lunes, 28 de septiembre de 2020 Actualizado a las 20:11

Opinión

Autor Imagen

La economía de Sebastián Edwards

por 2 septiembre, 2020

La economía de Sebastián Edwards
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Es valorable la nueva disposición de Sebastián Edwards, en su actual réplica a los críticos de su artículo “Buenismo, enfermedad infantil del izquierdismo”. Se dio cuenta que las descalificaciones que utilizó no aportaban mucho y, claro, también las redes sociales se ensañaron con él. Es que la soberbia no es buena consejera.

Edwards, en su nota original en El Mercurio, citó a Lenin para rebatir un supuesto ultraizquierdismo del Frente Amplio (FA). Ahora hace referencia a la autoridad del neopositivista Wittgenstein para que cuidemos nuestras palabras, porque, según el filósofo, “si no se puede hablar con claridad, es mejor guardar silencio”. Haré lo posible.

Me agrada que Edwards utilice sus lecturas juveniles de Lenin y también su conocimiento del positivismo. En realidad, estoy cada vez más convencido que frente al servilismo de los economistas al mundo de los negocios, solo la filosofía y las ciencias naturales nos ayudarán a entender la sociedad contemporánea.

Veamos entonces las preocupaciones que motivan al profesor de la UCLA.

El retiro del 10% de los fondos de las AFP lo tiene traumatizado y algo confundido. Le vuelvo a insistir en lo mismo que le dije en mi réplica anterior: la iniciativa no fue producto del “infantilismo” de los jóvenes del FA. Nació de la Federación Regionalista Verde (FRV) en el Parlamento y, para sorpresa de muchos (supongo también para Edwards), fue acogida por toda la oposición, con el apoyo de un contingente significativo de parlamentarios de Gobierno. Para su aprobación se lograron los dos tercios, que exigía la Constitución.

La incapacidad del Gobierno de Piñera para atender la escasez de ingresos, en medio de la pandemia, obligó a acelerar el retiro de los fondos de las AFP.  Se exigía urgencia, porque el hambre apremiaba. El Gobierno no había llegado con oportunidad ni en la cantidad requerida a los millones de necesitados. El intento por focalizar terminó en un rotundo fracaso.

En consecuencia, no quedó más alternativa que universalizar el retiro. El economista Edwards manifiesta una legítima preocupación tributaria por “regalarles dinero a los más ricos”. Puedo tranquilizarlo, porque esa pérdida se recuperará muy tempranamente, con el impuesto a los súper ricos, que en estos días se encuentra en discusión en el Parlamento. No habrá entonces obsequio alguno a las familias pudientes y no se postergará esa decisión hasta la nueva Constitución.

En segundo lugar, creo que Edwards exagera al impugnar a Claudia Heiss porque sostuvo en algún seminario que los países nórdicos garantizan en sus constituciones los derechos sociales. Majaderamente vuelve a lo mismo. Creo, como bien señala Eugenio Rivera, que la crítica de Sebastián es bastante banal. Porque da exactamente lo mismo que esos derechos fundamentales estén contemplados constitucionalmente en algunos países y que en otros sean materia de políticas públicas estatales. Cuando Claudia sostiene que en los países nórdicos existen derechos sociales fundamentales para sus ciudadanos no está faltando a la verdad. No está engañando a nadie, como cree Edwards. Creo que en el fondo a Edwards no le agradan los sistemas de bienestar de los nórdicos. Ese es el punto, pero no se atreve a decirlo.

Ahora bien, como se trata de garantizar los derechos sociales en el Chile actual, aquí sí hay que asegurarlos constitucionalmente. Porque las desigualdades, los abusos y el fracaso de la focalización social nos obligan a incorporar en la nueva Constitución esos derechos sociales. Es ineludible. Chile no tiene la tradición centenaria de los países nórdicos y por ello es imprescindible incorporar esos derechos en la nueva Carta Magna.

Vamos finalmente a la discusión sobre la transformación productiva de Chile, que no solo Rivera y yo estimamos ineludible. Hemos citado a economistas destacados, de distintas concepciones teóricas, que señalan que nuestra economía no recuperará su crecimiento y productividad si no promovemos nuevos motores de crecimiento. Pero Edwards se mantiene inconmovible frente a las opiniones de economistas que de seguro él respeta: Hausmann, Ha-Joon Chang y el mismísimo exministro Felipe Larraín. Todos ellos han sido categóricos en la urgencia de modificar la matriz productiva de recursos naturales para que el país dé un salto hacia al desarrollo.

