lunes, 26 de octubre de 2020 Actualizado a las 01:50

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Lo humano en tiempos de pandemias: más allá de la biología y la economía

Lo humano en tiempos de pandemias: más allá de la biología y la economía
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La pandemia nos ha llevado a una crisis sanitaria de proporciones. A primera vista, el núcleo de esta crisis se centra en el terreno de salvar vidas, pues la vida biológica es la base sin la cual es imposible pensar ningún desarrollo humano.

A poco andar, sin embargo, la misma crisis comienza a mostrar que lo humano, que pasa sin duda por lo biológico/sanitario, es mucho más amplio, más complejo. La pandemia generada por el coronavirus tiene más dimensiones relevantes. Por ejemplificar, el bienestar mental, la sociabilidad, el contacto físico con otros, el rol del trabajo, la producción y los servicios, el espacio público de la política, por nombrar sólo algunos. Hemos presenciado que ciertos fenómenos se han visto exacerbados -desigualdades, pobreza, racismo, discriminación, violaciones a derechos humanos, y brechas de distinta índole-, problemáticas que ya habían sido levantadas durante el estallido social chileno, y que nos muestran que la pandemia se instala sobre problemas estructurales de fondo.

Puede surgir la tentación de reducir la crisis a alguna de esas dimensiones. En Chile en particular, vemos que se han atendido unas más que otras. En efecto, pareciera que el acento está puesto en los aspectos biomédicos y en el aspecto económico.  En este texto queremos llamar la atención sobre este sesgo.

Sesgos biomédicos y económicos

Lo primero que salta a la vista, cuando se analizan los tomadores de decisiones durante esta crisis, es el sesgo disciplinar. Cuando comenzó la pandemia, la toma de decisiones involucraba principalmente al presidente, ministro del Interior, ministro de Salud y al ministro de Economía. Ante la presión social y del mundo científico, se establecieron comités asesores, y se incorporó al ministro de Ciencias, científico del área biológica proveniente de una facultad de medicina. El Comité Asesor del Minsal está constituido solamente por médicos y profesionales de la salud. En la mesa social hay seis médicos, tres alcaldes, dos profesionales ligados a la biología (entre ellos, Andrés Couve), uno de la salud (OMS), y el ministro del Interior. En la mesa de datos hay cuatro representantes del área biológica y biomédica, uno de computación, uno de matemáticas y uno de transporte.

A pesar de que muchos de ellos tienen una experiencia probada en sus disciplinas, llama la atención el sesgo disciplinar. Al analizar la composición de cada una podemos observar que existe un vacío de participación, tanto de investigadores y especialistas provenientes de las ciencias sociales, las humanidades y las artes, como de organizaciones de la sociedad civil. Esto claramente contrasta con las múltiples dimensiones que demanda la crisis que vivimos.

Por otro lado, en la agenda de gobierno también puede verse el énfasis de las estrategias guiadas por lo sanitario y económico. El aislamiento y distanciamiento físico es la columna vertebral del manejo inicial de una pandemia de este tipo. En Chile no se ha construido un plan integral y coherente de medidas económicas, sociales, culturales y de salud mental que permita que las familias, en especial las más pobres, puedan enfrentar las cuarentenas. De hecho, la precariedad de las familias para enfrentar el aislamiento es utilizada como argumento para levantar y relajar las medidas que son necesarias para mantener controlado el avance de la infección. Por otro lado, no existe una política de educación en salud sistemática hacia la población que integre aspectos culturales de cada una de las comunidades y les permita cumplir las indicaciones que desde el Ministerio de Salud y el gobierno emanan. Es más, muchas de las medidas se anuncian en conjunto a las sanciones que recibirán los ciudadanos que no las cumplan. Junto con esto, el manejo de la pandemia en Chile ha enfatizado el apoyo al sistema hospitalario y ha dejado a la atención primaria de salud en un segundo lugar. En términos exclusivamente biomédicos esta priorización puede ser correcta, más aún cuando, la evidencia proveniente de los países que nos preceden en la pandemia, indica que el colapso de los sistemas hospitalarios eleva la letalidad de manera muy significativa. Pero la pandemia se controla mucho antes, antes de llegar al hospital, en las comunas, en los barrios, en la comunidad, en el tejido social y cultural que, a través de la organización, se establece en cada uno de los territorios. Se construye en las redes que se forman entre los colegios, los consultorios, las juntas de vecinos y las organizaciones comunitarias. Estas redes y estas capacidades son hoy subestimadas. Finalmente, la protección de los equipos de salud ha estado al centro de las demandas de las organizaciones de trabajadores. Sin embargo, el foco de las medidas que se han implementado apunta a dotar al personal de Elementos de Protección Personal (EPP). Si bien esto es muy importante, no representa todas las medidas de protección que el personal de salud requiere al estar sometido a una gran carga de trabajo, responsabilidad y estrés. Para proteger a los trabajadores de la salud, debe elaborarse un programa integral que aborde multidisciplinariamente su salud y que incluya aspectos tan diversos como la protección biológica, derechos laborales, participación, y salud mental.

