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El debate ausente de las primarias

por 3 julio, 2013

No es de extrañar entonces que Chile no haya avanzado en el desarrollo de capacidades propias, como por ejemplo en el comercio exterior de servicios de alta tecnología de clase mundial para la minería, como Australia y Canadá. Estos últimos equiparan las ventas de minerales al mundo con este tipo de servicio, reduciendo la vulnerabilidad frente a las variaciones de la demanda y del precio del mineral.
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Con motivo de las primarias se debatieron propuestas importantes para la ciudadanía: reforma a la Constitución, a la educación, al sistema de pensiones y desarrollo energético, entre otros. Si bien el mensaje de los candidatos fue restringido, en general respondieron a los temas más discutidos en el último tiempo. Pero llama la atención que no estuviera en la agenda un aspecto básico y fundamental para el desarrollo del país: la transformación productiva que necesita, para superar la dinámica de crecimiento de los últimos 40 años, basada en la explotación de recursos naturales, particularmente cobre.

Resulta paradójico el inmovilismo y la falta de preocupación frente a tendencias desalentadoras de largo plazo. Por ejemplo, la incertidumbre en el ritmo de crecimiento proyectado para China, motor de la demanda del cobre en los últimos 20 años; las decrecientes leyes del mineral que conspiran contra la rentabilidad, o los ascendentes costos laborales con salarios que se ubican entre los más altos del mundo. Además del “riesgo”, de que en los próximos 20 o 30 años se desarrollen sustitutos del cobre, conociendo ya las investigaciones sobre el grafeno.

Chile necesita diversificar sustancialmente su estructura productiva y exportadora y crear nuevos sectores y actividades intensivas en valor agregado, mediante el uso de la información, la tecnología y el conocimiento. ¿Dónde se encuentra la masa crítica y la inversión orientada a esta transformación? ¿Qué actores se suman a una tarea de este tipo?

No es de extrañar entonces que Chile no haya avanzado en el desarrollo de capacidades propias, como por ejemplo en el comercio exterior de servicios de alta tecnología de clase mundial para la minería, como Australia y Canadá. Estos últimos equiparan las ventas de minerales al mundo con este tipo de servicio, reduciendo la vulnerabilidad frente a las variaciones de la demanda y del precio del mineral.

Entre las pequeñas y medianas empresas existen algunas iniciativas con avances en biotecnología, en salud, en energía no convencional, en industrias creativas como el cine, medios interactivos y digitales, pero su volumen es marginal. Por su parte CORFO se ha esmerado en atraer multinacionales hacia el país en el área de servicios globales. Iniciativas como “start-up” o “emprendedores globales” han sido la punta de lanza de la innovación de este gobierno. Sin embargo, el PIB generado y los productos y servicios exportados por estas actividades están lejos de liderar una nueva dinámica productiva en Chile, como ocurrió en la Irlanda de los 90, o en Malasia, República de Corea, o Singapur.

Avanzar hacia la economía del conocimiento no es trivial. Los países requieren un conjunto de capacidades de todo tipo, que no surgen espontáneamente ni abundan en economías con escasa densidad productiva y con estructuras tecnológicas poco complejas, como las que se sustentan en recursos naturales. La teoría de la complejidad aplicada al crecimiento económico visualiza esto como uno de los mayores obstáculos a la diversificación productiva y crecimiento de largo plazo.

El actual gobierno confunde emprendimiento con innovación. El primero es necesario y correcto impulsar, pero la confusión atenta contra la eficacia de las políticas. La innovación no es un proceso que dependa de individuos, empresas o científicos aislados, sino de todos ellos trabajando colaborativa y coordinadamente, en asociaciones y clusters. La innovación  requiere de un sistema bien aceitado, donde las políticas gubernamentales potencien la investigación y el desarrollo de las universidades, y contribuyan a la creación de vínculos con los requerimientos de los sectores productivos. Ese es el secreto a voces de los países que lograron grandes transformaciones.

El vínculo entre academia y empresa en Chile es débil, una buena muestra es la orientación de los incentivos otorgados por el Estado. CONICYT financia investigación básica y aplicada, pero del total otorgado a universidades pertenecientes a la región Metropolitana, del Bío Bío, y mineras en los últimos 20 años, solo el 3 % de los proyectos tuvo algo que ver con minería[1]. Si se consideran los proyectos financiados por instrumentos Corfo, entre 2005 y 2012, que estimulan la colaboración entre universidades y empresas, se observa que los relacionados con minería promediaron un 4%, lo que no tiene ninguna relación con la importancia del cobre en la economía. Esto demuestra el error de asignación de recursos efectuado por el mercado, ya que en su mayoría estos instrumentos fueron asignados por la demanda.

No es de extrañar entonces que Chile no haya avanzado en el desarrollo de capacidades propias, como por ejemplo en el comercio exterior de servicios de alta tecnología de clase mundial para la minería, como Australia y Canadá. Estos últimos equiparan las ventas de minerales al mundo con este tipo de servicio, reduciendo la vulnerabilidad frente a las variaciones de la demanda y del precio del mineral.

Cuando este gobierno decide no enfocar las políticas hacia la creación de una nueva dinámica productiva, se olvida que incluso países como EE.UU. lo hacen: en una de las ramas más dinámicas del comercio mundial, como el farmacéutico, dominado por multinacionales, Estados Unidos financia directamente el 75 % de las innovaciones del área, y las multinacionales solo el 25 %. Ello, porque el gobierno reconoce el riesgo de innovar en esta área. Si consideramos este fenómeno, una reforma tributaria debería considerar bastante más que los costos para una reforma educacional.

Romper con esta inercia requiere colocar la transformación productiva y la innovación en la agenda del próximo gobierno, y un liderazgo del Estado para impulsar una masa crítica de empresarios hacia la economía del conocimiento. De esta forma tanto las Pymes, como estudiantes universitarios, y nuevos profesionales encontrarán un camino atractivo por el cual avanzar.

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