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Abusos sexuales en la Iglesia católica: causas y responsabilidades

por 12 mayo, 2019

Abusos sexuales en la Iglesia católica: causas y responsabilidades
En la práctica, la Iglesia Católica ha tendido a “normalizar” los abusos, concibiéndolos como una conducta sexual fuera de lo prescrito, pero sin percibir del todo su carácter deshumanizante, las gravísimas consecuencias que trae para la víctima ni el grado de perversión que revelan. Esta perspectiva puede explicar también que se hayan tratado de presentar como comportamientos excepcionales o aislados, lo que evidentemente constituyen patrones de conducta cada vez más consolidados. La única razón que se me ocurre para explicar esta grotesca confusión se relaciona con la visión misma de la sexualidad que sostiene la iglesia, lo que podría constituir una tercera línea explicativa de los abusos, sobre la que se ha discutido menos.
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Las estremecedoras declaraciones de Marcela Aranda sobre la pesadilla que vivió a manos del sacerdote jesuita, Renato Poblete, renuevan la urgencia por tratar de comprender, al menos identificar, las razones o condiciones que hicieron posible estos horribles hechos. ¿Cómo puede entenderse que tantos hombres, que se supone debían consagrar su vida a Cristo, hayan incurrido en este tipo de abusos, de forma tan sistemática, en algunos casos hasta llegar a construir verdaderas cofradías del mal al interior de la Iglesia Católica? Tratar de comprender puede ser un primer paso para prevenir, un fundamento para avanzar hacia un mundo sin abusos.

Las principales líneas de explicación a la fecha han circulado por dos vertientes. La primera, ha puesto el énfasis en la dimensión individual y los abusos sexuales como consecuencia de personalidades abusivas o psicopáticas, que por error se "colaron" al interior de la Iglesia. Este enfoque comprende sin duda parte de la verdad, pero parece un error atribuir una tragedia de esta magnitud simplemente a un par de “manzanas podridas”.

En el mejor de los casos, resulta necesario reconocer que la vida sacerdotal ha atraído un número desproporcionadamente alto de abusadores sexuales. Parece probable, por tanto, que un grupo de personas con conflictos sexuales irresueltos o derechamente impulsos patológicos, se sientan atraídos por la vida sacerdotal, ya sea como una forma de reprimir o negar dichos problemas o, más escabrosamente, en búsqueda de un entorno propicio para expresarlos. La iglesia no solo estaría fallando a lo hora de detectar estos conflictos, sino de alguna forma asistiendo su evolución en la forma de perversiones grotescas.

Una segunda línea explicativa ha ampliado la mirada, poniendo el foco en la cultura institucional de la Iglesia Católica. Esta visión no niega por cierto la responsabilidad individual, pero interroga también un entorno que, de alguna forma, ha posibilitado los abusos. A la fecha, prácticamente todos los casos de abusos sexuales han puesto de manifiesto que, en el mejor de los casos, ha habido negligencia de las autoridades eclesiásticas para investigar las denuncias y con mayor frecuencia, se han develado oscuras tramas de encubrimiento para evitar que los abusos salgan a la luz, mientras que en otros casos ha sido incluso para perpetuarlos.

En efecto, para la Iglesia Católica, la sexualidad y en particular el deseo sexual es visto como algo esencialmente amenazante, nocivo y por más que subsistan algunas versiones aisladas que destacan el carácter constructivo del sexo (dentro del matrimonio eso sí), lo cierto es que la visión prioritaria siempre ha sido más bien negativa: como un impulso turbio, peligroso, degradante, que idealmente debe ser reprimido. La tradición cristiana no cuenta con referentes, conceptos, mucho menos una imaginería, que provea una aproximación constructiva al ámbito sexual, ya sea desde el punto de vista del placer, la belleza, la salud, o cualquier otro. En este contexto, pareciera que cualquier tipo deseo sexual, y cualquier forma de satisfacerlo, resultara igualmente pecaminoso y deshumanizante, sin mayores distinciones entre ellos. Todo se echa en el mismo saco.

El ejemplo más palmario de esta cruda realidad es la práctica instaurada –ahora ampliamente documentada– de trasladar a los sacerdotes abusadores de una ciudad a otra, de un centro educativo a otro, sin ninguna previsión para evitar su contacto ulterior con niños, en muchos casos fomentándolo abiertamente, como si lo que se buscara fuera mantener el libre acceso del victimario a una nueva comunidad de indefensos.

En general, lo que ha dejado entrever la reacción de la Iglesia Católica ante los casos de abusos es que bajo la torcida excusa de “acompañar” o “acoger” al sacerdote abusador, se ha tendido a privilegiar la figura del victimario, desconsiderando por completo a las víctimas.

Las prácticas de encubrimiento institucional se han visto también alentadas por la extrema opacidad de la llamada “justicia canónica”, que en la práctica se ha transformado más bien en una estrategia para intentar apaciguar a las víctimas, pero denegando de facto la justicia. Es indudable, asimismo, que todas estas prácticas responden a mezquinos intereses institucionales, en un intento de resguardar una fachada que otorga reputación y poder.

