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¿Infelices o desequilibrados?

por 6 abril, 2021

¿Infelices o desequilibrados?
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En el contexto de esta pandemia que aún no nos deja, ¿será posible trazar una frontera entre la necesidad de protección ante los contagios y el desvarío eventual en lo que se hace o se implementa para ello? Porque desvariar o delirar no podría excluirse de una situación como esta, habida cuenta de que la catástrofe (o su inminencia) es una de esas instancias donde los seres humanos son más susceptibles que nunca a exhibir lo peor de sí, a mostrarse desesperadamente débiles, a salirse fuera de sus casillas o a trastornarse, haciendo por regla general añicos tal o cual directriz de orientación moral que otrora tuvieran grabada en el alma. O si no lo peor, al menos lo más errático y torpe. Una mística cristiana solía decir que es en la miseria y el desamparo donde se encuentra el amor de Dios: su necesaria retirada; y entonces la errancia, la historia donde cada documento de cultura se mostrará tarde o temprano como documento de barbarie.

Pero recuérdese la frase del grandísimo filósofo Heráclito: “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”. Es decir, nada se conseguiría en esta perspectiva con empeñarse en buscar la estabilidad, pues lo único que hay de cierto es el cambio. Aunque eso está lejos de suponer que lo que es en este momento ya no lo será un instante después: dado el caso que he de cruzar por el mismo río de ayer, lo que puedo reconocer no es que ese río sea otra cosa (en sentido esencial) sino simplemente que ahora todo es como siempre y sin embargo diferente.

Para abocarnos sólo al caso chileno, podríamos decir que las políticas de salud pública y de seguridad en torno a la pandemia del coronavirus se vienen rigiendo por un heraclitismo esquizofrénico: ya no sólo la contingencia del mundo que pasa frente a nosotros –pasando nosotros mismos con él– sino el cambio en lo que rige la naturaleza de las cosas… o  incluso el cambio abrupto de su significado; algo que para un filósofo como Heráclito muy probablemente hubiese definido más bien el destino de un demente.

Es un hecho que los personeros de gobierno que semana tras semana anuncian “medidas” de control sanitario –con un aplomo encomiable para lo performativo, que resulta en la instrucción telemediática de esa gran maraña de permisos de desplazamiento y restricciones que van y vienen, mutan y se retuercen– se encuentran inmersos en un delirio epistémico. Sería éste un nombre técnico –necesidad de conceptualizar el problema– para una racionalidad política desequilibrada.

Hace algunos días, levantó mucho polvo la conceptualización de quienes encarnan esa racionalidad como “infelices”. Es una manera de decirlo, bastante precisa si se observa más detenidamente y muy lejos de un arranque de inmadurez (más bien lo que refleja la irritada decepción de quienes se sintieron más tocados por ello, es el miedo a que un remanso de mansedumbre se rompa con un lastre ominoso). Porque se podría titular: Infelices y desequilibrados, entendiendo que el loco es clásicamente la personificación de la desgracia personal y moral. Pero el loco no como el opuesto a la razón sino la hipérbole, ese instante o esa instancia donde se está tan inmerso en la parcela subjetiva que se ha construido que se desdibuja la frontera entre la ficción y lo que no lo es, entre la convicción y la mala fe. Es posible que se trate de un estado de cosas y, por ello, la estrategia del gobierno no está sólo tomada por sedimentos pulsionales, habiendo mucho de planificación y cálculo en torno a lo que podría ser una suerte de adaptación de la lógica del “fort/da” (aproximación por efecto de lejanía): máxima coacción en base a cifras (mudables por definición) que debiesen poder justificar lo que sea que se implante; luego, descenso de la curva de contagios (que se ha de dar con o sin los “bandos” sanitarios que recuerdan a Francisco Javier Cuadra –consúltese por ejemplo el caso mexicano); luego, el gobierno ha resuelto de manera espectacular la crisis y todo aplastamiento social debe –y puede– adquirir sentido; remata la obra: Chile, jaguar de jaguares, sólo Israel lo supera en eficacia con respecto a la vacunación. No es mala salida después de la embestida que la presidencia –y con ella su coalición– venía de sufrir con un descontento social que, con todo, no ha pasado al olvido. Entretanto, las elecciones de constituyentes (etc.) han quedado también tomadas por el heraclitismo esquizofrénico y, al cabo, como se dice en estos páramos, a río revuelto, ganancia de pescadores.

Pero el epítome del delirio epistémico –y son cuestiones de esta índole las que llevan a plantearse la injerencia de un principio de razón hiperbólica nefasto para la conducción política y la asistencia social en el gobierno actual– lo ha expuesto el pasado 1 de abril la subsecretaria (de prevención del delito) Katherine Martorell: en el marco de nuevos cambios en las medidas orientadas a la protección de la población, dando cuenta de un “endurecimiento” del fárrago de  restricciones que ritman estos anuncios, señala en medio de su alocución: “Se modifica el concepto de bien esencial de uso doméstico”; y agrega, a título de explicación: “¿Qué es desde ahora un bien esencial de uso doméstico…?”.

Impactará o no, pero habría que preguntarse qué se está haciendo al modificar por un mandato o edicto el significado de un concepto, pues la subsecretaria está diciendo, en el fondo, que lo que ayer tenía una extensión de sentido, desde ahora, a partir de este momento, debe tener otra.

Sin duda, el problema no es que se pretenda disminuir el ámbito de aplicación de un concepto, como quien dijese que entre los cuadrúpedos no cabe incluir a los rinocerontes porque estamos hablando sólo de cuadrúpedos en las ciudades industrializadas. La cuestión compleja es que les resulte normal a esos funcionarios encargados de proteger “la vida” frente al enemigo invisible el regir conductas cambiando el significado a algo. ¿Es aceptable esa imposición?

Existe un tremendo dossier de discusiones en torno a la pregunta de desde dónde le viene dado el significado a las palabras, si de algo intrínseco a ellas mismas o por convención. Ya desde el Crátilo de Platón se puede ver que la segunda alternativa es la menos consistente, no por ser la más arbitraria (en el sentido de la lingüística moderna), sino la más autoritaria: si nos quedamos en la convención, entre otras cosas, el lenguaje se vuelve privado, y tendríamos que empezar por negar lo que las palabras nos muestran con hechos, como esos individuos tomados por los negros vapores de la bilis de los que habla Descartes a título de contraste con su principio de razón: aquellos que se creen vestidos de oro o de púrpura cuando en realidad están desnudos, o que se imaginan ser cántaros o tener el cuerpo hecho de cristal. Por cierto, lo que aquí importa es el síntoma: el gesto de la subsecretaria –probablemente no haciendo allí parte de ningún atisbo de “duda”– pone de manifiesto ese cálculo infeliz por privatizar lo público, aunque fuese a palos (y en las variantes más insospechadas), lo que está en el “ADN” de la derecha chilena. Pero es también la manifestación de una premisa que habría sorprendido hasta a los filósofos de la antigüedad que creían en el cambio permanente: la apuesta no por el devenir de las cosas de nuestro entorno sino por la modificación de su naturaleza, de modo que lo que hoy es una silla, un poco como en la ficción de Kafka, mañana al despertar podría aparecer convertida en una caja de música.

En efecto, la gran aberración de esos personeros de la salud y la seguridad pública –su infeliz condición (o su condición de insanis, para decirlo con Descartes)– es, a fin de cuentas, haberse entregado a ese delirio, y, lo que es peor, aunque efectivo para sus propios intereses en lo inmediato, hacer de él una racionalidad política.

 

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