Pero como el profesor Edwards persevera en su defensa de la actual matriz productiva, le ofrezco la reciente opinión de Andrés Velasco: "Chile va a necesitar una política explícita de crecimiento económico, gobierne quien gobierne. Con las políticas actuales, con el enfoque actual, con el clima político actual, el crecimiento no va a regresar. Y no basta con cualquier política de crecimiento económico. Necesitamos una política explícita de desarrollo productivo, cuyo foco sea diversificar la economía, y en especial diversificar las exportaciones" (EMOL, 24-08-2020).

Sin embargo, el profesor insiste. Me ataca directamente, usando como referente El Salvador. Por lo menos ya parece convencido que Nueva Zelandia y Australia no le sirven –argumento de su texto anterior– y no los utiliza en esta oportunidad. Entendió que existe una complejidad económica incuestionable en ambos países, aun cuando sean grandes exportadores de recursos naturales. Es un avance.

El punto de Edwards es que El Salvador, según ciertos indicadores que conoce, es una economía de mayor complejidad industrial que Chile, pero es más pobre y con peores indicadores sociales. Le creo al profesor. No dudo de sus cifras, pero sí discrepo de su interpretación. Con sus datos pretende demostrar que no sería necesario modificar nuestra matriz productiva en favor de actividades más complejas.

Pero, cuando economistas destacados y yo mismo hablamos de una nueva matriz productiva, no queremos producir calzoncillos y camisetas para exportarlas a los Estados Unidos, como lo hace El Salvador y otros países de Centroamérica. Lo que queremos son transformaciones, con tecnología de última generación, que impregnen toda la economía, y que los enclaves exportadores diseminen su actividad, al resto de la economía nacional. ¿Por qué exportar el litio en bruto si se pueden hacer baterías y automóviles eléctricos?

La realidad es que el dinamismo de los recursos naturales se agotó. La sobrepesca industrial ha provocado el colapso de los principales recursos marinos. El cobre ha reducido su ley. Las plantaciones forestales exóticas, especialmente pino y eucalipto, han afectado las tierras cultivables. El agua es hoy un recurso dramáticamente escaso, utilizado abundantemente para faenas productivas, agrícolas y mineras.

Como dijo el profesor Gabriel Palma, en una destacada conferencia que ofreció en el CENDA (25-08-2020), Chile necesita nuevos motores de crecimiento: el cobre concentrado no da para más y es preciso pasar al lingote y al alambrón; hay que avanzar hacia una agroindustria más sofisticada y de carácter orgánico, entre otras cosas.  

Por eso no resulta lógico que Edwards utilice como referente a El Salvador, en el argumento que el peso de la maquila de ese país demostraría que Chile no necesita industria. Vamos, Sebastián. Seamos serios. Es cierto que estudiaste con Friedman en Chicago, pero hace ya muchos años que estás en la UCLA.

La maquila de las Zonas Francas de El Salvador y de otros países de Centroamérica no son referentes para Chile. Su industria, de enclave y precariedad laboral, es de gran fragilidad, lo que otorga debilidad económica y social a ese país. No es buen ejemplo para demostrar nada.

Finalmente, Edwards dice en su artículo para El Mercurio que “la mediocridad” de nuestra economía tiene que ver con un conjunto variado de factores y no con su estructura productiva. Según él, el desempeño económico depende de la productividad, la estabilidad política, la calidad de la educación, la calidad de las políticas sociales, el Estado de derecho y la fortaleza institucional.

Sucede, sin embargo, que todos los factores que menciona Edwards para favorecer el crecimiento han estado presentes en Chile durante todo el periodo democrático, con la excepción de la calidad de la educación; sin embargo, el crecimiento y la productividad cayeron radicalmente. La estructura productiva y exportadora de recursos naturales generó dinamismo en los años noventa, pero terminó agotada. La caída ha sido secular: en el 2014-2018 solo un crecimiento del 2,2%, con una productividad del 0,4%, lo que contrasta con 7,2% y 3,9% respectivamente, en el periodo 1990-1998.

El asunto es más complejo y no se resuelve con la lista de Edwards porque, precisamente, la estructura productiva, hoy día agotada, ha sido también la base material de las desigualdades. Es la que ha generado heterogeneidad tecnológica entre sectores productivos y entre empresas grandes y pequeñas, así como desigualdades entre los distintos territorios del país. Y sobre todo es lo que ha generado una gran concentración patrimonial y del ingreso.

Al final de cuentas, el 1% de los dueños del país son los dueños de los recursos naturales. Son los mismos que controlan la banca, las AFP y los medios de comunicación. Ello les ha permitido capturar el 30% del ingreso nacional. Hay que cambiar el modelo productivo, aunque no le guste a Sebastián Edwards.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV