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Ex diputado y secretario general de la DC en 1973 presenta sus memorias

Eduardo Cerda: “Faltó que Allende se impusiera sobre su gente, y sobró el discurso de Altamirano”

por 31 marzo, 2016

Eduardo Cerda: “Faltó que Allende se impusiera sobre su gente, y sobró el discurso de Altamirano”
Fue diputado por cinco períodos, uno de ellos interrumpido por el golpe de Estado de 1973, momento en el cual era secretario general de la Democracia Cristiana. Desde ese puesto le tocó cumplir un rol preponderante en los últimos días de la Unidad Popular y los primeros de la dictadura, con la falange ya disuelta por los militares. Hoy, a sus 83 años, presenta su libro de memorias, en donde cuenta en primera persona los momentos clave de su vida política, además de abordar temas como el rol de la DC en la oposición a Allende y en su caída, las culpas de su tienda en lo referente al derrocamiento del gobierno constitucional, y la resistencia durante los años de Pinochet.
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Hoy jueves, a las 11 de la mañana, en el Congreso Nacional de Santiago será presentado el libro de memorias del ex diputado democratacristiano Eduardo Cerda García, quien fuera secretario general de la falange al momento del golpe de Estado de 1973. El valor de los acuerdos, como ha sido titulado, incluye también las aportaciones de 40 políticos desde la UDI al PC, además de los cinco presidentes democráticos de Chile desde el fin de la dictadura.

Cerda relata en primera persona momentos clave de la historia moderna de Chile, desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, bajo la tesis de la necesidad de llegar a acuerdos de gobernabilidad que permitan el desarrollo del país en marcos democráticos.

El texto aporta un interesante testimonio respecto a los últimos días del Gobierno de Salvador Allende y los primeros meses de la dictadura militar de Augusto Pinochet, los cuales fueron vividos por Cerda como miembro fundamental de la directiva de la DC, la última previa a los 17 años de clandestinidad del partido. El otrora diputado aborda también temáticas como el rol de su tienda en la oposición al Gobierno de la Unidad Popular, en el golpe Estado y en la dictadura, haciéndose cargo de la visión de que la Democracia Cristiana tuvo culpabilidad en el derrocamiento de Allende.

Los días de la UP

En los últimos meses del gobierno de la izquierda no solo el país estaba polarizado políticamente, sino que la misma Democracia Cristiana estaba dividida en corrientes internas enfrentadas respecto a cuál debía ser la actitud del partido en medio de la crisis y para con el Gobierno. En las elecciones internas de 1973, Patricio Aylwin venció ajustadamente a Renán Fuentealba, y el nombre de consenso entre ambos para designar al secretario general era Eduardo Cerda. Así el entonces diputado quedó en un rol protagónico de cara a los que serían los últimos días de democracia en Chile. “Comenzamos a trabajar junto a Patricio Aylwin en la dirigencia del partido en el periodo político más sofocante y arriesgado que nos había tocado enfrentar hasta entonces”, señala Cerda en el libro.

Posteriormente vino un periodo de intensas negociaciones con la izquierda y la derecha, con el Gobierno y con los gremios y empresarios, en las cuales según Cerda la DC ejerció un rol de mediador, que lamentablemente no fue suficiente para evitar la ruptura institucional. “Desde la presidencia del partido empezamos a organizar reuniones y conversaciones para lograr acuerdos con los sectores en conflicto. De alguna manera tomamos un rol de intermediarios entre autoridades y las distintas organizaciones para tratar de llegar a entendimientos”. El ex diputado recuerda una de esas reuniones, en este caso con el dirigente de los autobuseros, quien había acudido a la directiva democratacristiana para que esta apoyara el paro que llevarían a cabo. Cerda reproduce la conversación entre él y Aylwin:

“–Ustedes están detrás de un golpe de gobierno. Eso buscan.

–Sí, queremos que caiga el gobierno.

La respuesta de Aylwin fue clara:

–En la Democracia Cristiana no estamos para eso. Si es así me retiro”.

Cerda defiende tajantemente su visión de que la Democracia Cristiana no buscó el derrocamiento violento de Allende, sino que todo lo contrario, que ultimó los esfuerzos para evitar una intervención militar. “La posición de la DC, y de eso soy testigo presencial, fue buscar soluciones por la vía democrática. Vi cómo se hicieron todos los esfuerzos posibles. En esto nos ayudó el cardenal Raúl Silva Henríquez, quien intervino para propiciar una reunión entre la DC y Allende”, sin embargo, reconoce también que no todos en el partido buscaban la solución constitucional con tanto ahínco: “Algunos diputados demócrata cristianos, cuyos nombres prefiero no recordar, se opusieron (a suavizar un párrafo referente a las Fuerzas Armadas del famoso Acuerdo de la Cámara de Diputados sobre el grave quebrantamiento del orden constitucional y legal de la República). Una facción de la DC quería golpe de frentón. Y los otros, la mayoría, imprecaban: '¡Cómo se les ocurre, es el colmo!'”.