Sin entrar a analizar la eficacia y pertinencia de cada de estas medidas, es claro que la comunicación, más allá de la empatía y otras virtudes del que comunica, debe “hacer sentido” en la ciudadanía. El “hacer sentido” es muy simple. La gente entiende cuando las medidas capturan la complejidad de lo que ellos viven diariamente.

Las dimensiones invisibles y “olvidadas”

Al lado y frente a esos sesgos en los tomadores de decisiones y en las estrategias, aparecen ámbitos de la actividad humana que han mostrado, en esta crisis, que constituyen la esencia misma de lo humano.

Un primer aspecto es la educación. No sólo porque ella involucra a los principales vectores indirectos de la pandemia, niños y jóvenes, sino porque, como ha quedado en evidencia, la educación se ubica en el corazón de una sociedad. Ha quedado en evidencia que ella no es un sector económico más. No. La educación es un elemento fundamental en la estructuración de lo social. La escuela, la universidad, no sólo son centros de “instrucción”, de aprendizaje de competencias, ni formadores de técnicos y profesionales, sino que son comunidades que dan forma la vida familiar, la vida social, el engranaje social. Sin escuela, se desestructura el transporte, la economía, la familia, el trabajo. Pero eso es en lo material. A nivel cultural, la escuela, la educación superior, conforman un espacio de salud mental, un espacio de sociabilidad imprescindible, un espacio de convivencia que --por lo menos hoy-- no tiene reemplazo inmediato. El pasaje a la virtualidad de la educación nos ha mostrado sobre todo la importancia que tenía el espacio de la escuela y la universidad. Está por verse cuánto de lo que hacíamos migrará a lo virtual, y con seguridad será mucho. Pero lo que ha surgido de esta crisis es que todos hemos entendido el sentido profundo de lo que significa la comunidad educacional donde van nuestros niños y jóvenes. Es un buen momento para reflexionar sobre aquellos invisibles que guían ese espacio, los maestros, los profesionales y trabajadores de la educación. Resulta que no eran empleados de una empresa que entrenaba niños y jóvenes, sino que eran parte sustancial de nosotros mismos, de eso que nunca debió haberse olvidado y que constituye la esencia de la educación: el desarrollo de lo humano, la convivencia en sociedad.

Un segundo elemento es el rol de la cultura. No se ha relevado lo suficiente que la cultura --ese ámbito tan despreciado por las políticas de las últimas cuatro décadas-- ha sido sustancial para sostener a las personas en esta época de crisis. La cultura, por medio de los medios de comunicación, por las redes sociales, ha sido fundamental para sobrellevar las cuarentenas y el aislamiento. La música, el cine y el video, la literatura, y las artes en sus diferentes expresiones (incluso, ¿qué habría sido de nosotros sin memes durante estos difíciles días?) han sido un elemento sustancial para sostenernos. Para el grueso de la población no han sido los medicamentos los que le han permitido sobrellevar la crisis, sino que ha sido ese elemento simbólico, esa actividad que aparecía como secundaria y prescindible, la que hoy nos permite continuar dándole sentido a la existencia. Y allí está la literatura, la plástica, la música, las artes y humanidades todas.

