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Las borrascosas relaciones de poder

por 11 octubre, 2020

Las borrascosas relaciones de poder
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Las relaciones de poder son cambiantes. En las dos primeras décadas del siglo veintiuno han experimentado tres mutaciones: se han desmaterializado, han desbordado las fronteras territoriales convencionales y han rebasado u omitido los cauces institucionales. Tales cambios no implican, obviamente, en modo alguno su domesticación, ni su debilitamiento. Por el contrario, lo que hoy observamos son unas relaciones de poder tremendamente difusas, pero al mismo tiempo, sumamente intensas y borrascosas. Por eso, una gota de agua, en cualquier punto del océano, puede generar un tsunami de movilizaciones sociales. Todo es potencialmente conflictivo. De hecho, los espacios neutrales y pacíficos son cada vez más escasos.

En el primer apartado procederé a esbozar cada uno de los cambios mencionados. Es pertinente anticipar que ellos están imbricados y se suponen recíprocamente, por lo cual es inevitable incurrir en reiteraciones al momento de explicarlos. En el segundo apartado me preguntaré si es posible, a nivel personal, resistir o hacerles una verónica, al igual que un torero, a las embestidas y las cornadas de las intimidantes relaciones de poder surgidas al alero de los cambios culturales de las últimas décadas.

Mutaciones de las relaciones de poder

En el último tiempo los recursos materiales han perdido, progresivamente, importancia en las relaciones de poder. Éstas ya no están determinadas de manera gravitante por la sumatoria de recursos físicos de que disponen los actores. Recursos como la riqueza material, los artefactos bélicos y la fuerza meramente muscular tienen cada vez menos protagonismo. Hoy la dimensión inmaterial de las relaciones de poder se ha acentuado a niveles que son sólo comparables a los del mundo medieval. Si en la era preindustrial —es decir, anterior al predominio de los artefactos mecánicos que operan sobre la materia— el mayor temor era al poder invisible de Dios, en el mundo posindustrial lo que más intimida a un ser humano es la posibilidad de ser excomulgado de la ciudad terrenal o, si se prefiere, el miedo al ostracismo social, al escrache. Ello es así, porque en la actualidad una de las cosas que causa más escalofríos es la soledad existencial, la cual materialmente es inocua debido a que es invisible. Tal cambio se explica —en parte— porque ahora el hombre no sólo le teme a la muerte, también le teme a la vida.

A diferencia del mundo predigital, en la actualidad las comunidades no están necesariamente activas en una locación geográfica concreta, ni sus integrantes pueden interactuar únicamente en virtud de la cercanía corporal. Ahora sus miembros pueden estar físicamente separados, pero virtualmente unidos, y sus valoraciones pueden encontrar simpatías en cualquier lugar del mundo en virtud de la omnipresencia de los medios de comunicación. Así, las comunidades tienen, a la vez, existencia local, virtual y, potencialmente, global. Por consiguiente, la magnitud del poderío de cualquier comunidad, por pequeña que sea, es difícilmente mensurable.

Los medios de comunicación han convertido al planeta tierra en algo así como en el Aleph que imaginó Jorge Luis Borges: una pequeña esfera en la que se puede ver todo cuanto existe, sólo que el observador privilegiado no es Carlos Argentino, sino que cualquier persona que tenga una conexión de internet con la opción de marcar preferencias o rechazos. La mirada del mundo intimida, pero también puede potenciar enormemente a quien sabe interpretarla en su beneficio. Sus ojos cohíben al más fuerte y lo convierten en débil. A su vez, el débil, en virtud de esa misma mirada, se puede transmutar en poderoso. Un ejemplo emblemático —y que fue un anticipo de tal cambio— fue lo ocurrido en China el 05 de junio de 1989 cuando un anónimo ciudadano de a pie logró detener, solamente con una pañoleta, el avance de una columna de tanques que se dirigía a intimidar a los manifestantes de la plaza Tiananmen. Nótese que una persona completamente desarmada fue capaz de imponerle su voluntad —y, por lo tanto, de paralizar y de vencer— a una columna de máquinas de guerra altamente sofisticadas.

