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El realizador abrió la puerta al cine chileno fuera del país

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In memoriam: Ricardo Larraín, el cineasta chileno de lo imposible

por 22 marzo 2016

In memoriam: Ricardo Larraín, el cineasta chileno de lo imposible
La obra del director santiaguino fue el primer paso para la internacionalización de la industria local, con ese Oso de Plata que ganó en la Berlinale de 1992, emulado luego por su tocayo de apellido, y de nombre Pablo, 23 años después. Lo onírico, la reflexión sobre el pasado, la identidad, y las humanas ilusiones en torno al destino personal y del país, los expresó con genio audiovisual en un par de créditos mayores: “La frontera” (1991) y “El entusiasmo” (1998).

Es difícil entender el cine chileno de ficción, de la década de 1990 (y una de las etapas temporales más importantes del siglo XX nacional), sin la obra y la figura del realizador audiovisual Ricardo Larraín. Puede leerse a cliché, pero no lo es: con sus películas abrió las puertas para la “exportación” extranjera de la filmografía local, y el galardón (un Oso de Plata, en la categoría mayor de la Berlinale, de 1992) que obtuvo con La frontera (1991), fueron, por mucho tiempo –junto a la Copa Volpi rescatada por Gloria Münchmeyer, en el Festival de Venecia-, gracias a su actuación en La luna en el espejo (1990), de Silvio Caiozzi, los hitos cosmopolitas modernos, del séptimo arte criollo.

Nacido en Santiago en 1957, se graduó en la Facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde el ejercicio y la enseñanza del periodismo, se confundía con el aprendizaje de los platós registrados en cintas de 35 milímetros. Y puede decirse, asimismo que, como tantos autores de su generación, formados en esas duras décadas, fue un “director autodidacta”, quien desplegó sus primeros pasos creativos, bajo las urgentes exigencias del circuito televisivo.

Como en Silvio Caiozzi, su compañero de ruta cronológico en estas lides fílmicas, junto a la sombra del escritor José Donoso, el erotismo tortuoso e impotente del Chile contemporáneo, eran un tópico y un motivo, un estímulo intelectual que les hacía pensar y meditar más de la cuenta. Y la figura represiva de la autoridad, también se convertía en un celador y carcelero, según ellos, hasta de las habitaciones personales de esa ciudadanía asfixiada.

Un par de trabajos suyos, quedarán para el recuerdo del cinéfilo y los deleites del crítico: la ya citada La frontera (1991), y El entusiasmo (1998), esta última, una coproducción chileno española, donde Larraín aprovechó la fama y los réditos granjeados por su éxito germano, de hace seis años atrás. De hecho, en el elenco, participaron las actrices españolas Maribel Verdú y Carmen Maura. Filmada en locaciones del norte del país, relata el ambicioso proyecto de una joven pareja (compuesta por Verdú y el debutante Álvaro Escobar), y su apuesta marital a fin de dar el salto a la estabilidad económica y afectiva.

Esa emoción amorosa y existencial constituye una marca registrada de su breve trayectoria (cinco largometrajes, un documental y dos miniseries para la televisión, en total), además del simbolismo que cruza a cada una de sus cintas. Tanto los estelares de La frontera, como los protagonistas de El entusiasmo, se caracterizan por situarse en contextos de vivencia marginal, y donde están obligados a elegir un camino, el que casi siempre, pese a las buenas intenciones, termina catastróficamente mal, ya sea por la fuerzas políticas e históricas prevalecientes, o bien por los caprichos de la naturaleza (tal es el caso registrado en el libreto de la pieza grabada en el sur de Chile, y cuyos roles gravitantes fueron interpretados por Patricio Contreras y Gloria Laso); o en su defecto, se genera ese funesto destino, a causa de lo impredecible, debido a los detalles que se nos escapan, y que jamás dependen de nuestras acciones ni deseos.

Y, el amor, entonces, emerge en una posibilidad cierta, pero frágil, etérea, dispuesta a derrumbarse al más mínimo impedimento, o gracias a un leve empujón contrario, violento y desatado. Todo concluye pésimamente, en los límites y meridianos de las expectativas y condición humana, parece reflexionar, audiovisualmente, Larraín; especialmente en esta tierra, un lugar en donde las apariencias y la precariedad material, para no decir “espiritual”, semejarían una especie de “ethos” o de diagnóstico anímico de ese Chile que se reponía de la experiencia traumática del Golpe de Estado de 1973, y del régimen militar que le siguió por casi diecisiete años.

Esa argumentación temática, en una industria que navegaba bajo los cánones del esfuerzo personal y de la escasez de fondos y ayudas estatales, el director lo combinada con una estrategia de planos, secuencias y fotografía, que destacaban dentro de esos empeños desplegados al interior de la carencia económica y tecnológica: los encuadres y las luces de La frontera, sin ir más lejos, se erigen como una muestra de que una visión “metafísica” de Chile, a través de la cinematografía, puede ser más que retratar un imposible, y constituirse en una escena real y maravillosa.

