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Sentir hambre te quema sin fuego

por 11 junio, 2020

Sentir hambre te quema sin fuego
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Pasar hambre es doloroso y devastador. Para Neruda, en versos de su poema El gran mantel, “Tener hambre es como tenazas,/ es como muerden los cangrejos,/ quema, quema y no tiene fuego:/ el hambre es un incendio frío”.

Si entendemos cómo se vive y qué produce el hambre, quizás seamos más empáticos con quienes lo sufren y colaboremos a mitigarlo.

Creímos haber experimentado “hambre” en un viaje adolescente con amigos y sin dinero; o, tal vez, luego de dos días de trabajo extenuante y sin comer. Pero las experiencias cortas y transitorias están más cerca del apetito que del hambre. El apetito es ese impulso que nos asalta como un lobo voraz, con un deseo incontrolado de comer algo que nos dará placer. Saciamos el apetito comiendo más de lo que necesita nuestro cuerpo, e incluso las señales del cerebro nos pedirán más. Todos hemos sentido ese apetito voraz, pero luego lo acabamos, incluso con exceso y antojo.

En cambio, los que tienen “hambre crónico” o “subalimentación” experimentan un proceso físico y sicológico mucho más complejo. Sienten dolor y retortijones recurrentes en sus entrañas, baja energía, sensación de mareo, dolor de cabeza e irritabilidad. Su pensar se pone lento y distraído, su memoria disminuye, empeora su ánimo y el sueño. Pierden su capacidad de atención, porque empiezan a tener una sola idea: comer algo, ojalá hoy o mañana.

No ingieren calorías ni nutrientes esenciales para su organismo y su cerebro. Con porciones muy pequeñas y de mala calidad, el cuerpo se va comiendo a sí mismo y muriendo de a poco. Al principio, consume sus grasas para generar energía. Pasados tres días sin comer, empieza a descomponer sus proteínas para que el cerebro no 'muera de hambre'. Después de una semana, los hambrientos empiezan a enfermarse. Tras un mes, las reservas de grasa se agotan y solo les quedan las proteínas del cuerpo como instrumento de supervivencia. Se empiezan a consumir sus músculos para generar glucosa. La muerte puede llegar en solo tres semanas sin comer, pero la agonía puede durar hasta setenta días, dependiendo de las reservas de grasas que el hambriento tenía al inicio.

Víctor Frankl escribió El hombre en busca de sentido después de estar preso tres años en campos de concentración nazi. Cuenta que, en los primeros días, su desesperación lo hizo canjear sus únicas dos posesiones –los anteojos y un cinturón– por un pedazo de pan. El afán por conseguir alimentos se transformó en su instinto dominante, alrededor del cual giraba su vida mental. La conversación entre los prisioneros era sobre comidas, mientras el hambre devoraba sus cuerpos. Iban desapareciendo sus últimas capas de grasa y de músculos bajo la piel que les colgaba y comenzaban a parecer cadáveres. “Sin haber sufrido una experiencia similar, difícilmente se imaginarán el destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento”, dice Frankl.

Al inicio de esta pandemia algunos advirtieron que volveríamos a ver hambre en Chile, como si antes hubiera desaparecido. Pero ha estado aquí siempre, frente a nuestras narices. No lo hemos querido ver. Según la FAO, en 2019 más de medio millón de chilenos estaban pasando hambre. Para dimensionarlo en términos de población, es como si estuvieran pasando hambre los habitantes de siete comunas de Vitacura; o cinco comunas de Lo Barnechea, tres Chillanes, dos Rancaguas o una Antofagasta y media.

Eso no es culpa de este gobierno ni de los anteriores. Por décadas Chile ha dado una notable batalla contra el hambre y la desnutrición. Los porcentajes en 2019 eran bajos (2,3%), pero los números absolutos eran altos, ¡más de medio millón de personas pasando hambre! ¡Impresionante y desolador!

Ahora los hambrientos están aumentan aceleradamente por efectos de la pandemia. El hambre empezará a devorar la agenda del país y para enfrentarlo bien debemos trabajar muy unidos, colaborando en políticas de Estado eficaces. El hambre no tiene ideología ni puede esperar discusiones lentas o mezquinas.

También es ineludible que cada uno sea personalmente solidario y generoso, porque el hambriento también nos toca la puerta. Es necesario dar.

El mundo bota 1.300 millones de toneladas de alimentos al año. Con un cuarto de eso, se podría alimentar a las 800 millones de personas sufren hambre en el mundo. En Chile, desperdiciamos 3.700 millones de kilos de alimentos al año. Nos sobran los alimentos para que todos comamos bien. Debemos botar menos, repartir más y mejor.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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