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Opinion

El comentarista, Carmen Gloria, la empatía y la democracia chilena

por 31 julio, 2015

El comentarista, Carmen Gloria, la empatía y la democracia chilena
Hay que agradecerle al comentarista, ya que definió con gran claridad las bases del funcionamiento de la sociedad chilena de hoy. Una sociedad construida sobre la base de un molde darwiniano individualista, donde priman los valores de agresividad, de competencia, el egoísmo y la ley del más fuerte; los valores de la jerarquización, de las desigualdades, de la discriminación.
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Hace días un comentarista televisivo chileno causó un gran revuelo en las redes sociales por sus palabras frente a una persona víctima de una agresión física que la dejó marcada en su carne para siempre. La causa del malestar que generó fueron frases como “creo que lamentablemente los seres humanos no se guían por la ética… no se guían por la decencia, no se guían por la compasión. Se guían por los intereses”. Estas palabras provocaron el furor de los internautas.

¿El principal motivo de ira? Haber demostrado su ausencia de empatía con su interlocutora, es decir, que en ningún momento quiso (o supo) ponerse en su lugar. No demostró ninguna sensibilidad frente a las emociones de su interlocutor. Esta incapacidad de empatía no es muy extraña. Y partamos por decir que el comentarista no es culpable de nada: él es la consecuencia, el resultado lógico, el hijo de un sistema que gobierna Chile hace mucho tiempo.

 Segundo, es necesario tomar conciencia y reconocer que estamos viviendo el fin de la segunda revolución industrial y el inicio de una revolución que muchos –como el comentarista y otras personalidades en Chile– no logran o se niegan a ver. Los chilenos de hoy y de mañana son hijos del internet, son actores y creadores de la “revolución numérica”. Una sociedad interconectada y sin fronteras que multiplica los encuentros y funciona por la participación, la colaboración, la cooperación y la igualdad. Internet es un mundo sin jerarquía y horizontal. La empatía es la matriz de esta revolución.

En este sentido, hay que agradecerle al comentarista, ya que definió con gran claridad las bases del funcionamiento de la sociedad chilena de hoy. Una sociedad construida sobre la base de un molde darwiniano individualista, donde priman los valores de agresividad, de competencia, el egoísmo y la ley del más fuerte; los valores de la jerarquización, de las desigualdades, de la discriminación.

Fueron los fundamentos que se aplicaron con éxito durante la segunda Revolución Industrial: basada en la explotación de energías fósiles y en las rivalidades entre Estados, mundo en perpetua competición. Todos estos principios son potentes obstáculos al ejercicio de la compasión y de la empatía. Nuestro modelo de desarrollo actual es insostenible y llega a su fin, como lo demuestra la crisis prolongada que sacude a las economías occidentales y el frenazo que experimenta China, Chile y América del sur. Sin hablar de la crisis ecológica.

Esta crisis incentiva la reflexión en busca de soluciones alternativas, para permitir la sobrevivencia y el bienestar de los seres humanos. Soluciones que en su mayoría hablan de empatía. Varios pensadores han publicado textos y estudios que aseguran que el futuro de la humanidad reside en una mayor empatía y una mayor colaboración y cooperación. Para lograr este cambio hay que derribar mitos. El principal es el principio neoliberal que justifica la edificación de una sociedad de competición, porque la naturaleza sería competitiva (el darwinismo social). El etólogo y primatólogo Frans de Waal (leer su libro La edad de la empatía) en su trabajo con los mamíferos explica cómo ellos tienen una empatía innata. Y afirma: la solidaridad y la cooperación son esenciales para la sobrevivencia de las especies. Incluso la nuestra.

Segundo, es necesario tomar conciencia y reconocer que estamos viviendo el fin de la segunda revolución industrial y el inicio de una revolución que muchos –como el comentarista y otras personalidades en Chile– no logran o se niegan a ver. Los chilenos de hoy y de mañana son hijos del internet, son actores y creadores de la “revolución numérica”. Una sociedad interconectada y sin fronteras que multiplica los encuentros y funciona por la participación, la colaboración, la cooperación y la igualdad. Internet es un mundo sin jerarquía y horizontal. La empatía es la matriz de esta revolución. Hay que leer el ensayo de Jeremy Rifkin, La civilización empática: la carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis.

Esta necesidad de ser empático nos revela también cuán necesarios son hoy los valores considerados femeninos y todavía menospreciados. Estos son más útiles que nunca en el contexto global que vivimos hoy. El psiquiatra francés Serge Tisseron, en su libro La empatía en el centro del juego social, explica que se están revalorizando las emociones femeninas y que estas son un potente factor de cambios. Para él, toda sociedad que genera inseguridades (sociales, laborales, etc.) debilita nuestra capacidad de empatía.

Por tanto, a nivel político la empatía también es un valor “positivo”, acorde con la democracia y que la consolida. Significa y favorece la aceptación del otro y la búsqueda de soluciones comunes.

Entonces, una democracia sólida es el único marco posible para el triunfo del homo empathicus y para poner en jaque a Hobbes y su famosa frase “el hombre es un lobo para el hombre”.

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