En esos días existía una fuerte discrepancia entre el Ejecutivo y el Legislativo respecto a una reforma constitucional aprobada con el Congreso que delimitaba las áreas estatal, mixta y privada de la economía, la cual Allende se negaba a promulgar. La salida al entuerto legal a la que llegaron Allende y la DC fue la realización de un plebiscito, aquel famoso plebiscito que debía anunciarse el día del golpe, y que si bien formalmente abordaría el asunto constitucional, era en realidad un referéndum revocatorio. El acuerdo consistía en que, en caso de perder, Allende llamaría a elecciones presidenciales y, en caso contrario, se llamaría a nuevas elecciones legislativas. Se convino en que el Presidente lo anunciaría al país el 10 de septiembre a las 7 de la tarde, pero la fuerte oposición del PS de Carlos Altamirano lo dilató todo.

Cerda cuenta así cómo fueron para él esas horas de tensa espera, que finalmente acabaron muy mal: “La cuenta regresiva hasta las siete de la tarde se nos hizo interminable. De pronto, un telefonazo aguó nuestras expectativas de un paraguazo. Contesté yo. Era Carlos Briones (ministro del Interior).

–Eduardo, te comunico que el Presidente postergó para mañana el anuncio a plebiscito. Lo hará a las 10 de la mañana desde la Universidad Técnica del Estado.

–Pero, ministro... no hay tiempo. La Armada está acuartelada en Valparaíso.

–Eduardo, el Presidente está entrampado en una pelea con el Partido Socialista por este llamado a plebiscito. Necesita la tarde para manifestarles que está decidido a hacerlo y convencerlos de sumarse. Hace una hora los buques de la Armada zarparon a la mar, esto le ha dado una cierta tranquilidad”.

Pero los buques volvieron durante la noche y en Valparaíso se inició la sublevación.

Tomando whisky

La noche del 10 de septiembre Cerda estaba ansioso y decepcionado, se fue a su casa en Vitacura, pero al llegar se encontró con una visita inesperada. “El 10 en la noche, cuando llegué a mi casa agotado y desmoralizado, me sorprendió ver en el perchero una boina militar colgada. Entré en el living y vi al coronel Lionel Rochefort”. Rochefort era un conocido del entonces diputado, y había llegado a su domicilio para conversar largo y tendido respecto a cómo la DC veía el panorama. Posteriormente se sumó otro contertulio a la reunión: “En eso, llegó Genaro Arriagada, muy agitado, a mi casa. En la entrada me espetó de frentón:

–Eduardo, acabo de saber que el golpe es mañana, de madrugada. ¿Qué hacemos? –yo lo miré con algún desconcierto–.

–¿Será verdad? Pasa, estoy con el coronel Rochefort, me vino a ver. Y no me ha manifestado nada”.

La presencia de un coronel en su casa tranquilizó en algo al diputado, ya que en caso de haber un golpe en curso lo lógico sería que estuviese en labores operativas o logísticas y no visitando a políticos para charlar.

La conversación prosiguió muy animadamente hasta altas horas, mientras las Fuerzas Armadas iniciaban los movimientos para derrocar al gobierno constitucional. Sin embargo, lo descontraído que se veía Rochefort logró despistar a Cerda y Arriagada. “Seguimos hablando los tres. El coronel era bueno para el whisky, así es que estuvimos tomando como hasta las dos de la mañana. Andaba en un Ford Ranchero y cuando se iba se dio cuenta de que la batería estaba muerta. Tuvimos que empujarlo. Nunca más lo volví a ver. No sé si lo habrán degradado. Tal vez lo habían mandado de inteligencia para controlarme, a indagar en qué estábamos nosotros. Caí desplomado en la cama, sin sospechar que sería la última noche de democracia en Chile”.

Al día siguiente las Fuerzas Armadas se tomaron el poder, Allende se suicidó y se formó una Junta Militar de gobierno. El plebiscito pactado que salvaría a la democracia chilena no alcanzó a anunciarse, a pesar de que, como cuenta Cerda en su libro, estaba todo listo en la UTE para que esa mañana del 11 de septiembre el Presidente se lo comunicase al país.

Conociendo a los generales

El golpe, a pesar de que estaba prácticamente anunciado y se sentía en el aire, sorprendió de cierta manera a la Democracia Cristiana, un partido que, a diferencia de los de izquierda, no tenía ninguna experiencia de existencia en la clandestinidad. La reacción de la orgánica del partido se grafica muy bien con el diálogo entre Cerda y su encargado de seguridad la mañana del 11:

“Todos los miembros de la directiva teníamos un encargado de seguridad. El de Aylwin había sido director de Investigaciones, y el mío, Jorge Kindermann, era un dirigente democratacristiano. Mi primera reacción, aún en pijama, fue llamarlo:

–¿Aló? –me respondió su voz adormecida.

–Jorge, hola, soy Eduardo. Hay golpe.

Kindermann bufó.

–No me huevees, estoy durmiendo.

–Pon la radio. Se está desmoronando el gobierno.

–No me digas...

–Tú eres el encargado de seguridad. ¿Qué hago?

–Déjame despertar primero...”.

