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¿Qué sería de Chile si hubiésemos escuchado al Padre Hurtado?

por 18 agosto, 2016

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La admiración por el Padre Hurtado se ha extendido en Chile, personas de todos los ámbitos –incluso no creyentes– reconocen en él a una figura notable, heroica y santa. Además el impacto de su legado todavía hoy marca presencia, es el caso del Hogar de Cristo, que lleva 70 años de existencia sirviendo a los más pobres; también de la revista Mensaje, que luego de 60 años sigue reflexionando y cuestionando a la sociedad; por otro lado está su influjo en la discusión laboral-sindical (ASICH) desde la perspectiva del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia; y, por último, la prioridad que le dio en su vida a la formación de jóvenes consecuentes involucrados en la realidad, que se empaparon de Cristo participando activamente de acciones por una mayor justicia social. Todo esto y mucho más sigue dejando huella en nuestra comunidad y más allá de nuestras fronteras.

Sin embargo, se tiende a olvidar lo conflictivo de sus anuncios, denuncias y acciones para esa época, más aún se ‘ocultan’ sus tensiones con la Iglesia y los mismos jesuitas, el Estado y el empresariado, por esa búsqueda incansable de la verdad, el bien y la justicia.

En este día en que lo recordamos y que hemos ‘bautizado’ como ‘Día de la Solidaridad’, y en medio de tanto ‘ruido’ por las reformas que se están viviendo, conviene recorrer algunos ámbitos de su trayectoria y preguntarnos qué habría ocurrido en nuestra nación si efectivamente desde esa época se hubiesen puesto en práctica sus consejos, acciones y enseñanzas. Brevemente, corriendo el riesgo de dejar fuera aspectos importantes, me limitaré a analizar dos de estas dimensiones no exclusivas ni excluyentes.

Como antecedente es bueno recordar que el Padre Hurtado, como buen hijo espiritual de Ignacio de Loyola, nos invita en sus reflexiones y escritos a ‘no mirar tanto la paja en el ojo ajeno sino la viga en el propio’ y a ‘darnos a los demás… el que da crece’, algo clave en el camino de los Ejercicios Espirituales Ignacianos para vivir más cerca de Jesús y de su Iglesia.

Lo primero que es fundamental en su pensamiento y acción es su aproximación a la justicia social, un valor tratado de manera reiterada en sus cuatro escritos clásicos (Humanismo Social, ¿Es Chile un país católico? Moral Social y Sindicalismo: historia, teoría y práctica) y por el cual fue duramente criticado incluso por sus propios hermanos jesuitas. “La justicia es una virtud difícil, muy difícil, cuya práctica exige una gran dosis de rectitud y de humildad. Hay mucha gente que está dispuesta a hacer obras de caridad… pero que no puede resignarse a lo único que debe hacer, esto es, a pagar a sus obreros un salario bueno y suficiente para vivir como personas…”, reprochaba el Padre Hurtado a la sociedad de su época.

La manera de romper con esta práctica de la injusticia es desarrollar en cada uno el ‘sentido social’, esa cualidad que nos lleva a preocuparnos de los demás, a luchar por el bien común, a ponernos en su lugar y a tratarlos como nosotros desearíamos ser tratados si estuviésemos en su lugar, “quien tiene sentido social comprende perfectamente que todas sus acciones repercuten en los demás hombres, que les producen alegría y dolor y comprende, por tanto, el valor solemne del menor de sus actos”, afirmaba el Padre Hurtado.

Él insiste también que “entre el capital y el trabajo debe haber relaciones humanas”, profundiza esta reflexión al señalar que “el capitalismo cree poseer todos los derechos. La justicia no parece estar sino de su lado. Teniendo el derecho se puede tener todo. Ya ha oprimido a tantos desgraciados que no se han levantado, ha engañado a tantos que le han confiado sus ahorros y han seguido confiándoselos, impuesto tantas leyes que eran favorables a sus designios, corrompido tantos políticos… No se imagina que se le puede resistir tanto tiempo. Cuando encuentra oposición de parte de los humildes, o de parte de los sacerdotes, grita que eso es revolución, que es herejía, anarquía o comunismo. Tiene tal conciencia de ser el orden, que se imagina que la Iglesia no puede estar sino de su lado. Que se afirme delante de él los derechos del hombre, nada le molesta más. Pero esta afirmación no basta. Es necesario organizar a los hombres para que resistan”.