Las relaciones de poder se endulzan, se disfrazan o se recubren con el ropaje de la retórica. Ya lo decía Tucídides de Atenas en la Antigüedad Clásica: los poderosos consideran honroso lo que les gusta y justo lo que les conviene. Siempre, en esencia, ha sido así. No obstante, la novedad radica en que su acierto en el mundo contemporáneo ha experimentado dos mutaciones. Primera mutación: el más fuerte no necesariamente es el más poderoso, como queda de manifiesto en el caso anteriormente referido. Segunda mutación: la retórica que acompaña a las relaciones de poder comenzó a utilizar desde hace tres décadas un lenguaje maniqueo, el cual —por ser tal— posee un alto potencial de conflictividad. Se trata, concretamente, del discurso que exacerba una dicotomía excluyente que cristaliza en la dualidad valores versus antivalores. Tras ese discurso subyace un juego de suma cero que incita a la polarización. Cuando ese formato de juego se trasunta exitosamente al campo de la política los ciudadanos tienen que optar entre estar con el bien o estar con el mal. Su lenguaje es belicoso o, por lo menos, polemógeno. ¿Por qué es confrontacional? Porque una valoración junto con bendecir algo, al mismo tiempo, maldice algo. ¿Qué es lo que rechaza? Respuesta genérica: alguna entidad. Ese algo puede ser un antivalor o, simplemente, un sin valor. El problema radica en que tras ese algo siempre existe un alguien que es concreto. ¿Quién es ese alguien? Puede ser una persona natural o una entidad colectiva que por ser un antivalor amerita ser penalizada o aniquilada.

En este contexto no está de más recordar que los valores son creaciones humanas, son precipitados sociales, que no valen por sí mismos. ¿Quiénes los hacen valer? Los hombres que los plasman, o bien quienes los suscriben de manera irrestricta, o bien quienes los avalan con su adhesión. Ellos los imponen, en última instancia, de manera compulsiva, mediante la coacción. Dicho de otro modo: quien dicta, quien impone, los valores son ciertos hombres y lo hacen en contra —o en desmedro— de otros hombres. Por cierto, para que el valor se realice —es decir, para que transite de la potencia al acto— requiere de poder, lo cual implica, en última instancia, ejercer coacción sobre otras personas.

El racionalismo, especialmente el moderno, ha fraguado valoraciones a las cuales les asigna validez ubicua y ucrónica. Eso, probablemente, no lo sabe el hombre de la calle, el ciudadano que se moviliza por una cruzada planetaria, porque no es consciente de ello, pero opera en él. Dichas valoraciones, por ser tales, aspiran a tener vigencia universal incondicionada. Quienes las suscriben reclaman para ellas valía en cualquier espacio y en cualquier tiempo histórico. Por tal motivo, la presión que sus abanderados —los fieles ejecutores— ejercen para otorgarles valía no se circunscribe a un espacio acotado. Por eso, no es insólito que los ciudadanos digitalizados y políticamente movilizados juzguen (de buena fe) urbi et orbi y, además, prescindiendo de los contextos históricos. Dicho de otro modo, dado que las valoraciones que enarbolan tienen validez intemporal, juzgan hechos del presente y también del pasado con un rasero único, y dado que la valoración tiene pretensiones de universalidad extiende su ámbito de validez a todos los espacios. En la era de la mundialización digital, quien enjuicia y quien dicta sentencia es un tribunal virtual. Sus miembros no están individualizados, ni geográficamente localizados. Ninguna materia le es ajena, todas potencialmente le conciernen, y su ámbito de competencia es global. Tales son los supuestos con los que operan los jueces anónimos, lo sepan ellos o no.

Puesto que la vigencia de las valoraciones ya no está circunscrita a un espacio ni a un tiempo determinado, ese discurso —junto a otros factores— contribuye no sólo a intensificar las relaciones de poder y a radicalizar la lucha política, sino que, además, a colocarlas en un horizonte sin límites y a presentarlas como una guerra entre el bien y el mal, es decir, en una confrontación entre valores y antivalores. Así, cualquier conflicto local puede suscitar potencialmente el interés supranacional y la intervención de actores que originalmente eran ajenos al conflicto. Tal pugna no tarda en infartar las instituciones del Estado y en erosionar las formas sociales.

Por las razones expuestas en los párrafos anteriores, las relaciones de poder se han desinstitucionalizado. Ellas, de hecho, cada vez se apartan más de los procedimientos preestablecidos en lo que respecta a los medios para ejercer influencia o presión. La vehemencia de las valoraciones incita a omitir el conducto regular. Los medios institucionales son reemplazados por la coerción y, a veces, simplemente por la coacción. También es cada vez más frecuente que quienes consideran que sus valoraciones han sido ofendidas, o bien que han sido lesionados sus intereses, prescindan de los procedimientos institucionales para saldar agravios. De hecho, no es insólito que los mismos perjudicados procedan a dictar sentencia para resarcirse de los males padecidos, según su propio criterio de justicia. Además, ellos mismos eligen los medios para ejecutoriar la sentencia, siendo uno de los más frecuentes el escrache que en Chile se denomina funa.

 

El toro y el torero: cornadas y verónicas

El pánico asocia y disocia con igual intensidad. Lo que nos une no es el amor sino el espanto, decía Jorge Luis Borges, al constatar la fragilidad de los asuntos humanos. Por su parte, Thomas Hobbes imaginó un escenario transido de miedo en el cual los vínculos entre los hombres son imposibles. Ciertamente, hay un miedo que cohesiona al grupo y al hacerlo lo potencia como grupo. Pero también hay un miedo que pulveriza la unidad de la agrupación y extingue su poder. Asimismo, hay un pavor paralizante, radicalmente inhibitorio, que despotencia tanto a las personas como a las entidades colectivas. El espanto es así: une y separa; potencia y despotencia; incita a la agresión y a la sumisión absoluta.

Claramente, el miedo tiene un protagonismo enorme, aunque solapado, en la vida personal y colectiva. El terror puede magnificar los peligros reales hasta el delirio. Para ahuyentar las amenazas apabullantes los hombres suelen crear un poder superior al pavor que sienten. Pueden crear, por ejemplo, un Leviatán. Así, el temor al poder intimidante de los otros se contrarresta con el poder de un súper Otro (con minúscula y mayúscula, respectivamente). Queda claro que el miedo y el poder son hermanos gemelos. Son, estrictamente, congéneres.

Pero el pánico no sólo es suscitado por amenazas concretas; pues éste, por sí mismo, también puede fabricar peligros irreales. Cuando ello ocurre le otorga un enorme poder a los entes de ficción que el mismo ha creado. Quien está aterrorizado no advierte que dichos entes son quimeras; de hecho, los interpreta como realidades objetivas. En la actualidad, la propaganda política y el marketing publicitario exacerban y manipulan capciosamente los terrores larvados. Terrores que una vez que son activados generan enormes ansiedades y angustias que no tardan en cuajar en discursos y en conductas concretas, las cuales no están exentas de violencia.

Ante un panorama tan sombrío cabe formularse preguntas como las siguientes: ¿Se puede conjurar el miedo y la manipulación? ¿Cómo resistir a unas relaciones de poder que son, cada vez, más tempestuosas e invasivas? ¿Es posible eludir con una verónica las cornadas del poder? Atendiendo a lo anteriormente expuesto, estas preguntas, en primera instancia, tendrían una respuesta negativa, sin embargo, la posibilidad de resistir al referido tipo de relaciones de poder también es perfectamente posible.

Quizá la tentación de dar una respuesta negativa a las anteriores preguntas radica en el hecho de que en nuestro medio existe una concepción un tanto materialista y mecanicista de las relaciones de poder. Tal concepción omite la dimensión subjetiva que le es connatural al ser humano. Es un hecho evidente, pero fácilmente olvidado, que no a todos se nos hincha el ego con las mismas cosas. Esto implica que no todos reaccionamos de idéntico modo frente al mismo estímulo. No obstante, las posibilidades de que los seres humanos reaccionen de manera estándar frente al mismo llamado se incrementan en la medida en que están formateados en serie por los dispositivos culturales hegemónicos y, sobre todo, porque tienen poca conciencia de sí mismos. Por el contrario, las personas que tienen mayores niveles de conciencia de sí mismas, de su singularidad —es decir, en la medida de que son más individuos— son menos propensas a reaccionar de manera tosca y mecánica ante ciertos estímulos. Ello es así, porque son personas que tienen una subjetividad, una reflexividad —en definitiva, una individualidad— más desarrollada. Por eso interpretan el mundo de manera diferente y, por lo mismo, reaccionan de forma distinta frente a sus cornadas e interpelaciones.

Es verdad que nunca ha sido tarea fácil llegar a ser un individuo, es decir, una persona diferente y consciente de su singularidad. Quienes lo son, antes de serlo, han tenido que confrontarse, simultáneamente, consigo mismo y con el mundo. Ellas vivieron su propia odisea en la cual conocieron y conjuraron las angustias que las asediaban.  Esas personas han tenido que navegar dentro de sí mismas y explorar y vencer los miedos internos que son cómplices de los pánicos que provienen del exterior. Quien vence los sustos ahuyenta los poderes hostiles. Esos poderes que están dentro y fuera de nosotros. Quien ha conjurado el pavor interior aumenta las probabilidades de mitigar la influencia de los poderes externos y también, por consiguiente, de ensanchar sus espacios de libertad.

Quien se conoce a sí mismo —es decir, quien pasó por el fuego del crisol, se depuró y se aquilató—, se aprecia a sí mismo. La autoestima, como variante del amor propio, es la manera como nos valoramos a nosotros mismos en tanto personas singulares. La genuina autoestima está anclada en el conocimiento de nuestro ser y en virtud de ella somos personas dignas. La autoestima —que socialmente se trasunta como dignidad— no nos torna invulnerable al juicio ajeno, pero sí más resistentes a los pullazos y cornadas de él. En tal sentido, nos otorga una fortaleza para navegar en las borrascosas aguas de las opiniones hostiles y adversas. Claramente, poseen una autoestima consolidada aquellas personas que prefieren estar en desacuerdo con la ciudad a estar en disonancia consigo mismas, como diría Sócrates. En definitiva, son personas que a la hora de tener que optar entre la corrección política o la coherencia interna, optan por esta última.

En la actualidad, la autoestima, entendida como una realidad ética profunda, no pasa por un buen momento. Ella ha sido progresivamente desplazada por la heteroestima. ¿Qué es la heteroestima? Es la estimación, la apreciación que proviene desde fuera de la persona, pero que ella se la apropia irreflexivamente, quizá, por desconocimiento de sí misma. Dicho metafóricamente, la persona no se mira a sí misma con sus propios ojos; sino que lo hace con ojos ajenos, con los ojos del prójimo. Por cierto, se ve a sí misma como los demás la ven. No es una persona autónoma, de hecho, no es libre. Su existencia está subsidiada por el grupo que la acoge y la valora. No tiene existencia propia. Su identidad, al igual que la valía que se asigna a sí misma, es consecuencia de la opinión que los demás tienen de ella. Una persona así es sumamente sensible a los juicios ajenos. Puesto que su identidad y su valía están subsidiadas por el estatus que le asigna el grupo de referencia, cuando el grupo es cuestionado o atacado en sus valoraciones emblemáticas su reacción es extrema, porque es su existencia la que está en juego. Ella —es decir, su identidad y su valía— depende casi por completo de él. Ella existe gracias a él. Bien podría decirse que es nada sin él. Y es preferible tener una existencia subsidiada a ser nada.

 

¿Conjurar el miedo o el poder?

Como se ve, las incertidumbres y el temor que causan las nuevas relaciones de poder en gran parte se deben a su carácter caótico, volátil y anárquico; frente a las cuales las prevenciones y los resguardos convencionales han quedado obsoletos. Por cierto, las instituciones han sido desbordadas y las pautas de legitimidad que ordenaban y emulsionaban las interacciones contenciosas han sido arrasadas por las nuevas modalidades de ejercicio del poder. Si a ello se le agrega la insensatez —y, a veces, el deliberado afán provocador— de algunos actores sociopolíticos el panorama no resulta alentador.

A consecuencia de lo anterior, tales relaciones se han tornado más abrasivas y exasperantes, acentuando así los niveles de ira y miedo que le son connaturales. Por eso, el realizar ajustes a la institucionalidad no es un asunto baladí, es un imperativo de las circunstancias, puesto que la evaporación de las pautas de legitimidad dejó al descubierto la esencia del poder, a saber: el miedo. Por tal motivo, el problema central en la actualidad no es cómo conjurar el poder, sino cómo conjurar el miedo.

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