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El hambre como argumento político en Chile Opinión

El hambre como argumento político en Chile

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La noche del 18 de mayo, siete meses después del inicio del estallido social, la llamada Plaza Dignidad fue nuevamente el centro de miradas en la capital. La palabra HAMBRE, en letras mayúsculas, fue proyectada por Delight Lab en un costado del edificio Telefónica, siendo apreciada por gran parte del centro de Santiago. Probablemente, la palabra rondaba la cabeza de autoridades y ya había sido dicha en reuniones de Estado. Las campañas para juntar alimentos y las ollas comunes que comenzaron a activarse desde hace semanas en diferentes comunas de Santiago lo demuestran, pero ahora se dijo de manera pública y notoria: HAMBRE.

La acción se presentó como una respuesta a las manifestaciones desarrolladas al mediodía en la comuna de El Bosque. Durante horas, los residentes de esos barrios del sur de Santiago se enfrentaron con la policía, denunciando la falta de alimentos y de trabajo que toca a sus hogares. Las imágenes mostradas por la televisión no dejaban de impresionar, tanto por las escenas de violencia como por recordar de forma directa a las manifestaciones populares durante la crisis económica de los años 80. Nuevamente el hambre emerge como un argumento político que simboliza el malestar y la rabia frente un modelo de desigualdades que se extiende desde hace décadas.

En un país que se jactaba hasta hace muy poco de ser un oasis de calma y prosperidad en América Latina, de tener uno de los mejores sistemas de salud, donde hace algunas semanas se hablaba de una nueva normalidad y de un retorno seguro, de pronto nos vemos enfrentados al hambre y lo que ello significa. Y es que el hambre es un argumento dentro del juego político: es un sustantivo que caracteriza a países, un sentimiento que moviliza el descontento y un símbolo de nuestro estatus como sociedad.

Que el hambre se instaure en el debate público implica que podemos ser parte de los países marcados en rojo en los mapas. Aquellos categorizados bajo el concepto de subdesarrollo y de la larga retahíla de definiciones que, aparentemente, hemos superado. El hambre define el «pedigrí» de las naciones, se usa como medida para señalar la  desigualdad y la integración social. La línea que separa a los buenos y malos gobiernos la puede marcar el hambre.

Muchas y muchos estaban pasando hambre desde hacía semanas, pero la palabra no era conjurada en los medios masivos y en los discursos de la clase política. Quizá porque es una palabra estremecedora que anuncia catástrofe, que nos deja al desnudo como país, que nos recuerda que la desigualdad sigue presente, que la dignidad todavía no se ha ganado y que los ciudadanos, frente al hambre, se organizan y protestan.

Hablar públicamente de hambre implica resituarnos y por supuesto recordar nuestra historia reciente. Por eso no debería sorprendernos la negación ante esta palabra. Por ejemplo, el diputado Diego Schalper señaló que la proyección de HAMBRE en el edificio Telefónica fue la acción de “algunos que en vez de aportar, prefieren agrandar el problema para ponerlo al servicio de su ideología y agenda política, violencia incluida”. Esa negación y trivialización en el mensaje del diputado nos permite entrever que el hambre dejó la esfera privada para entrar al terreno de la acción política. Esa proyección en un edificio y su replicación incesante en redes sociales, efectivamente hizo que el hambre de un sector de la población se convirtiera en un problema nacional.

Durante las últimas semanas se aprecia el miedo al hambre. Para una parte de nuestros compatriotas, es el miedo al hambre que estaba oculta, acechando tras la inestabilidad de un empleo precario, camuflada por el endeudamiento en tarjetas del retail para adquirir mercadería e invisibilizada por la alta prevalencia de obesidad en una población que se nutre de pan y papas. Para otra, un grupo muchísimo más reducido, se presenta en el miedo a que el hambre marque su gestión de esta crisis y sus consecuencias.

En Chile la historia nos muestra que el hambre fue y sigue siendo un motor para movilizarse. Las cacerolas suenan al estar vacías, las comunidades se organizan para abastecerse, cocinar y comer, porque juntos se puede sortear lo que individualmente es imposible. El hambre, en apariencia individual y doméstica, puede convertirse en algo profundamente político.

Por ello, no deja de llamar la atención que la noche del 19 de mayo, día siguiente de la intervención, un camión equipado con potentes luces apuntó al edificio de telefónica. Su objetivo fue “censurar” todo mensaje que pudiese ser proyectado sobre el edificio. Curiosamente, los focos de este camión anularon la proyección de las palabras SOLIDARIDAD y HUMANIDAD. A pesar de intentar “censurar” estos mensajes urbanos, no se podrá borrar que el 18 de mayo se pasó hambre y también se dijo, se escribió, se proyectó, se leyó y, de una u otra forma, cada habitante de la capital la sintió rondando por sus calles.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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