Un tercer elemento es el trabajo y lo social. Muy en la línea de la educación, la pandemia nos hizo darnos cuenta de la importancia del trabajo, no solo como medio de generar ingresos, no sólo como medio de producir o servir, sino como espacio de desarrollo vital, como estructurador de hábitos, de vida. No estamos sosteniendo un esencialismo del trabajo. Pero hoy día y seguramente por mucho tiempo más, el trabajo continuará siendo un eje estructurador de la vida humana. También, y no menos importante, la pandemia nos ha mostrado trabajos invisibilizados. Necesariamente habrá que pensar otras estructuras para retribuir, otras formas de organizar, otras categorías para distinguir. No menor es la escandalosa legislación laboral que ha quedado al descubierto. El teletrabajo agrega otras dimensiones de desprotección a los trabajadores, como la falta de control respecto al tiempo de trabajo, los costos familiares y personales, entre otros.

Un cuarto elemento es la virtualidad. ¿Es posible imaginar sobrevivir a una situación de aislamiento como la que vivimos sin tener medios técnicos para seguir comunicados? La pandemia ha sido el lanzamiento en sociedad de la virtualidad como elemento inseparable de lo real. Nunca más ninguna actividad humana, trabajo, escuela, burocracias varias, y vaya a saber qué otras actividades sociales, podrán pensarse al margen de sus facetas virtuales. La importancia de la virtualidad en lo económico, social y cultural quedó instalada con la pandemia. Es por esto que es necesario reconocer el acceso y uso de las tecnologías como un derecho humano, especialmente el acceso a internet, así como desarrollar políticas públicas que aborden la brecha y el analfabetismo digital, falencias que se han vuelto especialmente relevantes en el movimiento masivo hacia la educación online o el teletrabajo.

Un quinto y final aspecto que queremos abordar es el espacio público y político. Chile está inmerso en una gran crisis social que remece al país a partir del 18-O, una crisis que quedó suspendida, que está latente. Los justos temores y aprehensiones que provoca la pandemia, y por qué no decirlo, las incertidumbres sobre el futuro inmediato, han paralizado a algunos, han retraído a otros, retrotrayendo el espacio de lo político casi a la naturaleza, y por supuesto, a las instituciones que estaban (mal) funcionando. La pandemia ha mostrado que todo es político, que no vivimos aislados, que las decisiones sobre nuestra vida pasan por una determinada organización de la sociedad.

Necesidad de perspectivas multidimensionales

Después de este breve repaso de cómo la pandemia ha transformado nuestra manera de percibir la vida y lo humano, es que salta a la vista lo problemático que es un enfoque exclusivamente biomédico y económico para enfrentarla. Todo lo anterior muestra lo imprescindible de un debate interdisciplinar sobre los aspectos biológicos, sociales, culturales y económicos de la crisis que estamos viviendo.

El virus ataca nuestros cuerpos biológicos por igual, pero sus efectos son experimentados de forma diferente dependiendo de las condiciones materiales de existencia de cada grupo social, país o región. Es esencial considerar la dimensión sociocultural, ya que la pandemia no solo se instala en sociedades profundamente desiguales, sino que estas están formadas por culturas diversas. No tomar en cuenta la diversidad cultural puede generar problemas a la hora de instalar medidas en grupos humanos con costumbres distintas. Además, las medidas de cuarentena presentan otros desafíos sociales y culturales, como por ejemplo fomentar una cultura de cuidado con perspectiva de género, debatir sobre las formas de habitar, fortalecer mecanismos de cohesión social, abordar los afectos, la salud mental y los cambios en las relaciones sociales que podrían acarrear las medidas de distanciamiento social, entre otros que afectarán las maneras en que enfrentaremos la pandemia como colectivo.

Las preguntas que surgen y que nos haremos en el futuro no son de fácil respuesta y se requerirá de mucha imaginación. Las humanidades, artes y ciencias sociales son grandes aliados en estos momentos, pero, paradójicamente, suelen ser tratadas como áreas prescindibles. Seguramente, en este período, nacerán obras artísticas que nos permitirán imaginar mundos posibles, así como también hemos presenciado debates en las humanidades y ciencias sociales en las últimas semanas donde encontraremos algunas de las preguntas fundamentales de nuestra época. Si bien se requieren soluciones rápidas en algunas dimensiones -como la biomédica o contar con información y datos que nos permitan anticipar escenarios y tomar decisiones en el corto plazo- no podemos olvidar que muchas veces las preguntas más difíciles son aquellas que apuntan a nuestra condición humana y la relación con el entorno -desde los derechos humanos hasta el cambio climático. En este sentido, hacemos un llamado a generar diálogos interdisciplinarios que consideren las diversas dimensiones de la pandemia, con perspectiva social, política e histórica.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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