Él hace mención a la actividad política apuntando a que esta “mira al bien común, está destinada a crear instituciones de justicia social que traen el bien general… Que el país ve que sus políticos no buscan intereses personales, sino los de la nación y que ponen todas sus energías para dar bienestar no a un grupo sino a la masa de los conciudadanos…”. No hay justicia social auténtica sin un profundo proceso de empatía personal y social, y fustiga a los creyentes al afirmar que “la fidelidad a Dios si es verdadera debe traducirse en justicia frente a los hombres”.

Leamos al Padre Hurtado desde lo que nos incomoda, esas reflexiones de él que todavía nos generan malestar por nuestro propio estilo de vida segregado y clasista, por ese aburguesamiento que nos lleva a olvidarnos de los demás y a mirarnos el ombligo, por ese encierro en nosotros mismos que nos hace insensibles al resto de la sociedad y nos pone soberbios, por esa tendencia a proteger nuestros bienes y a olvidar que en todos ellos hay una hipoteca social, por esa costumbre actual de refugiarnos en nuestra comodidad ignorando el abandono, la injusticia y la miseria en que viven millares de familias en Chile y Latinoamérica.
 

En segundo término es su preocupación por la educación, por el acceso de las ‘masas populares’ a ella. Al referirse a las miserias de nuestro pueblo, señala que “no podemos en Chile obtener reforma alguna sin dar antes solución al problema de la ignorancia y falta de educación de nuestro pueblo… más grave aún es la falta de educación que capacita a nuestro pueblo para llevar una vida digna de hombre”. Aboga para que cada niño y niña en Chile sea tratado de manera digna e igualitaria, nos pone en la cara las cifras más crudas de la realidad infantil de su tiempo y de la calidad de la educación que se les entregaba a los más pobres, muchas voces y medios de comunicación se alzaron contra él y lo acusaron de comunista y revolucionario, también su entorno cercano lo censuraba.

A mediados de los 50 le escribe una carta al Padre Janssens, General de la Compañía de Jesús, en la que le manifiesta sus dudas acerca de la construcción del Colegio San Ignacio El Bosque, dando 6 razones en contra, en la tercera de las cuales plantea su preocupación por la existencia de un colegio para los muy ricos en medio de una “crisis de la aristocracia, y más bien de la nueva plutocracia, sin ideal sobrenatural, amando solamente el confort y la entretención”, por el contrario, al final de la carta, manifiesta su satisfacción en cuanto a que gracias a una herencia se podrá “transformar el Colegio San Ignacio (Alonso de Ovalle) en un colegio gratuito”. El que tenga oídos que oiga.

Estos dos ámbitos me parecen por ahora suficientes para que los reflexionemos como individuos y también como sociedad, y podamos verlos a la luz de las importantes reformas sociales que llevamos adelante.

Leamos al Padre Hurtado desde lo que nos incomoda, esas reflexiones de él que todavía nos generan malestar por nuestro propio estilo de vida segregado y clasista, por ese aburguesamiento que nos lleva a olvidarnos de los demás y a mirarnos el ombligo, por ese encierro en nosotros mismos que nos hace insensibles al resto de la sociedad y nos pone soberbios, por esa tendencia a proteger nuestros bienes y a olvidar que en todos ellos hay una hipoteca social, por esa costumbre actual de refugiarnos en nuestra comodidad ignorando el abandono, la injusticia y la miseria en que viven millares de familias en Chile y Latinoamérica. “Se trata no solamente de paliar la miseria, sino de suprimirla”, sentenciaba él.

Será nuestra juventud la que seguramente nos seguirá abriendo los ojos hacia lo que no queremos ver como adultos, hoy son muchos de ellos y ellas los que con mayor libertad se atreven a hablar y a comprometerse para cambiar las injusticias que aún subyacen a tantas de nuestras relaciones sociales, culturales, religiosas y económicas. El mismo Padre Hurtado ya en su tiempo afirmaba que “hay mucho heroísmo latente en nuestros jóvenes. Hay en ellos y ellas energías inmensas que requieren de alguien que las despierte y les muestre una causa lo bastante grande para ser digna de su vida”.

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