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Opinión

Elecciones municipales: gana la banca

por 26 octubre, 2016

Elecciones municipales: gana la banca
Es evidente que el poder institucional y político del Estado se debilitó debido a la enorme abstención. También se debilitaron los partidos políticos, no solo por el hecho de tener menos votos sino también por quedar acorralados entre el desprestigio y la pérdida de incidencia política real. Más se debilitó el Gobierno –supuestamente el mayor instrumento político del oficialismo– con la imagen de la Presidenta interpretando, rodeada de un núcleo anónimo del Chile profundo, las causas de la derrota.
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Los resultados de las elecciones municipales del domingo han dejado a la democracia chilena al garete. La elección de alcaldes y concejales se parece más a una continuidad de servicio en emergencia que a una renovación legítima de autoridades. En estricto rigor, nadie puede sostener a cabalidad que venció, cuando votó menos del 35% del padrón y, de quienes fueron a votar, un tercio lo hizo por independientes.

La lección inmediata es que la crisis de representación es completa, y deja un país políticamente líquido para las elecciones presidenciales y parlamentarias del próximo año.

Desde el punto de vista institucional, las elecciones resultaron en un empate político catastrófico para la democracia, en el cual –honestamente– solo pueden celebrar aquellos que tienen, o posiciones políticas aviesas a un sistema democrático o simplemente están en etapa terminal de entontecimiento político.

Es evidente que el poder institucional y político del Estado se debilitó debido a la enorme abstención. También se debilitaron los partidos políticos, no solo por el hecho de tener menos votos sino también por quedar acorralados entre el desprestigio y la pérdida de incidencia política real. Más se debilitó el Gobierno supuestamente el mayor instrumento político del oficialismo– con la imagen de la Presidenta interpretando, rodeada de un núcleo anónimo del Chile profundo, las causas de la derrota.

Al revés, para las actividades ilícitas de acción política, como el financiamiento ilegal de ella, el resultado parece óptimo. Su financiamiento o la trampa se tornan más baratas en una sociedad con amplia desorientación o prescindencia ciudadana. El resultado más útil de las elecciones, desde este punto de vista, es que, debilitado el poder de las instituciones, se endurece o hace más poderoso el poder propio, el que puede clientelizar las débiles estructuras partidarias y políticas y corregir fácilmente la voluntad ciudadana.

Lo que la política ofrece hoy son, con pocas excepciones, administradores de continuidad, pero no nuevos liderazgos para traer de vuelta al 65% del padrón que no vota y al tercio que sí vota, a una propuesta de una democracia renovada.

Por ello pueden celebrar todos aquellos que no participan de la idea de que las democracias modernas se basan en el principio de la representación y que esta se produce a través de elecciones libres, informadas y regulares y con instituciones sanas –los partidos políticos– que representan e intermedian intereses para lo público.

Es más fácil explicar que corregir, si se tiene percepción real del problema, a propósito de lo declarado por Ricardo Lagos, quien espontáneamente se erigió en rostro de la derrota del oficialismo la noche del domingo, con la clara intención de captar su liderazgo. Difícil, porque la democracia y sus instituciones están en grado de inanición, sin que la ciudadanía –desmovilizada y convencida de que no cuenta para nada– pueda o quiera jugar un rol efectivo.

La identificación entre viejos liderazgos y esta anomia terminal es inevitable. Es un modo de hacer política el que crujió el domingo de modo final.

Un leve rasgo destacable de la elección es que tres triunfantes sonados –Ortiz en Concepción, Sharp en Valparaíso y Alessandri en Santiago– tienen 40 años de edad o menos.

Pero la mayor parte de las caídas personales tienen que ver con el viejo estilo y el ensimismamiento del poder político, incapaz de tener lectura de su realidad y de sumar y restar.

En Providencia ganó Matthei con menos votos que Labbé el 2012, o sea, perdió Josefa Errázuriz. En La Reina perdió Donckaster (DC) por no hacer primarias con Pedro Davis (Ind. PS), quien fue por fuera y sacó el 17% de los sufragios emitidos, 10 veces los quinientos votos de diferencia que obtuvo Palacios de la UDI. En San Miguel, un político en estado agónico como Julio Palestro, compitió solo para devolverle el municipio a la UDI, pues para todos era claro que no podía competir, menos para el Partido Socialista. La UDI le levantó candidato al independiente Rodolfo Carter (ex UDI) en La Florida, pese a lo cual este sacó mayoría nacional.

¿Quién se moviliza y quién gana en este fraccionamiento monumental?

Movilizar la ciudadanía en el corto plazo será prácticamente imposible, a menos que medie una circunstancia excepcional, que por el momento no se percibe por dónde.

Es cierto que no sería raro asistir en las próximas semanas a iniciativas de voto obligatorio, como si la coerción fuera un componente esencial de la legitimidad y ese parche tapara el enorme orificio político. Lo esencial en la democracia es la convicción, es decir, la adhesión voluntaria de los ciudadanos a la forma política. Si ella no existe, es inútil pensar en la fuerza como reemplazo, pues la distorsión de derechos y de la libertad es enorme. Peor aún si la piensan los que llevaron a este estado de cosas y atienden solo a los síntomas y no a la enfermedad.

Lo que la política ofrece hoy son, con pocas excepciones, administradores de continuidad, pero no nuevos liderazgos para traer de vuelta al 65% del padrón que no vota y al tercio que sí vota, a una propuesta de una democracia renovada.

Los presidenciables de izquierda y derecha que sacan cuentas anticipadas están fuera de la realidad. También los espontáneos que creen que los inventos pagan en política. Nadie ha ganado nada, todos han perdido algo o más que algo, pero nadie engrosó realmente su cuenta política.

Los únicos que claramente han ganado –de forma indirecta, por cierto– son los núcleos asistémicos de la política, que abogan por un estado débil y una democracia a medias, para hacer de su poder propio el fundamento de su éxito. Total, paga Moya y en este caso, como en el casino, gana la banca.

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