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Les tengo malas noticias, yo soy las malas noticias Opinión Crédito foto: Máximo Corvalán Pincheira, Artista visual

Les tengo malas noticias, yo soy las malas noticias

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Me encuentro en Colchane a unos 4000 metros de altura, en el punto fronterizo entre Chile y Bolivia. Las vacaciones con mi pareja han sido ir a la frontera para poder entrevistarnos con diferentes actores y tomar nota de manera directa de lo que está pasando en esta zona. Vengo realizando una investigación desde 2009, en distintos puntos del mundo, primero siempre en terreno y luego con el desarrollo de obras visuales que permitan abrir preguntas sobre esta problemática.

Con todavía mucha información en la cabeza, al recorrer la ciudad de Iquique nos cuesta encontrar el nivel de violencia, la “suciedad” de la que tanto se habla y las hordas de inmigrantes tomándose la ciudad. Vivimos en el Barrio Yungay y a todas luces en Santiago Centro es posible ver en cualquier espacio que lo permita carpas con personas que han llegado no hace tanto tiempo, mezclándose con los que están en situación de calle que ya son reconocidos por los que habitamos en el barrio. La Plaza Brasil de Iquique, lugar donde estaban pernoctando migrantes, ha sido cerrada por un cerco luego de las dos protestas de indignación de los residentes. Es quizás por eso, que nos cuesta ver esas comunidades de carpas tomándose las plazas; sus habitantes temporales fueron trasladados a un campamento llamado Lobitos, fuera de la ciudad, otros se han desplazado al final de Alto Hospicio donde el desierto ya ha comenzado hace mucho tiempo, uniéndose a las nuevas tomas que continuamente se van agregando casi llegando a los basurales. Poco a poco a partir de las conversaciones con diferentes habitantes de la ciudad, nos van contando que la ciudad está siendo “limpiada”, terminología que se escucha por todos lados. Nos encontramos con Gloria, quien usa este nombre como chapa porque recibe contantemente amenazas de parte de las personas contrarias a la llegada de venezolanos. Gloria trabaja en una ONG y presta ayuda humanitaria, coordinada con varios otros actores de la ciudad que tratan de ser creativos para dar solución a los problemas que se van presentando. En el momento en que nos encontramos, se encuentra en el terminal de buses comprando algunos pasajes a Santiago para familias que cargan dos o tres niños. La cara de los padres se desarma ante el encuentro finalmente de un sostén humanitario; otros rompen en llanto ante la imposibilidad de viajar por falta de documentos, ya que los manifestantes que reclamaban contra la violencia quemaron varias de sus pertenecías: documentos, pasaportes, DNI, certificados de los niños, exámenes de PCR, etc. Los niños corren descalzos por el terminal, mientras los padres se agolpan tratando de recibir cualquier ayuda; pero el dinero es finito y finalmente muchas de las familias quedan varadas.

Al segundo día, nos dirigimos a una escuela que funciona como albergue de una comunidad de migrantes que recientemente se quemó. Estamos invitados solo como observadores de una reunión dirigida a visibilizar las estrategias de respuesta a los discursos de odio que se han tomado la ciudad. La idea general es identificar como hacer visible el trabajo solidario de muchas organizaciones no gubernamentales en apoyo a la situación migratoria. El análisis crítico que se hace en esta reunión está dentro de la misma lógica de lo que hemos podido ver en las calles: las ayudas en concreto están dirigidas a sacar (limpiar) la ciudad de venezolanos, trasladándolos a otras regiones lo mas rápido posible, sin un interés real en la situación humanitaria.
Partimos temprano hacia Colchane; Gloria ha llenado el auto con mochilas de la OIM con alimentos y diferentes elementos de sobrevivencia básica para las personas que se encuentran en medio del camino. No muy lejos de la ciudad comenzamos a ver a las primeras personas, que tratan de moverse en grupo. Nos encontramos con un hombre que arrastra un carro de niños, camina solo con una chancleta, la otra la ha perdido, tiene puesto varios calcetines en este pie para que no se le queme con el asfalto, los ojos los tiene hundidos y apenas se le puede escuchar si tenemos agua. La entrega de la mochila contiene varias bebidas hidratantes.
El segundo grupo es una familia conformada por dos niños y 5 adultos entre los que se encuentra un anciano. Nos impresiona la sonrisa que nos entregan los niños, vienen desde Venezuela hace 3 meses, caminando por el desierto de Atacama y son capaces de atravesarte con solo este gesto.

Nos seguimos encontrando estas pequeñas manchas negras en el camino, que caminan en fila como hormiguitas, como espejismos en medio de la inmensidad de la nada ocre. Hombres con muletas improvisadas, niños cargados brutalmente, mujeres desvanecidas, dos jóvenes muy enteros que vienen viajando con su perro desde Venezuela y con el que comparten su agua, niños enfermos, las noches que han pasado en el desierto calan a cualquiera, un padre desarmado nos suplica que lo devolvamos a Colchane, se ve muy mal y su hijo menor está con asma (Covid quizás), su hijo de unos 11 años me mira fijamente como interrogándome, no puedo sacarme de la cabeza esta mirada. El padre viene desde Santiago, él ya ha encontrado trabajo y ahora vuelve a repetir el viaje para recuperar a su familia. Nos bajamos todos y esperamos que el conductor los traslade de vuelta para que los atiendan en Colchane.

En Colchane, nos encontramos con unas 300 personas agolpadas en las inmediaciones de la frontera, en carpas improvisadas; otras con las mochilas en el suelo como en espera de algo mirando al vacío. Dentro del control fronterizo se encuentra el campamento con unas 10 carpas con personas que están a la espera de ser trasladadas. Me extraña mucho cuando me piden que salga del control fronterizo, mientras por todos los lados hay un constante cruce a pie. Nos entrevistamos con el encargado del control fronterizo y la encargada del refugio que no quieren que haga fotos, porque han tenido muy mala experiencia con la prensa. Parece inexplicable que este campamento y el de Lobitos, que visitaremos mas adelante, estén asignados por el gobierno a una productora de eventos. Recuerda esas asignaciones, a lo menos sospechosas, de los hoteles sanitarios asignados solo a algunas empresas “amigas”. Pero lo más grave es que las personas que dirigen estos campamentos carecen de conocimientos profesionales para abordar las complejidades desbordadas que se dan en este contexto, sin mencionar la falta de muchos más profesionales que se necesitarían para abordar verdaderamente esta complejidad.

Ante un problema que no tiene solución, ante lo ridículo de las informaciones noticiosas informando de la crisis migratoria en el norte, no entendiendo que es un problema del país y más aun del continente, se siguen tratando estos territorios como extremos, solo con un interés extractivista y con una política de frontera ochentera, como si se hubiera quedado instalada la idea nacionalista pinochetista del territorio. Luego de ver a estas familias en condiciones inhumanas caminando en medio del desierto, que parecen decirnos: “Nosotros somos las malas noticias, el mundo se esta cayendo a pedazos”, parece ridículo que no sean declaradas como refugiados y que se puedan utilizar los mecanismos que existen para estos casos y no queden en el abandono total en la inoperancia de este gobierno.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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