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Opinión

Crisis institucional(es): el irresistible deseo por sostener lo existente

por 20 febrero, 2017

Crisis institucional(es): el irresistible deseo por sostener lo existente
Quizás lo realmente subversivo sea sostener momentáneamente la falta de sentido, habitar el sinsentido. ¿No es esto lo que se hace en “la calle”, en las marchas? Judith Butler tiene razón al sostener que la ocupación del espacio por los cuerpos es en sí misma una demanda. Sin embargo, esta es una ocupación muy distinta a la señalada hasta aquí: no una ocupación de las lógicas y funciones de la institucionalidad en crisis, sino una ocupación del espacio que deja esta crisis
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Historias: dos jóvenes falsifican indumentaria de la PDI y, durante cuatro meses, patrullan las calles realizando detenciones. Otro joven, un “youtuber”, se hace pasar por una menor de edad en WhatsApp para contactar a presuntos pedófilos y organizar encuentros, los cuales posteriormente sube a internet. Una chilena radicada en Estados Unidos decide contratar uno de los aviones contra incendios más grandes (y caros) del mundo para ayudar en la extinción de un voraz siniestro en Chile. Ante la agresión de un taxista a un usuario de Uber, un grupo de individuos detiene al agresor y lo desnudan, al tiempo que destruyen su auto.

¿Qué tienen en común estas historias? Además del hecho de que todas ocurrieron recientemente en Chile y que pueden encontrarse decenas de otras similares, lo central es que comparten un peculiar mecanismo de funcionamiento: subvierten el orden normal de las cosas… para sostener el orden de las cosas.

En efecto, cuando las miramos de cerca, nos damos cuenta de que todas estas historias muestran la crisis de ciertas instituciones sociales (PDI, policía, Onemi, Conaf, etc.) y cómo sus funciones son (re)apropiadas por individuos particulares que las usurpan directamente. Pero no solo eso, ya que estos fenómenos, que están cargados de violencia o exceso o ambos a la vez, están a su vez motivados por una actitud profundamente conservadora.

Tomemos el más violento de los ejemplos, el de la agresión del taxista al usuario de Uber y su respuesta. Hay allí cosas que no son del todo evidentes. Por ejemplo, ¿por qué se detiene al chofer del taxi y también se destruye el auto? o ¿por qué se detiene al chofer y también se lo desnuda? Son precisamente estos “y también” los que develan el paradójico carácter restitutivo de la acción.

La destrucción del taxi da cuenta de que la violencia ejercida no está dirigida en primera instancia al taxista en sí quien, en rigor, fue el victimario sino que a su función social, a lo que representa el taxi dentro del conflicto institucional que actualmente mantiene con Uber. Pero mucho más interesante es el hecho de que se desnude al taxista, ya que ello parece contradecir lo anterior que la agresión es a la función-taxista y no al chofer-taxista. Sin embargo, no hace más que ratificarlo.

En este, como en todos los casos de las denominadas “detenciones ciudadanas”, la desnudez del victimario es consustancial al proceso restitutivo que se ejecuta. Ello es así porque estos cuerpos-victimarios son transformados, literalmente, en una ofrenda social, en una muestra de que sí ocurre lo que debiese ocurrir. Lo crucial es que la ofrenda de este cuerpo desnudo no está dirigida a alguien en particular, sino que se le ofrece a la sociedad misma, a la que pareciera no estar funcionando, pero que se intenta sostener precisamente mediante estos excesos.

Cuando se moviliza el exceso, se puede estar seguro de que se hace para ocultar una falta en este caso, falta de funcionamiento de las instituciones.

¿Acaso este afán por la visibilidad en el desnudo, en la grabación, en el SuperTanker, no es el equivalente a lo que en otra dimensión es el afán por el accountability? Cuando se hace imperioso mostrar que hay algo que aún funciona parece razonable pensar que tras ello no hay nada.

 ¿Acaso este afán por la visibilidad en el desnudo, en la grabación, en el SuperTanker, no es el equivalente a lo que en otra dimensión es el afán por el accountability? Cuando se hace imperioso mostrar que hay algo que aún funciona parece razonable pensar que tras ello no hay nada.

Por lo tanto, debemos concluir que, por más violentos que puedan ser estos excesos transgresores de la institucionalidad, ellos no son más que el último intento por sostener la propia institucionalidad, esta institucionalidad.

Y es precisamente esto lo que los hace ser tan reaccionarios. Son brotes de violencia institucional ejercida por medios no institucionales y, por lo mismo, excesivos, que se rebelan contra la pérdida de sentido de la sociedad, pero que no conciben la sociedad si no es bajo el signo de lo que parece estarse perdiendo.

Esta actitud, sin embargo, no es la única posible. En un contexto donde las instituciones muestran signos de crisis, donde la sociedad parece perder sus fundamentos, quizás lo realmente subversivo sea sostener momentáneamente la falta de sentido, habitar el sinsentido. ¿No es esto lo que se hace en “la calle”, en las marchas? Judith Butler tiene razón al sostener que la ocupación del espacio por los cuerpos es en sí misma una demanda. Sin embargo, esta es una ocupación muy distinta a la señalada hasta aquí: no una ocupación de las lógicas y funciones de la institucionalidad en crisis, sino una ocupación del espacio que deja esta crisis.

Neruda escribió en Pantheos: “Si quieres no nos digas de qué racimo somos, /no nos digas el cuándo, no nos digas el cómo, /pero dinos adónde nos llevará la muerte…”. Esa es precisamente la actitud de los agentes de las historias señaladas aquí, aquella que a toda costa desea sostener esta sociedad porque el sinsentido (la muerte orgánica en Neruda, la simbólica en nuestro caso) es insoportable.

Ocupar “la calle”, simplemente porque se puede hacer, es una forma de resistir el deseo por sostener cualquier tipo de certeza. Es una forma de articular otras certezas.

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