Lo más sorprendente de toda esta cultura eclesiástica que se ha visto en funcionamiento, es la aparente incapacidad para distinguir entre un abuso sexual hacia un menor de edad o una persona en situación de vulnerabilidad y, una sexualidad libremente consentida, entre dos personas adultas, sin sujeción de poder de por medio. Al observar la reacción en torno al tema, da la impresión que la Iglesia Católica considerara los abusos sexuales simplemente como un “desliz” del sacerdote, una debilidad o error menor, como quien dice un baile demasiado apretado de un hombre casado con otra mujer o, si se quiere, derechamente una infidelidad.

De esta forma, en la práctica, la Iglesia Católica ha tendido a “normalizar” los abusos, concibiéndolos como una conducta sexual fuera de lo prescrito, pero sin percibir del todo su carácter deshumanizante, las gravísimas consecuencias que trae para la víctima ni el grado de perversión que revelan. Esta perspectiva puede explicar también que se hayan tratado de presentar como comportamientos excepcionales o aislados, lo que evidentemente constituyen patrones de conducta cada vez más consolidados. La única razón que se me ocurre para explicar esta grotesca confusión se relaciona con la visión misma de la sexualidad que sostiene la iglesia, lo que podría constituir una tercera línea explicativa de los abusos, sobre la que se ha discutido menos.

En efecto, para la Iglesia Católica, la sexualidad y en particular el deseo sexual es visto como algo esencialmente amenazante, nocivo y por más que subsistan algunas versiones aisladas que destacan el carácter constructivo del sexo (dentro del matrimonio eso sí), lo cierto es que la visión prioritaria siempre ha sido más bien negativa: como un impulso turbio, peligroso, degradante, que idealmente debe ser reprimido. La tradición cristiana no cuenta con referentes, conceptos, mucho menos una imaginería, que provea una aproximación constructiva al ámbito sexual, ya sea desde el punto de vista del placer, la belleza, la salud, o cualquier otro. En este contexto, pareciera que cualquier tipo deseo sexual, y cualquier forma de satisfacerlo, resultara igualmente pecaminoso y deshumanizante, sin mayores distinciones entre ellos. Todo se echa en el mismo saco.

A esta visión negativa de la sexualidad se suma un registro demasiado amplio de regulaciones y prohibiciones del deseo sexual, en casi todas sus expresiones. La mayor parte de los deseos sexuales deben ser simplemente reprimidos, maniatados, sin que ni siquiera haya un espacio para su reconocimiento.

En el caso de los sacerdotes esta represión es aún más extrema, no sólo por el celibato, sino también porque están obligados a predicarla y exhortar a los fieles a seguirla. No existe para el sacerdote un espacio de reconocimiento de su propio deseo, este debe relegarse a un área escondida, castigada. En algunos casos, esta visión de la sexualidad puede guardar un significado muy profundo, pero es evidente que en muchos otros no, es una mera fachada, cada vez más artificial según se va disociando de la propia vida. En el caso de personalidades más rígidas, menos integradas o más enfermas, este conjunto de prescripciones censuradoras, a ratos violentas sobre el deseo sexual, pueden terminar causando estragos.

Una dimensión consustancial al yo es considerada enferma, indeseada, y comienza a disociarse de la personalidad, transformándose efectivamente en una zona oscura, en la cual los impulsos violentados pueden adquirir un cariz cada vez más siniestro. La represión de un deseo constitutivo se introyecta como una lucha antitética entre el bien y el mal, que termina teniendo un efecto autodestructivo. Surgen así las obsesiones con la influencia diabólica, que corre a parejas con un subrepticio endiosamiento de la propia figura, ambos rasgos tan característicos de los curas abusadores  como Maciel, Karadima, Poblete, etc y etc.

A lo largo de este proceso –según se revela en varios de los casos expuestos–, el deseo sexual se transforma efectivamente en un impulso siniestro, que solo puede satisfacerse desde zonas oscuras de la personalidad, a costa de una víctima (objeto sexual) cada vez más deshumanizado.

Todo este panorama pone en evidencia una grave crisis en la forma misma que la Iglesia Católica está abordando el tema de la sexualidad. El discurso eclesiástico supuestamente apunta a revalorizar la sexualidad pero, a la luz de los tiempos que corren, parecer terminar por deshumanizarla, confinándola al ámbito de lo reprimido, lo sucio y lo degradante, y de esta forma quizás incluso promoviendo los abusos.

Hace unos años Ratzinger y Habermas sostuvieron un diálogo sobre la relación entre el secularismo y religión en las sociedades contemporáneas, donde el mismo Ratzinger -hoy Papa Emérito Benedicto XVI- postulaba la necesidad de una interrelación entre ambas tradiciones: así como la tradición secular debe respetar y aprender de las tradiciones religiosas, el mundo religioso también puede aprender y purificarse a través del diálogo con vertientes seculares o racionalistas. La forma en que la Iglesia aborda la sexualidad hoy en día, parece ser un claro ejemplo de la urgente necesidad de lo segundo.

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