Un lugar sin límites, donde hasta la sexualidad se viviría a oscuras, y a escondidas, víctima también de las fuerzas policiales, el apuro, o el torrente acuso próximo, y que destruirá todo a su paso. ¿Quién podría olvidar a una esbelta Gloria Laso, transformada en objeto de culto, apoyada contra las árboles, cerca del mar, venerada por Patricio Contreras, exonerado en ese rincón austral, mientras dos carabineros corren, en un hermoso travelling, para detenerlo, y llevarlo a que estampe su firma en el retén más cercano, como era su obligación cada día, según la sentencia que se le había impuesto?

¿Y quién no vibró sentado en una butaca, cuando Álvaro Escobar, se disponía a besar la intimidad de Maribel Verdú, en un plano abierto dentro de una habitación inmersa en la infinitud del desierto, con un pudorosamente desenfocado, y de pronto la mujer se enoja ante una respuesta de su esposo, y la emoción y el entusiasmo ceden a la frustración, y a lo trunco del acto sexual fallido e incompleto?

Como en Silvio Caiozzi, su compañero de ruta cronológico en estas lides fílmicas, junto a la sombra del escritor José Donoso, el erotismo tortuoso e impotente del Chile contemporáneo, eran un tópico y un motivo, un estímulo intelectual que les hacía pensar y meditar más de la cuenta. Y la figura represiva de la autoridad, también se convertía en un celador y carcelero, según ellos, hasta de las habitaciones personales de esa ciudadanía asfixiada.

Para audiencias acostumbradas a las historias inclinadas hacia la convencionalidad, el cine de Ricardo Larraín significa un acertijo y una prueba a la paciencia, y por supuesto que a la inteligencia, y a la cultura. Yo mismo debo confesar que le debo al soundtrack de El entusiasmo, haber descubierto la Sinfonía del Nuevo Mundo (la número nueve), del compositor checo Antonin Dvorak.

Comenzaba el verano de 1998, era diciembre, yo tenía 16 años, pasaba a cuarto medio, y esa revelación sonora, imponente, todavía se la agradezco a ese cineasta que se marcha tempranamente, de esta tridimensionalidad finita, por lo menos para quienes seguimos respirando en la territorialidad de su vientre. Y bueno, igualmente le adeudamos el deslumbrarnos con Gloria Laso a través de la televisión (en esos ciclos de TVN dedicados al cine chileno, a mitad de los ’90), y enamorarnos Maribel Verdú, una morena descomunalmente bella, moviéndose por el Norte Grande, tan cerca en el anhelo y la ensoñación, pero tan inalcanzable (en la realidad), al mismo tiempo.

Germen de su época, las motivaciones dramáticas de Ricardo Larraín yacen en el recuerdo y en las letras de los libros de historia: vivimos supuestamente en democracia, y a nadie lo exilian ni fuera ni dentro de Chile (como al profesor de matemática, encarnado por Patricio Contreras en La frontera); y el frenesí monetarista y neoliberal, que empujó a Álvaro Escobar, a involucrarse en lo indecible moralmente, al transcurrir de la trama de El entusiasmo, si no se encuentra cuestionado en sus resultados técnicos, por lo menos se halla éticamente, salvo una reacción desesperada de sus mentores, herido y sangrante de muerte, en tanto ideología victoriosa.

Lo mejor de Larraín se rastrea en ese par de películas: La frontera y El entusiasmo, las que regalan argumentos y escenas memorables. Un helicóptero que desciende en los balbuceos de un condominio inmobiliario (y millonario) frente al mar, y Dvorak se traga el espacio con sus motivos musicales melódicos y poderosos, y por supuesto, de la emoción dramática de la posibilidad, en un contexto de desierto inexplorado, y en apariencia virgen y pletórico de futuro, de amor, de dinero, y de éxito.

Otra: Una noche de pasión tardía, en una antigua casa sureña donde habitan la locura y el desarraigo, y el mar que se acerca, con su rumor peligroso, en un fuera de campo que anuncia la muerte y la salvación, mientras uno de los protagonistas, apurado, corre para salvarse y otra, la pasmada Gloria Laso (hermosa y semidesnuda), desatado un coito disruptivamente un minutos antes, no reacciona, y permanece sorprendida, mortalmente sosegada, fiel y pendiente, como ella, de un padre que vive y sueña con el pasado.

Quizás un buen homenaje para Ricardo Larraín, sería observar este presente nacional, lleno de interrogantes, temores y miedos, con la luz nostálgica de su mirada cinematográfica, en donde la composición de los encuadres y de las secuencias, siempre semejan a punto de concluir, de desenvolverse, en un estallido metafórico, e infinito, de eternas y alcanzables posibilidades.

 

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