalista para distribuir y comercializar de forma económica la cura del virus en todo el orbe.

Segundo, existe una amenaza a los sistemas democráticos occidentales de gobierno, basados en las democracias liberales y en las defensas de la soberanía individual (el empoderamiento del ciudadano). Se argumenta que los gobiernos que han sabido responder mejor a la crisis han sido aquellos asiáticos basados en sistemas autoritarios-policiales y de vigilancia digital, en donde las libertades individuales –en particular las libertades digitales, de expresión y de movilidad– son restringidas y constantemente vigiladas. Así, se tratará de publicitar de forma engañosa a aquellos sistemas de organización de Estado policial-digital, que son más controladores y autoritarios, como los únicos capaces de responder con éxito a estos tipos de crisis y salvaguardar nuestras vidas biológicas.

Este es uno de los principales riesgos transformadores del COVID-19: que se generalice la creencia, exacerbada por el miedo y el pánico, de que se requiere abandonar los principios individualistas de las democracias liberales de Occidente para que el Estado digital-omnipresente pueda protegernos de futuras tragedias naturales y que, finalmente, se comience a mirar con buenos ojos a aquellos sistemas antiliberales de gobiernos asiáticos. Este pánico de la pandemia puede hacernos olvidar la historia del siglo XX y el hecho de que el abandono de los principios democráticos y las libertades pueden ser muchísimo más perniciosos que cualquier peste.

Existe el riesgo entonces de que la pandemia genere una mirada más favorable de la población hacia estos sistemas de vigilancia totalitaria, abriendo la posibilidad a un nuevo tipo de “negociación faustiana digital”, en la cual los ciudadanos entreguen mayores grados de libertad y privacidad al Estado, obteniendo a cambio una presunta protección (vigilancia subcutánea) de este frente a eventuales pandemias. Sin embargo, aquella intención de renunciar a un individualismo virtuoso y pretender abrazar sistemas policiales y totalitarios de organización para detener pandemias, no reconoce el hecho histórico de que los sistemas políticos autoritarios y colectivistas han sido los principales portadores de pestes y desastres.

La humanidad, de hecho, le debe más catástrofes y sufrimientos a las ideologías antiindividualistas y a utopías colectivistas que a las pestes biológicas. Los delirios colectivistas y las utopías antiindividualistas han sido las peores plagas creadas por el hombre en el siglo XX. Los costos y daños humanitarios de largo plazo, asociados a abrazar sistemas autoritario-policiales, pueden ser infinitamente mayores que los beneficios biológicos de solucionar una pandemia a través de estos. O, como dijo Pablo Neruda, “No puede el hombre hacerse sin peligro monumento de piedra y policía”.

Sin duda, debemos reconocer que podríamos estar ante ciertas transformaciones en nuestra forma de vida, en especial en la manera –siempre más digital– en la cual trabajamos, socializamos y nos educamos. Pero lo anterior no significa que debamos condenar al liberalismo, a la libertad individual ni al capitalismo como chivos expiatorios para poder explicar o justificar la crisis sanitaria actual. De hecho, culpar ciegamente hoy al capitalismo y al individualismo de acentuar los efectos de la pandemia es análogo a cuando, en la Edad Media, se culpaba al pecado y al libertinaje de generar los desastres naturales.

Debemos estar más alerta que nunca ante los usos oportunistas e ideológicos de esta pandemia y así poder lidiar en contra de la dimensión cultural e intelectual de la peste, que busca transformar –y no necesariamente para mejor– nuestros sistemas civilizatorios y democráticos de progreso.

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