Al día siguiente de la caída de Allende, Cerda mantuvo un encuentro íntimo muy particular. Nada más y nada menos que con Laura, la hermana del derrocado Mandatario que se había suicidado horas antes. Mediante una sobrina de ella, que era amiga de una de sus hijas y se había quedado a dormir en su casa, Cerda se enteró de que Laura Allende estaba quedándose a media cuadra de él. Fue a entregarle el pésame y se quedaron conversando toda la tarde, incluso más allá de las 5, cuando iniciaba el riguroso toque de queda. Cerda quería irse para evitar alguna desgracia por violar la medida, pero Laura le detuvo diciéndole “No te van a hacer nada. Estoy en esta casa autorizada por los militares. Si quisieran hacerme algo lo habrían hecho hace rato”. El secretario general de la DC se fue más tarde hacia su casa, a media cuadra, caminando pegado contra la muralla.

La noche del 10 de septiembre Cerda estaba ansioso y decepcionado, se fue a su casa en Vitacura, pero al llegar se encontró con una visita inesperada. “El 10 en la noche, cuando llegué a mi casa agotado y desmoralizado, me sorprendió ver en el perchero una boina militar colgada. Entré en el living y vi al coronel Lionel Rochefort”. Rochefort era un conocido del entonces diputado, y había llegado a su domicilio para conversar largo y tendido respecto a cómo la DC veía el panorama. Posteriormente se sumó otro contertulio a la reunión: “En eso, llegó Genaro Arriagada, muy agitado, a mi casa. En la entrada me espetó de frentón: 'Eduardo, acabo de saber que el golpe es mañana, de madrugada. ¿Qué hacemos?', yo lo miré con algún desconcierto".

Pero quizá uno de los episodios más interesantes que Cerda cuenta en su libro es el encuentro que como directiva sostuvieron con la Junta Militar, una reunión oficial posterior al golpe, que se producía luego de que la DC sacara una declaración oficial firmada por Aylwin lamentando el quiebre institucional, pero deseando lo mejor a las Fuerzas Armadas, a la vez que también se había hecho pública la Declaración de los 13, frontalmente crítica al derrocamiento del Gobierno legítimo. El encuentro fue en la Comandancia en Jefe del Ejército –La Moneda estaba en ruinas– y con los cuatro miembros de la Junta con sus armas literalmente sobre la mesa.

“Abrimos la reunión planteando nuestra inquietud por los desaparecidos, por la gente que estaba siendo detenida, por las ejecuciones por consejo de guerra, por la libertad de prensa. Y también manifestamos nuestra preocupación por las declaraciones oficiales que señalaban que los partidos políticos serían declarados ilegales.

–Nosotros estamos en una posición constructiva, pero esperamos que se restablezca rápidamente el orden constitucional y se llame a elecciones –dijo Aylwin–. La Democracia Cristiana no sabe trabajar en la clandestinidad, sería un error declarar ilegal a la gente más seria de este país, entre quienes nos consideramos nosotros.

-¿Gente seria? –se burló Pinochet–. Ustedes, los democratacristianos, son los mayores culpables. Partiendo por Frei, que permitió que existiera el MIR y que hubiera desorden en las calles, ahí están todas las revueltas. Y las armas que encontramos en todos los allanamientos”.

La reunión fue tensa y en términos muy poco cordiales, y continuó con mutuas recriminaciones entre los militares y Aylwin respecto a las armas en manos de civiles. Este último cuestionó a los generales que en el Estatuto de Garantías Democráticas firmado entre la DC y Allende habían participado representantes de las Fuerzas Armadas, a quienes se les concedió que serían estas las encargadas de procurar el control de armamento. Los ánimos se caldearon y todo acabó con una fuerte sentencia de Gustavo Leigh: “Nuestra misión es erradicar el cáncer del marxismo. Y vamos a disolver todos los partidos políticos. Dense por disueltos, esto se acabó”.

Días más tarde, luego de volver de un acto por el Día de la Hispanidad, y mientras celebraban el onomástico de su mujer y su hija, entraron militares armados a su casa y la allanaron llevándose todos los papeles que encontraron, entre ellos el acta de la reunión con la Junta Militar.

Nunca más

El gran leitmotiv de este libro autobiográfico pasa por la importancia que da Cerda a los acuerdos para el desarrollo del país y para mantener la salud de su vida cívica. De ahí que los capítulos referentes a los días de la UP, el golpe militar y la dictadura, sean particularmente importantes para el conjunto del texto.

El ex diputado hace un mea culpa personal y de la clase política en general, pero identifica también a los que para él son los mayores responsables de la ruptura institucional. “Lo que pasó en Chile nunca debe volver a ocurrir. Todos fuimos culpables. Unos más, otros menos. Faltó que Allende se impusiera sobre su gente. Sobró el discurso de Altamirano que llamaba a las tropas a sublevarse, que no hizo más que apagar el fuego con bencina. Desabastecimientos, tomas, enfrentamientos callejeros, expropiaciones, insultos, ausencia de diálogo, hostilidad de lado y lado...”, señala.

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